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1 de agosto de 2019 | #1559

El nuevo escenario político en el Reino Unido

La precariedad del gobierno de Johnson y la persistencia de la crisis
El nuevo escenario político en el Reino Unido

El Brexit ha mostrado las tendencias a la disgregación de la Unión Europea y dentro del propio Reino Unido.

El nuevo primer ministro británico, Boris Johnson, que llegó al poder tras vencer en una elección interna del Partido Conservador al canciller Jeremy Hunt, inició su mandato con la amenaza de un “Brexit duro” si la Unión Europea no se aviene a una renegociación del acuerdo de salida pactado con la renunciante Theresa May. Los funcionarios de la Unión, por su parte, lo recibieron con la indicación de que no hay renegociación posible. Así las cosas, el asunto parece encaminarse a un salto en la confrontación que mantiene en vilo a un continente y ya se llevó puestos a dos primeros ministros en el Reino Unido.

Pero antes de vencer a los funcionarios de la Unión Europea, Johnson deberá superar su extrema precariedad de origen. Cuenta con una mayoría exigua y extremadamente frágil, dado que depende de diez diputados del norirlandés Partido Democrático Unionista (DUP) y, sobre todo, de una treintena de diputados conservadores comandados por el ex ministro de Economía Philippe Hammond, que podrían impulsar una moción de desconfianza contra Johnson para evitar un Brexit caótico. Los liberal-demócratas, una fuerza partidaria del “Remain” de buen desempeño en los recientes comicios al Parlamento Europeo, ya impulsan esa moción de desconfianza y agitan al líder del laborismo, Jeremy Corbyn, para que la ponga en marcha.

En estas condiciones, la posibilidad de nuevas elecciones ha quedado planteada. Para Johnson, un proceso electoral sería la posibilidad de dotarse de una mayoría parlamentaria fiel. A tal efecto, podría aspirar a sumar en las urnas el respaldo de los votantes del Partido del Brexit, del fascista Nigel Farage, quien ganó los últimos comicios al Parlamento Europeo y ha expresado su disposición a un trabajo común con el nuevo primer ministro. Sin embargo, vale recordar que May también adelantó las elecciones para ensanchar su base parlamentaria, arrojando el resultado exactamente opuesto.

Johnson cuenta con pocas armas para enfrentarse a los negociadores europeos. Señala que puede usar los 35 mil millones de euros que el Reino Unido debe desembolsar al momento de partir como herramienta de presión. Y reclama que se elimine la salvaguarda que impide el resurgimiento de una frontera dura en Irlanda -cláusula que enchaleca al Reino en la unión aduanera hasta hallar una solución a ese problema- para retomar negociaciones. Esa dureza por parte de Johnson es clave para mantener el apoyo político del DUP norirlandés, que cuestiona dicha salvaguarda y teme que, como fruto de las negociaciones, el territorio quede separado del resto del Reino.

Nada disipa, sin embargo, el recelo de la burguesía. Una parte del capital financiero ya ha relocalizado operaciones al continente ante el temor de un Brexit desordenado y empresas de máximo nivel como Ford y Airbus han amenazado con su salida. La Confederación de la Industria Británica acaba de expresar su preocupación por las consecuencias del Brexit en una declaración. En las últimas semanas, la libra se ha devaluado a su nivel más bajo en casi dos años.

Colocadas ambas partes ante el abismo, la Unión Europea podría autorizar en octubre una prórroga del deadline (fecha límite) y ganar tiempo, aunque prolongando la agonía.

La llegada de Johnson ha sido recibida con algarabía por Trump, que ve en ello la posibilidad de acentuar las disputas y tendencias disgregadoras en Europa y de reforzar su propio ascendente sobre el Reino. Esto incluye un filón de negocios: Trump se ha mostrado interesado en incluir dentro de un potencial acuerdo de libre comercio con el Reino el apetecible botín que significaría la privatización del castigado sistema de salud británico (NHS).

El otro asunto es de política exterior. Reino Unido se ha plegado a las provocaciones contra Irán, como lo mostró el secuestro de un barco en Gibraltar. Trump aspira a que con Johnson, esa línea se profundice y usarlo también como ariete para quebrar a la Unión Europea, que aún defiende -en nombre de los intereses de sus propias compañías- el pacto multilateral con la nación persa de 2015, que el mandatario yanqui abandonó.

