03/07/2008 | 1044
EL CONFLICTO RURAL

Un informe de Otto Vargas

Los "aliados" de la "patria sojera" trabajan en negro

Según Otto Vargas (Hoy Nº 1.222, 25/6), con el levantamiento de los capitalistas agrarios y el lock-out patronal en el campo «se ha puesto de pie el principal aliado del proletariado revolucionario», aunque este último no parece haberlo advertido ni tomado conciencia de esa situación.

Se trata, además, de una tesis novedosa, porque se refiere a capitalistas que explotan 1.000 ó 2.000 hectáreas, propias o arrendadas. De acuerdo con la zona, solamente los campos pueden valer entre 10 y 15.000 dólares la hectárea o una renta correspondiente (así, el valor de mercado de una unidad de 2.000 hectáreas oscila entre los 20 y los 30 millones de dólares). A eso hay que sumarle la inversión de capital.

Vargas atribuye el carácter de aliados del proletariado a sus peores explotadores, a los más negreros, a quienes pagan los salarios más bajos de la Argentina. Estaríamos ante la alianza revolucionaria de los obreros en negro con sus patrones negreros, un despropósito. Esa alianza existe hoy, hasta cierto punto, porque muchos obreros rurales o de las zonas agrarias van a remolque de sus patrones.

Tampoco los campesinos pobres, los campesinos sin tierra, expulsados de sus parcelas y privados hasta del agua, encontrarán ahí aliados «revolucionarios»: por el contrario, ahí encontrarán a sus verdugos, a sus desalojadores, a depredadores que arrasan montes y recursos naturales para extender la frontera sojera.

Cuando Vargas habla de la unidad, que él cree ver, entre «productores agropecuarios y obreros rurales», concede sin más toda la representación del proletariado agrario a la burocracia de la Uatre, a un entregador como Venegas, servidor puntual de los patrones del campo.

Una alianza con la Sociedad Rural, incluso con la Federación Agraria, implica romper con un millón trescientos mil obreros rurales. A pesar del boom de la soja, el trabajador agrario mejor pagado – el conductor tractorista o el maquinista de cosechadora, el más especializado de la escala-  gana 1.203 pesos de básico desde diciembre de 2007, poco más de la tercera parte del costo de la canasta familiar. ¿Alguien escuchó a De Angeli o a Buzzi, a Juan Echeverría o a Carlos Paillole (los dos últimos militantes del PCR) hablar de la situación del obrero rural? ¿Se los escuchó recordar que, por convenio, chicos de 14 y 15 años se desloman en las chacras por un salario de 684 pesos? ¿Se los oyó hablar de los niños-baliza, a quienes los chacareros envenenan con pesticidas en el norte santafecino? No, no se los escuchó, y Otto Vargas tampoco menciona nada de eso en su informe político.

¿Rebelión agraria?

El dirigente nacional del PCR sostiene que estamos ante «la rebelión agraria más grande de la historia nacional», con lo cual coloca al lock-out de estos días por encima del Grito de Alcorta en 1912. Vargas no se toma el trabajo de demostrar semejante aseveración, aunque conviene recordar que el Grito de Alcorta, que no constituyó un movimiento revolucionario en cuanto no se propuso modificar la estructura de propiedad del agro argentino, fue sin embargo un levantamiento de arrendatarios, de campesinos sin tierra, de aparceros superexplotados, contra los terratenientes agrupados en la Sociedad Rural. Por eso, el Congreso fundacional de la Federación Agraria, en agosto de 1912, hizo suyos los postulados de la Revolución Mexicana. Ahora, en cambio, tenemos una pugna entre capitalistas por la apropiación del precio internacional de granos y oleaginosas, disparado ante todo por los movimientos especulativos del capital financiero mundial, acumulado en demasía. Sus portavoces, cada vez que pueden, despotrican contra Chávez al compás del imperialismo.

Vargas dice que es interés de los obreros rurales oponerse a las retenciones porque a ellos «les pagan un porcentaje de la cosecha». ¡O sea que aprueba y apoya el trabajo a destajo! Pero un obrero que procura que le vaya bien cuando al patrón le va bien, es un obrero entregado al capital. Marx demostró hace mucho que las cosas son a la inversa, que la acumulación capitalista sólo le acarrea al trabajador más miseria y degradación. Otto Vargas se ha transformado en abogado del trabajo por contrato temporal; o sea, la tercerización. Esta relación laboral que intenta reproducir el contrato de aparcería, convierte al obrero en una ficción de pequeño burgués.

Vargas vincula el lock-out (él no lo llama así, claro está) con el Argentinazo, y dice que muchos chacareros tomaron parte de aquellas jornadas. Pero no dice que entonces también actuaron bajo la presión de sus intereses capitalistas, que a esa fecha estaban amenazados por la ruina.

Tiene razón Vargas cuando dice que el destino de las retenciones es la bolsa de grandes capitalistas (¡pero incluidos los agrarios, que reciben gas oil y energía subsidiados!), y al pago de una deuda pública que no deja de crecer (aumentó 15.000 millones de dólares sólo en 2007). Pero de ahí solamente se desprende la necesidad de elaborar una política obrera independiente, no la de ir detrás de un sector patronal en pugna con otro sector patronal.

Vargas dice también que está «el país al borde del caos, al borde de la guerra civil». La marcha de los acontecimientos no parece indicar nada en ese sentido. Pero, si Vargas estuviera en lo cierto, ¿cuál sería el carácter social de esa guerra? Sería capitalista, por eso es inviable. Vargas, en realidad, se anota en el golpismo «civil».

El PCR y el prostíbulo

Vargas ya no cita a Mao, y dice que él está con la Sociedad Rural «como San Antonio en el prostíbulo». Que sepamos, según la leyenda bíblica, San Antonio iba al prostíbulo para redimir y perdonar a las prostitutas, no para aliarse con los proxenetas. ¿Vargas pretende «redimir y perdonar» a la Sociedad Rural? El ejemplo que ofrece empieza a parecerse a un derrumbe político e ideológico.

En su informe, Otto Vargas echa mano a un ejemplo histórico: la ruptura de la Sociedad Rural en 1923 y el conflicto con los frigoríficos británicos. Aquel movimiento de ganaderos tuvo su portavoz en un dirigente del partido conservador, que también se rompió: Lisandro de la Torre. Es una mala comparación, porque De la Torre y una amplia franja de ganaderos se enfrentaron entonces con el capital inglés, con los frigoríficos y con los invernadores locales vinculados con ellos.

Por el contrario, no hay por dónde encontrar el costado antiimperialista del actual lock-out. Vargas recuerda que, en aquellos años ‘20, la Federación Obrera de la Carne (FOC) y su secretario general, José Peter (del «viejo PC») respaldaron a De la Torre; no debió hacerlo, porque una cosa es «golpear juntos y marchar separados», y otra marchar con el capital para pegarle a las masas. De todos modos, entre Peter y Venegas de nuevo tenemos lo que va de la tragedia a la farsa.

En la última parte de su informe, Vargas dice que «la clave es la lucha… la confluencia de esas luchas que aquí tenemos en Capital: la del Indec, la de los portuarios, las de los docentes, los universitarios… que confluyan con esta lucha campesina…». Pero esto es igual a la cuadratura del círculo: los luchadores solamente pueden triunfar si se separan nítidamente de la patronal sojera que representan las «entidades» y el gobierno.

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