11/05/2000 | 665

Se dió el cimbronazo

Es un verdadero despropósito la caracterización de diarios como La Nación, según la cual los resultados de las elecciones del domingo pasado constituyeron un «respaldo» para el gobierno nacional. La finalidad que persiguen estos macaneos periodísticos es cebar a De la Rúa y su cohorte para lanzarlos con más brío a la adopción de una catarata de medidas antiobreras, como el aumento de la edad jubilatoria de la mujer, que fue anunciado al día siguiente de los comicios, o el propósito de producir una reforma política en la ciudad de Buenos Aires, que pretende liquidar la representación proporcional, entre otras cosas, antes de que asuma la nueva Legislatura. En el paquete oficial figuran medidas tan graves como el despido masivo de empleados públicos (ley de empleo) o la reducción del aporte impositivo a las provincias para que el gobierno nacional pueda seguir pagando la deuda externa.


Porque la verdad del asunto es que la Alianza perdió, el domingo 7, entre medio millón y casi 350.000 votos (según se incluya o no a sus partidos ‘muletos’, tipo Ucedé o el de los ‘jubilados’), así como el 30% de sus legisladores (de 34 a 24). Ha perdido de este modo la mayoría automática de que gozaba en la Legislatura. La caída de la Alianza es aun más feroz si se comparan los recientes resultados con el de elecciones anteriores: del tope del 56% que sacó De la Rúa en 1997, pasó al 34% para diputados locales el domingo pasado. Cinco meses de gobierno fueron suficientes para acentuar el desbarranque.


El fortísimo retroceso de la Alianza no fue, sin embargo, capitalizado por el desgraciado Cavallo ni en medio voto. Se trata de un hecho político excepcional, pues significa que por primera vez no se dio la perversa rotación de votos entre los partidos oficiales, o sea el mal llamado «voto castigo», que sólo «castigaba» a los que así votaban. Todo lo que consiguió Cavallo ahora fue la transferencia de sólo una parte de los votos del PJ, impulsado por los punteros de Duhalde y Ruckauf. Es decir que el indecoroso 33% que obtuvo Cavallo para jefe de gobierno representó una derrota también para el conjunto de la dirección real del peronismo. Para la Legislatura, la alianza peronismo-Cavallo obtuvo una proporción de votos aun menor, en virtud del corte de boleta.


Con referencia a las elecciones de octubre pasado, un cuarto de millón de los electores decidió quedarse en su casa. Para esto no hubo necesidad de ningún movimiento 501, es decir de un abstencionismo fundado en el macaneo ‘ideológico’, algo que ya había fracasado en el ‘99. La abstención del domingo último fue la vía de repudio que encontró una parte de los votantes de los partidos tradicionales. La otra parte que emigró de la Alianza y del peronismo fue hacia los partidos de la izquierda y a la lista PAIS que encabezó Irma Roy. Luego de la derechización del escenario político que produjo la victoria de Ruckauf-Rico en la provincia, el pasado octubre, este desplazamiento hacia la izquierda en la Capital es un acta de constatación del fracaso de la política derechista en los pasados meses (e incluso su inviabilidad) y un indudable indicio de las convulsiones cada vez más intensas de la política argentina.


Una crisis política potencialmente enorme


El retroceso electoral de los partidos oficiales es, sin embargo, una parte apenas de todo el paisaje. Ocurre que estos mismos partidos concurrieron a las elecciones en un cuadro de disgregación creciente. La UCR ya no puede afrontar sola una elección; no solamente necesita del Frepaso sino que esta vez requirió de tres muletas más –la de la Ucedé, la del sector peronista de Marino y la del partido de jóvenes y jubilados, que muchos dicen que es una aseguradora de pensiones. El menemismo, por su lado, fue directamente pulverizado, mientras que Cavallo requirió del acuerdo harto conflictivo con Beliz y del apoyo condicionado de los gobernadores peronistas. De modo que el recule en los votos ha sido en definitiva el aspecto incluso menor de una descomunal crisis política de los partidos históricos del capital y de todas y cada una de sus tendencias. La razón de esta crisis es su incapacidad para detener la impresionante declinación económica y para manejar o arbitrar la colosal descomposición social.


