27/11/2003 | 827

Una fuga de capitales de 50.000 millones de dólares

«En 2001, las transferencias netas al exterior alcanzaron los 15.600 millones de dólares; en 2002, 21.300 millones, y en 2003 se proyectan 11.300 millones. El principal componente de estas transferencias fue la salida neta de capitales del sector privado» (La Nación, 16/11). Sencillito, entonces: en los últimos tres años, incluyendo la etapa final del gobierno de la Alianza, se fugaron ni más ni menos que 50.000 millones de dólares al exterior. El equivalente a tres presupuestos nacionales como el que se acaba de aprobar y al valor producido por los trabajadores de toda la industria argentina durante más de dos años aproximadamente. La fuga de capitales ha sido, en realidad, mayor, porque las transferencias «netas» son el resultado contable de lo que entra y lo que sale y no disponemos de los datos de la denominada transferencia «bruta» de fondos al exterior.


Todo esto significa que el «default» de la deuda externa «vieja» (que no incluye a la deuda que se está pagando al Fondo, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo) no es más que la contrapartida del pago de la fuga de ganancias, intereses y capitales. Los lucros y negociados se han «ido al dólar» en la misma medida en que la economía oficial se «iba al peso». La devaluación del peso que los economistas oficiales elogian como una defensa de la «producción y el trabajo nacional», fue en realidad la consecuencia del vaciamiento de divisas, lo cual elevó el precio del dólar del mismo modo que sube la papa cuando escasea.


¿Cómo no comprender, entonces, el estímulo de los «organismos internacionales de crédito» a la cesación de pagos de la deuda y a las propuestas de «quita» para los bonistas? Parte de la fuga de capitales en el 2001 fue financiada con deuda contraída con el FMI. Luego, durante 2002 y 2003, el gobierno hizo pagos «netos» al FMI, al BM y al BID por 6.700 millones de dólares. Los bonistas extranjeros «acorralados» por el default, como antes los ahorristas argentinos, están afectados por la misma lógica: pagar a los bancos y al FMI, el resto que se jorobe.


En consecuencia, las propuestas «nacionales» del no pago de una parte de la deuda o de su reestructuración con «quitas» mayúsculas son el tapararrabos de la mayor confiscación del ahorro nacional que se tenga memoria. Con la miseria social en curso, el gobierno ha logrado que la parte no consumida de lo que se produce en el país sea una de las más altas del último período, habiendo crecido 50% en dos años (del 14, 7% al 21,7% del Producto Bruto Interno). Todo esto para financiar la fuga de capitales. Resultado: la inversión en las empresas no cubre la amortización de los edificios y máquinas.


Es decir que asistimos desde hace un quinqueño a una destrucción de fuerzas productivas que representa la ejecución, por parte de los políticos «antineoliberales», de la hipoteca montada… por los «neoliberales». Duhalde-Kirchner son los síndicos de la bancarrota capitalista.

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