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18 de octubre de 2018

Pedaleando cuesta arriba: PedidosYa por dentro

Un diálogo con sus trabajadoras y trabajadores.

En la historia oficial de PedidosYa, que es la que puede leerse en Wikipedia, hay tres jóvenes universitarios y soñadores de Uruguay que en 2009 “decidieron crear una plataforma que reuniera la mayor cantidad de proveedores gastronómicos disponibles”, expandiéndose en estos nueve años a 400 ciudades del país charrúa y de Argentina, Bolivia, Chile, Panamá y Paraguay y cosechando a su paso numerosos galardones por su astucia y tenacidad, desde el “Innovatic” del Banco Interamericano de Desarrollo al “Ecommerce Award” por Mejor Iniciativa a los dos lados del Río de La Plata.

La enciclopedia online no subraya lo suficiente el hito de mediados de 2017, cuando la empresa –siguiendo los pasos de firmas como Glovo, Rappi y la inglesa Deliveroo– lanza su propia flota de reparto. En esos días, y en los meses siguientes, entraron como repartidores Luis, Juana, Claudia y Alejandro*, quienes cuentan algo muy distinto a esta utopía de emprendedores: una historia de precarización; de buscar canales de comunicación que no existen y pedir respuestas que no llegan; de sufrir la persecución de la empresa y los ataques del sindicato; de ver cómo se abusa de la situación desesperada de sus compañeros migrantes; de enterarse por rumores los cambios –constantes–  en las condiciones de laburo. También de resistencia.

“Al aire libre”

Luis, tras pasar buena parte de sus 31 años buscando un trabajo “que tenga que ver con mi carrera” se resignó a pegar algo de oficina, pero tampoco consiguió; Juana, de 28, estaba en una oficina, pero 10 horas y en negro; Alejandro, dos años menor, no encontraba nada que le permitiese seguir estudiando. “Es que [añade Claudia, la más chica de la comitiva] no había trabajo: yo estuve como un año buscando trabajo, todos los días, de la mañana a la noche, hasta que encontré PedidosYa”. En estas condiciones, tan difíciles como comunes, los anuncios y la entrevista eran atractivos: repartiendo en bici para la empresa te podías administrar tus horarios, “hacer ejercicio y estar al aire libre” y –todo un privilegio en estos tiempos– estar en blanco.

Actualmente calculan que hay 1.500 repartidores en Capital  y otros tantos en Córdoba, Santa Fe y en el conurbano.

El trabajo consiste en recibir en el celular los pedidos que distribuye la aplicación, aceptarlos, pedalear del local de comida a lo del cliente (desde hace un tiempo también hay motoqueros). Por cuatro horas de trabajo, seis días por semana, el salario es de $10.400. La contratación, tercerizada, se produce a través de la firma “RepartosYa”. En la entrevista se acordaba con la empresa un horario; y una zona determinada de movimiento; la patronal prometía no pedalear más de 2 kilómetros y medio del local a la casa del cliente, un equipo de laburo –dos chombas, pantalón de la empresa, campera y zapatos de lluvia, luces, celular, etc…–, la posibilidad de intercambiar turnos con compañeros, la atención de un coordinador…

Los cuatro arrancaron ahí nomás porque tenían bicicleta propia. Mejor, porque las bicicletas de la empresa son, según Alejandro, “de paseo, de mala calidad, no sirven para este trabajo”. O, como dice Claudia, “son como la empresa, sirven pero precariamente. En algún momento se van a romper”. En las nuevas entrevistas no las ofrecen más.

Cambios

Mientras la empresa crecía y crecía, cambió todo. El horario, que era fijo, se convirtió en una franja horaria: ahora las cuatros horas se distribuyen, en el caso vespertino, entre las 19 y la 1 de la madrugada, según lo decida la empresa.

Hay que pedalear más y más: se amplió la distancia máxima entre el local y el cliente, de 2,5 a 3,1 kilómetros. Las “zonas” se hicieron cada vez más grandes, y ahora muchos directamente arrancan en el barrio azaroso que les asigna cada día la empresa. Con alrededor de cinco pedidos por turno, sumada la circulación entre ellos o a la espera de que aparezca alguno en el celular, meten 20 kilómetros por jornada.

PedidosYa promociona la "entrega total" de sus trabajadores

 
Más que una Entrega

Somos más que una entrega, nos entregamos a darlo todo.