Se puede asegurar que los resultados electorales han mostrado el agotamiento político de la corta vida del Frepaso. Incluso la ventaja que le ofreció la posibilidad de polarizar con un derechista ultraimperialista como Cavallo, no le alcanzó para evitar la fuerte hemorragia de votos de la Alianza. La representación política de la pequeña burguesía progresista ya ha sido abandonada por una parte significativa de ésta. La experiencia concreta ha vuelto a demostrar que la pequeña burguesía no puede jugar un rol político independiente del imperialismo, de un lado, y de las masas, del otro. Que lo diga si no Flamarique.


Pero, incuestionablemente, el epicentro de la crisis política lo ocupa el peronismo. Sus popes no vacilaron en entregarle a Cavallo la posibilidad de convertirse en su líder político (a tal grado ha llegado su dependencia del imperialismo). El desmoronamiento del peronismo ha impedido que el desgaste de De la Rúa encontrara un relevo real dentro de los partidos consagrados del sistema. El desbarajuste posterior de Cavallo, en el episodio de la segunda vuelta, ha dejado un vacío a la derecha del tablero político. El imperialismo está obligado a gobernar con la centroizquierda –por lo menos hasta la próxima crisis. Esto quedó definitivamente demostrado cuando, según La Nación, «los empresarios» bajaron a Cavallo de la segunda vuelta porque «no quieren que el ballotage demore las reformas económicas » (9/5). En otra página, el mismo diario informa que Altamira aseguró el día anterior que Cavallo renunciaría a la segunda vuelta por exigencia de los banqueros.


La crisis del peronismo no es de aparato ni se limita a un desgaste. La huelga del 5 de mayo fue, de hecho, una declaración de guerra de la parte más activa de la clase obrera contra el conjunto de la dirección peronista. Se ha abierto, entonces, una nueva oportunidad para desarrollar hasta sus últimas consecuencias las tendencias de las masas hacia la independencia política. Esta es la tarea central del momento.


El Partido Obrero


Aunque el crecimiento electoral del PO y la consagración de un legislador forma parte de la tendencia electoral general que beneficia a la izquierda, su significado político es diferente. Esto obedece a que el conjunto de la llamada izquierda es, en verdad, una variante de la centroizquierda, que en su momento culminante se concentró en el Frepaso.


Las expresiones contra «el modelo», el repudio al «neoliberalismo», su reclamo de «justicia social», el planteo estratégico de «re-unir al campo popular» (o sea la colaboración de clases con la burguesía nacional o lo que queda de ella) así lo demuestran. El Partido Obrero ocupa la posición única, por su programa y actividad, de representar la posición de la lucha de clases, del desarrollo de la independencia de la clase obrera para que conquiste una posición dirigente, de la conquista del poder por los explotados; en una palabra, de la estrategia de la revolución proletaria. La campaña electoral del PO fue rigurosamente consistente con esta estrategia. Fue el único partido que no se valió de muletas frentistas y, por sobre todo, el único que planteó la cuestión de la crisis política de la burguesía y de sus partidos, y de cómo debía ser explotada para poner en pie un partido obrero independiente.


El mandato que, en consecuencia, recibe el PO es, desde un punto de vista estratégico, el siguiente: ayudar a la clase obrera que ha seguido al peronismo a sacar todas las conclusiones de la crisis actual para que ello le permita convertirse en protagonista activa de la formación de un partido de trabajadores. En la medida en que la lucha de masas, de un lado, y el proceso político, del otro, comienzan a plantear esta cuestión de un modo inmediato, es posible caracterizar que estamos ingresando en una nueva etapa.

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