Las negociaciones sobre el Brexit han opacado hasta cierto punto un dato importante que es el carácter brutalmente capitalista y antiobrero del gobierno Johnson. Su promesa de “derrotar a Corbyn” esconde, en verdad, una hostilidad hacia los sindicatos, la izquierda y el movimiento obrero. Ha elegido un gabinete profundamente derechista y anunció rebajas impositivas al capital y un reforzamiento represivo. 

Estos anuncios se combinan con el posible lanzamiento de proyectos de infraestructura, que desentonan con el plan de estricto control del gasto del ministro saliente Hammond. Como alcalde de Londres, Johnson impulsó algunos proyectos faraónicos (los “Boris Bus”, la aeroísla y el “puente jardín” sobre el Támesis), que fueron invariablemente un fracaso o quedaron truncos.

El laborismo

En el laborismo, Corbyn no impulsa pero tampoco descarta la presentación de una moción de desconfianza contra Johnson. Reclama que cualquier acuerdo sobre la Unión Europea sea sometido a un nuevo referéndum, prometiendo hacer campaña por la permanencia en caso de un acuerdo perjudicial para los trabajadores, si bien no especifica si esa sería su posición en caso de elecciones adelantadas. Las posiciones ambiguas del líder del Partido Laborista se corresponden con un partido fuertemente dividido en torno del Brexit. “El partido acabaría destrozado [con el planteo Remain] en el norte de Inglaterra y en otras zonas -55 de los 75 distritos donde el partido tiene posibilidades votaron en favor del Brexit en 2016-”, señaló Leon McCluskey, secretario general de la federación sindical Unite (El País, 5/7). Del otro lado, impulsados por el dirigente Tom Watson, 10 mil afiliados publicaron un manifiesto en que reclaman que el laborismo asuma una decidida postura por la permanencia. “No lograremos el apoyo de todos los votantes, pero es la única vía para que el laborismo vuelva a ganar unas elecciones”, dicen (ídem, 10/7). Corbyn goza, pese a esta doble presión, de cierta autoridad política y respaldo popular por sus planteos de aumento del salario mínimo y reformas sociales.

Fragmentación

Las profundas divisiones que recorren al Partido Conservador y el laborismo con respecto al Brexit contribuyeron al retroceso de estas fuerzas en los últimos comicios municipales (aplastante en el caso de los primeros). En las últimas elecciones europeas, a su vez, se reforzaron, a expensas de ambos, los liberal-demócratas y los ultraderechistas de Farage. En Escocia, el SNP, partidario de permanecer en la Unión Europea, que reclama un nuevo referéndum separatista del Reino Unido, es la fuerza predominante. El otrora bipartidista mapa político británico ha dado lugar a un escenario más fragmentado, que sólo hasta cierto punto contiene el sistema de circunscripción uninominal que incentiva un sistema de dos fuerzas. Unas posibles elecciones adelantadas replantearán con fuerza el problema de las alianzas electorales. A modo de ejemplo, el historiador de la Universidad de Oxford, Thimoty Ash, sugiere un acuerdo entre laboristas y liberal-demócratas que actúe como polo “europeísta” en dicha elección. Del otro lado del espectro político, Farage alienta un acuerdo “brexiter” con Johnson. El problema de estos planteos de coalición es que el Brexit ha dividido por dentro mismo a los dos partidos principales, conservadores y laboristas.

El Brexit ha mostrado las tendencias a la disgregación de la Unión Europea y dentro del propio Reino Unido. Es una de las expresiones más convulsivas de la crisis capitalista mundial. La clase obrera y la juventud vienen librando grandes luchas, como lo muestra la pelea contra la privatización del sistema de salud. Pero tienden a quedar aprisionadas y reproducir las propias divisiones de la clase dominante.

Una intervención política independiente de los trabajadores, superando la política capituladora de Corbyn, es decisiva para lograr una salida positiva a la inmensa crisis de las islas y de Europa.

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