Posted by PedidosYa on Wednesday, October 3, 2018


Claudia hizo la experiencia. El pasado mes se negó a aceptar pedidos de un barrio distinto al que está contemplado en su contrato. Le aplicaron el castigo de la empresa por no tomar un reparto, o por demorarse más de tres minutos en aceptarlo: la “pausaron” por un lapso de tiempo, con la consecuente penalización. “¿Te descuentan tres pesos por minuto de tu sueldo?”, pregunto atónito. Nada de esto figuraba en el contrato. Después de tres pausas de 40 minutos, que estimamos en 360 pesos menos, Claudia se resignó a tomar pedidos lejanos.

También comentan que “antes, cuando llovía, les escribías y te decían ‘resguardate, esperás que pare, avisás y seguís’”. Esos tiempos se acabaron. “Con la lluvia estamos muy expuestos a que rompan los frenos, no funcionen; la calzada está resbaladiza y te podés ir a la mierda”. Lo mismo se acabó toda consideración por dolores menstruales intensos o por una caída que no requiera ir al hospital.

Otra nueva: ahora, mientras hacés un pedido, te puede llegar otro. Como siempre, tenés que aceptarlo o pausa. Hay que ir al local A, después al local B, al cliente A y después al B. Los clientes, que en muchos casos pueden ver por GPS el recorrido del repartidor, lo ven dando vueltas sin sentido y llegar con un pedido frío. De la propina, olvidate -igual, en el mejor de los casos, no pasa de los 10 pesos.

Los elementos prometidos nunca llegaron del todo. A muchos no les llegó la cadena para la bici (que usan en cada parada), las luces o el equipo de lluvia; algunos, tras reclamar cuando arrancó la lluvia, recibieron un “pantalón y un piloto de lluvia, que eran muy pesados, no sirven para andar en bicicleta”. “Cuando empezó el invierno”, narra Juana, “tanta gente se quejó y se empezó a movilizar por la campera que, en algún momento, dijeron que no había stock, que no habían llegado”.

En PedidosYA cambió todo. Todo, salvo el salario, que se mantuvo intacto, sin aplicársele siquiera la paritaria del sector, Mensajería, de un 24% en tres cuotas. A algunos parece que sí les dieron; hubo repartidores que fueron a preguntar a la base por qué no le llegaba a ellos. La respuesta fue “no existe ningún aumento”.

Las medidas precarizadoras se imponen de hecho y después de derecho. En los nuevos contratos, los repartidores tienen tres zonas asignadas, horarios rotativos, etcétera; la semana laboral pasó de cinco a seis días, pero el sueldo cayó a cerca de $6.500 pesos, y los nuevos trabajadores no reciben siquiera el celular de la empresa.

“La empresa no está hace tanto, ya lleva un año, y cada dos meses hay un nuevo cambio”, resume Claudia. En PedidosYa, como decía Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire.

Sin manubrio

Los avances sobre las condiciones laborales, describe Luis, “siempre empezaron como algo alternativo” –por ejemplo, con la opción de los horarios alternativos, que comunicaron por mail– “o como un rumor: se decía ‘va a aparecer tal cosa’, todos decíamos ‘no van a hacer eso, no pueden llegar a eso’. Y bué, pasa.”

En PedidosYa todo es difuso: “la empresa nunca te dice nada, vas recolectando datos a medida en que vas hablando con gente”. A veces “lo mandan a dar la cara a un coordinador, que es básicamente lo mismo que nosotros”; pero desde hace bastante “cuando te acercás a la base para consultar algo, en el mostrador hay alguien que siempre te dice ‘mirá, el coordinador no está atendiendo a nadie en este momento’”. Lo mismo los de Recursos Humanos. Hablás por WhatsApp. Pero siempre “las respuestas son ni sí ni no. Con la pregunta más simple, terminás más confundida. Si pasa esto, ¿me descuentan el día? ¿Voy a perder el presentismo? ¿Cuánto? ¿En qué se basaron para hacer la cuenta del aguinaldo? No hay respuestas concretas, no quieren responderte”.

Los problemas con la liquidación de sueldo son frecuentes; un mes que se llenó de quejas, la empresa dijo que los errores eran culpa de la tercerizada que lleva adelante la tarea. El lavado de manos es metódico: también despidieron al coordinador de Logística anterior y dijeron que las zonas y los horarios fijos originales habían sido un capricho de él, y no la política de la empresa. A sus reemplazantes, cuenta Claudia, le ordenaron que “si se te quejan, siempre el recorrido máximo fue de 3 kilómetros”. Hablamos de 1984, de George Orwell, donde la historia se reescribía a capricho del tirano. Cabe advertir que manipulaciones como estas son de las que despiertan insurrecciones.

El casco no aguanta

A las malas condiciones salariales y los cambios permanentes se suma la desatención constante en materia de salud y seguridad.

