09/12/2020 | 1611
movimiento obrero

La situación plantea un paro y un plan de lucha por nuestros salarios

Los trabajadores del Hospital Garrahan, uno de los sectores que están en lucha.

Las luchas y reclamos salariales que recorren al movimiento obrero ponen en evidencia, por un lado, la inconsistencia del relato oficialista y, por otro, el nuevo clima que reina entre los trabajadores.

Las declaraciones del ministro de Trabajo Moroni calificando como un “éxito” la política salarial promovida por el gobierno -estamos «muy contentos con la evolución del salario real y con la decisión, en un año terrible, de mantener las paritarias»- son, además de una muestra de cinismo, la confesión de que las paritarias fueron la vía para pactar con las burocracias sindicales una rebaja sin antecedentes del salario real.

Desde marzo a octubre, el salario de los trabajadores registrados aumentó un 8,7% frente a una inflación acumulada en 2020 del 26,9%. Cuando el ministro afirma que “solo se perdió un 0,2% del salario”, simplemente, miente.

Pero, además, medidos en dólares, la Argentina “conquistó” los salarios más bajos de la región, según la Total Remuneration Survey 2020. El relevamiento incluyó más de 4.000 empresas de América Latina y la comparación vale con cualquiera sea el tipo de cambio que se considere.

Que “los salarios en la Argentina están por el suelo” lo reconoció nada menos que el presidente de la UIA Miguel Acevedo, en el marco de la Conferencia Industrial. Y a renglón seguido aprovechó para destacar “el acuerdo que hicimos con la CGT, que es histórico y que se pudo hacer porque hay confianza”. Un verdadero gesto de clarificación política.

Siguiendo con su relato ficcional, Moroni dijo que “el empleo ya está rebotando en el país, llevamos cuatro meses consecutivos en que viene creciendo”. En realidad, el índice de ese cuatrimestre es 0,4%… ¡pero negativo! (correspondientes a junio, 0,2%; julio, 0,3%; agosto, 0% y un alza en septiembre del 0,1%). Si tomamos desde el comienzo de la cuarentena, el índice desciende al -3,1%. “En términos interanuales, todos los sectores continúan con una caída neta del empleo, destacándose la construcción con una contracción del 14,9%” (Ambito, 7/12).

Durante la pandemia, 3,7 millones de trabajadores se quedaron sin ingresos. En el sector formal casi 300 mil fueron despedidos a pesar del DNU (que de todos modos se piensa eliminar en los próximos meses por reclamo de las patronales).

Moroni también festejó que «teníamos 770.000 trabajadores suspendidos durante la pandemia y ahora son 478.000”. Es decir que casi medio millón de trabajadores registrados aún sufren importantes recortes en sus ingresos.

Bajo el peso de esta degradación laboral generalizada, las patronales buscan consolidar un nuevo estándar de explotación, avanzando sobre los convenios. Es decir, una reforma sector por sector. Esa es la hoja de ruta tanto en las actividades donde la crisis impactó de manera directa como en las que florecieron como las farmacéuticas, cuya facturación “creció un 59,6% según el Indec”. Pese a eso, las cámaras desconocen una cláusula de ajuste por IPC firmada en 2019 y ofrecen solo el 20% y “a condición de discutir un nuevo convenio colectivo de trabajo”.

Moroni concluyó pronosticando “que en 2021 habrá una mejora importante de los salarios y las jubilaciones”; que en el lenguaje oficial ya sabemos lo que significa.

El reclamo salarial busca abrirse paso (y choca con las burocracias)

En las últimas semanas, los medios han empezado a reflejar movilizaciones y huelgas en gremios importantes. Las marchas de médicos y trabajadores de la Salud en varios puntos del país; el paro del hospital Garrahan contra el 7% firmado por UPCN y por un 50% de aumento; el paro y la movilización de telefónicos; paró un sector de la televisión; continuaron las huelgas y acciones autoconvocadas en UTA; un paro de los trabajadores de prensa afectó a las principales redacciones de medios nacionales; las caravanas de los judiciales; el acampe de los docentes neuquinos; la autoconvocaria de más de 20 juntas internas y agrupaciones de ATE; la huelga general conjunta de la Federación Aceiteros y los recibidores de granos, y el paro con piquetes de los aceiteros de San Lorenzo; en la UOM se suceden las manifestaciones contra la paritaria de miseria (que Antonio Caló presenta como un triunfo): en  Gálvez, Santa Fe, trabajadores de numerosas plantas se movilizaron al gremio; proceso similar al ocurrido antes en la UOM Campana; en Siat Tenaris se movilizaron en reclamo de la recomposición del premio por producción arrebatado al comienzo de la cuarentena y que representa una reducción del 40 al 60% de los salarios. Los obreros de Gri Calviño siguen enfrentando el lock-out de la patronal y la tentativa de reventar el convenio; por un reclamo salarial se paralizó la producción de una de las plantas de Loma Negra, la importante movilización de los ferroviarios, y podríamos seguir…

También se han activado reclamos por bonos de fin de año de Camioneros (que además han lanzado una dura advertencia a la pretensión de Rodríguez Larreta de recortar la jornada laboral a los recolectores para ahorrar los pesos que le succionó el gobierno nacional) y de varios sindicatos municipales de diversos distritos y provincias; las internas de las plantas del Grupo Molinos-La Salteña, Matarazzo, Luchetti, etc.-, que pertenecen a distintos sindicatos, lanzaron un plan de lucha también por un bono.

A este panorama agitado hay que sumar las multitudinarias acciones piqueteras, con cortes y marchas, en defensa los programas y por refuerzos salariales.

Bajo estas acciones “visibles” hay múltiples manifestaciones, soterradas, contra la ofensiva salarial, como la renuncia masiva de jefes médicos de hospitales en Bariloche y, antes que eso, en Chubut, o protestas “inorgánicas” que empujan a las direcciones a tomar medidas de lucha, como pasó en la Alimentación.

Las burocracias están sometidas al doble fuego del repudio creciente de sus bases -por su asociación indisimulada con las patronales y el ajuste- y las luchas internas por el control de los aparatos, que se potencian por la inminencia de las elecciones en casi todos los gremios y en la principal central obrera, la CGT. Se abren grietas en los mecanismos de contención por las que emerge el descontento generalizado. Hay que aprovecharlas para impulsar más autoconvocatorias, asambleas, plenarios y congresos, con un eje orientador: paro y plan de lucha por el salario y todos los reclamos postergados.

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