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21 de noviembre de 2018

Enfermería: una rebelión obrera contra la superexplotación y la burocracia sindical

Enfermería: una rebelión obrera contra la superexplotación y la burocracia sindical

Foto: @sonidogremial

Bajo todo punto de vista, la movilización de las enfermeras y enfermeros de este 21 ha constituido una de las demostraciones obreras más importantes del último período. Cuando las primeras columnas llegaban a la Plaza de Mayo, todavía salían contingentes de las inmediaciones del Congreso. Durante horas, toda la Avenida de Mayo estuvo colmada de enfermeros de todos los hospitales de la CABA, y de numerosos centros de la provincia de Buenos Aires. También abundaban los contingentes de la sanidad privada, como el Hospital Español, el Maimónides o la clínica Fleni. Si la marcha se presentó “caótica”, ello se relaciona con otro componente fundamental: las enfermeras marcharon por encima de las principales burocracia sindicales que actúan en el campo de la salud, y, en algunos casos, enfrentando hasta amenazas. En los días previos, numerosos enfermeros denunciaron las “advertencias” del sindicato municipal SUTECBA, respecto de que el gremio “no amparaba” la ausencia del lugar de trabajo en la jornada del 21. UPCN actuó del mismo modo. Los enfermeros doblegaron estos aprietes y se volcaron a las calles. En los hospitales porteños se vivió un paro de hecho, aun cuando muchos trabajadores debieron apelar a “pedir el día”, ante el boicot de los burócratas a adoptar una real medida de fuerza.

Detonante

Es sabido que el detonante de esta rebelión ha sido la decisión del gobierno de Larreta de volver a excluir a los enfermeros de los hospitales porteños del escalafón de la carrera profesional, incluso cuando se votó una ley, hace pocas semanas atrás, estableciendo qué actividades formarían parte de esa carrera. La exclusión de los enfermeros –que siguen confinados al convenio general de los estatales- tiene consecuencias salariales y laborales muy claras: implica, por un lado, partir de un salario básico un 30% inferior al que le correspondería como profesionales. Pero además, son privados de varias conquistas laborales –como las licencias regulares por stress. Los bajos salarios empujan al enfermero a las horas extras (“módulos”) y las consiguientes jornadas agobiantes, cuando, por el carácter de su tarea, su jornada no debería extenderse más allá de seis horas diarias, y con un salario que cubra la canasta familiar. Esas reivindicaciones estaban contenidas en el proyecto que presentamos en la Legislatura porteña en 2014. En una versión posterior, incorporamos la reivindicación del pase a la carrera profesional. La actual banca del FIT, a cargo de Gabriel Solano, tomó esta posta, al denunciar la discriminación de los enfermeros y presentar una nueva iniciativa por la profesionalización de estos trabajadores. Pero la realidad de la CABA se reitera, con sus particularidades, en el conjunto del país. En la provincia de Buenos Aires, el reconocimiento formal del título no se traduce en un reconocimiento real en términos salariales. Lo mismo ocurre en Santa Fe, donde los técnicos y auxiliares de enfermería son discriminados de la carrera. Al negar la calificación del enfermero, el Estado y la “industria de la salud” se las arreglan para pagar a su fuerza de trabajo por debajo de su valor. En el Estado porteño, argumentan que la profesionalización es inviable por razones presupuestarias. ¡Pero nunca han dado a conocer cuánto gastan en el sistema corrupto de los “módulos”, una caja que manejan a su arbitrio las direcciones de los hospitales y las burocracias sindicales! Detrás de la degradación al enfermero, no sólo operan los “ajustadores” del presupuesto porteño. También actúan los intereses de la salud privada. En efecto: la superexplotación del enfermero del hospital público establece el rasero laboral y salarial en las clínicas particulares. La concentrada “industria de la salud” –que se ha fagocitado en los últimos años los recursos de buena parte de las obras sociales– se sostiene en base a este edificio de superexplotación, que completan los restantes trabajadores de la salud.

Un síntoma político      

La movilización del 21F, sin embargo, no puede ser confinada, en sus conclusiones, al ámbito de la salud. Los enfermeros se han levantado contra la agenda que hoy golpea al conjunto de la clase obrera: salarios por debajo de la canasta familiar; precarización (muchos enfermeros se encuentran contratados); sobreexplotación para cubrir un salario; desconocimiento de la calificación laboral. La rebelión de las enfermeras, por lo tanto, es un síntoma del clima de rebelión latente que anida en la clase obrera, y que la burocracia sindical sofoca con la violencia de una olla a presión. La marcha multitudinaria de hoy, por derechos y condiciones de trabajo, es una bofetada a los que pergeñan una reforma laboral antiobrera, desde el FMI hasta el macrismo y sus socios pejotistas en la faena del ajuste. Es necesario debatir las conclusiones del 21N, en primer lugar, en todos los hospitales; poner en marcha asambleas, autoconvocatorias y un plan de acción común hasta arrancar el pase a la carrera profesional y el reconocimiento de todos los derechos laborales que le caben al enfermero, por su labor crucial. La “profesionalización” debe incluir, en sus derechos, al enfermero auxiliar o técnico cuya práctica y antigüedad lo asimila, sin duda, al profesional de enfermería. Pero las conclusiones del 21N exceden al ámbito de los hospitales: la clase obrera toda necesita un “21N”, que tendrá lugar por los mismos caminos que el de los enfermeros: arrancando la deliberación y acción colectiva de los trabajadores en cada lugar de trabajo, en cada gremio, en cada Ciudad; desafiando al corset de los burócratas y sus jefes políticos. Si los enfermeros fueron protagonistas, todos los trabajadores podemos serlo.

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