La empresa obliga a los que andan en bici a llevar los pedidos en una caja-mochila, porque dice que en el portaequipaje llegarían golpeados. Por eso fue que un compañero empezó a tener dolores de hombro, pero ni la empresa ni la obra social se quisieron hacer cargo. También hubo choques. A Claudia le pasó, se la dio con un colectivo: la empresa le dijo que hable con la ART al día siguiente. Cuando lo hizo, la ART le dijo que tendría que haber llamado en el momento, para que le manden una ambulancia.

En la mayoría de los locales los repartidores no tienen bicicletero: la atan afuera. El otro día, cuenta Luis, “salgo y veo un chabón metiendo un fierro largo en la cerradura de la cadena, se fue corriendo cuando me vio”. La sacó barata. En Caballito, dice, los repartidores sufren robos día por medio. A una chica le robaron el casco de la empresa –por lo demás inútil para un accidente grave-; la empresa le dijo que si no conseguía otro la pausaban.

Palos en la rueda

La superexplotación trajo finalmente resistencia en PedidosYa -como pasó con los “riders” en Inglaterra, en Francia, en España, con incipientes conquistas laborales.

La cosa no es fácil, coinciden. Un factor clave que dificulta la organización, cuenta Alejandro, es que cerca de un 70% de los trabajadores son venezolanos, venidos de allá por la crisis, con miedo a perder el laburo en un país extranjero; la empresa explota esta situación para imponer esos cambios leoninos, que después se vuelven norma. Además, cuenta Luis, “la empresa tomó cadetes para que le lleven datos sobre organizaciones que se estuvieran dando entre los cadetes, y les pagan un plus más por esos datos”. A unos los vieron sacando fotos, a otros dando información de lo que hacían los cadetes de una sucursal. A los soplones menos capaces los engancharon grabando audios mientras hablaban entre compañeros, o incluso acercándose a preguntar “¿qué pensás de la empresa?” celular en mano. También hay coordinadores dando vueltas en moto, vestidos como repartidores para pasar desapercibidos.

Así y todo, venezolanos, argentinos, colombianos comenzaron a organizarse, y hubo un primer proceso de lucha hace unos meses: primero una asamblea en Palermo, que dio lugar a otras asambleas de zona.

Muchos de los partícipes, a diferencia de mis interlocutores, tenían fe en el gremio del sector que estuvo en algunas de las medidas, la Asociación Sindical de Motociclistas Mensajeros y Servicios (ASiMM), enrolado en la CGT. A poco de andar, las cinco cabezas más visibles del proceso de lucha fueron despedidas –“todos tildados de ´líderes sindicalistas´”, apunta Claudia. Luis oyó a un coordinador de la empresa decir que ASiMM les dio el ok para despedir, y es un secreto a voces que fue el gremio el que armó las listas. “El único objetivo que tiene el sindicato con estas empresas es recibir el descuento compulsivo de nuestro salario”, sentencia Luis.

Al calor de la lucha, más trabajadores –confiados o críticos de la conducción– empezaron a afiliarse a ASiMM. Así cuenta Alejandro cómo es esa experiencia: “vos entrás a la sede y ya el aire te dice que no es amistoso, es muy pesado. Un tipo con un chaleco de las 62 Organizaciones [hasta hace poco dirigidas por el fallecido “Momo” Venegas, epítome de burócrata] te pregunta qué querés. Cuando le dijimos que era para afiliarnos, nos dijo ‘no, no puede ser, se tienen que afiliar a la obra social’”. Sobre los problemas con las liquidaciones, les respondieron que ya habían mandado un instructivo; sobre los robos, que “vamos a ver”; finalmente aclararon que “nosotros no les vamos a resolver todos los problemas”. Eso fue hace un tiempo, pero nunca les apareció el descuento no compulsivo, que es el que certifica su afiliación.

Claudia transmite una historia sobre ASiMM que le contó un chico de Rappi, otra de las app de reparto. Ahí son todos monotributistas. El chico se quejó con el sindicato. A la semana siguiente, lo llamaron para ofrecerle un blanqueo a través de una tercerizada, EnvíosYa. El lugar de la entrevista era… el propio sindicato, y el que la hacía uno de sus dirigentes. La sospecha difundida es que la conducción de ASiMM es, de mínima, socia de la tercerizada.

Con sus colegas de Rappi y de Glovo, en las que el trabajo es directamente a destajo, van intercambiando sobre la necesidad de luchar juntos. En pocos meses aprendieron mucho sobre la empresa, la burocracia sindical y los cuidados necesarios a la hora de organizarse. La patronal soñará con que estén quietos pero, para su perjuicio, lo tiene pedaleando sin parar.

*Los nombres fueron cambiados para seguridad de los entrevistados.

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