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4 de agosto de 2019

La derrota del golpe franquista en Barcelona

A 83 años de las jornadas de julio.

El siguiente texto fue publicado originalmente en el sitio del Grupo Independencia Obrera de España.

En estas fechas se cumplen 83 años de la derrota del levantamiento militar en Barcelona. El 17 de julio de 1936 se producía el golpe militar que se alzaba contra la república. Un golpe que se preparó bajo las propias narices del gobierno. Simultáneamente con los preparativos golpistas, el gobierno del Frente Popular, en un intento de evitar la intervención de las masas, mandaba mensajes de tranquilidad llamando a confiar en el ejército leal al gobierno para contrarrestar el alzamiento. Mientras el gobierno, ejercido en ese momento por el jefe de gabinete republicano Santiago Casares Quiroga, trataba de negociar con los golpistas, estos aprovecharon la falta de reacción para desarrollar el golpe en distintos puntos del país mientras pedían ayuda externa en dinero y materiales.

El general Manuel Goded, luego de protagonizar el golpe en Palma, vuela a Barcelona para dirigir a los militares alzados en la ciudad Condal deteniendo al general, leal a la república, Francisco Llano de la Encomienda. Los militares sublevados encuentran desde el principio en Barcelona una tenaz resistencia por parte de los trabajadores organizados en CNT-FAI, que junto con sectores de la guardia civil y del ejército comienzan a enfrentar a los golpistas y a distribuir armas. Mientras el gobierno de la Generalitat, encabezado por Lluis Companys de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), se negaba desde el 16 de julio a entregar los fusiles que CNT le pedía, estos eran requisados por los trabajadores en los barcos atracados en el puerto y en los astilleros; otras provenían de los cuarteles que no se habían plegado al golpe y algunas mediante el asalto a cuarteles rebeldes.

El gobierno intentaba evitar el armamento de las masas, y en muchos casos obligaba a devolverlas mediante la intervención de la Guardia Civil, por lo que las milicias estaban mal armadas. Pero aun antes que se formaran las milicias, grupos armados de trabajadores iban a otras poblaciones para liberarlas del ejército sublevado. Se formaron comités, patrullas, se organizó la distribución, en fin las masas comenzaron a crear sus propias organizaciones ante la parálisis del gobierno. Pero para el presidente de la Generalitat, Lluis Companys, la cuestión central era recuperar la iniciativa política y disciplinar al gobierno regional a los obreros armados que controlaban Barcelona y de hecho toda Catalunya tras derrotar al ejército. Companys logra su primer triunfo en este sentido el 21 de julio tras convencer a la CNT-FAI para la creación e integración, junto con otras fuerzas políticas en un Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA). Este Comité agrupó a CNT, ERC, POUM, PSUC, Unión Republicana, Unió de Rabassaires y UGT. El gobierno comienza así a recuperar terreno y a rearmar el estado semiderruido por la intervención de las masas trabajadoras. El proceso dio un paso más el 6 de noviembre con la integración al gobierno de 4 ministros anarquistas y el secretario general del POUM, Andreu Nin como Consejero de Justicia. El gobierno del frente popular logra así el compromiso de las principales direcciones obreras en el estado burgués.

La situación real en Catalunya tras las jornadas del 19 de julio era que de un lado había un gobierno formal, vacío de contenido y del otro el inicio de una organización de poder por parte de los trabajadores y campesinos.

A partir de ese momento comienzan las expropiaciones de empresas, industrias y campos. Esto incluía no solo grandes empresas sino peluquerías, cines, bares, hoteles, se suprimieron las propinas, fueron despedidos todos los directores y en el caso de empresas donde sus dueños aún se encontraban en Barcelona se les daba un trabajo acorde a su capacidad con el sueldo que correspondía. Hasta UGT que tenía una fuerza muy minoritaria en Barcelona expropió la flota naval. Según relatan los propios dirigentes anarquistas como Buenaventura Durruti o Juan García Oliver el poder estaba en manos de los Comités y el gobierno asistía impotente a este proceso de expropiaciones y organización obrera de la producción. Cuando Companys recibe el 21 de julio a los delegados de los anarquistas, que venían prácticamente de una batalla de 30 horas durante las que no habían dormido, ni se habían limpiado aún, les dice entre otras cosas: “Habéis vencido y todo está en vuestro poder; si no me necesitáis o no me queréis como Presidente de Cataluña, decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el fascismo”. La revolución había comenzado. Sin embargo mientras la burguesía tenía clara cuál era su estrategia: quitar a los grupos organizados de los trabajadores el poder que habían tomado de hecho, las organizaciones anarquistas no tenían como objetivo tomar el poder. Es así que el gobierno comienza a recuperar el control, limitando las funciones de los comités y sindicatos en un proceso complejo y lleno de altibajos que se va extendiendo en el tiempo y cuyo fin último es recuperar el control político quitando la iniciativa a los trabajadores organizados.

En distintas ciudades los trabajadores urbanos, y los campesinos en las zonas rurales, enfrentan a los sublevados ante la pasividad del gobierno, el golpe es prácticamente derrotado desde el primer momento, pero la actitud del gobierno de sabotear a las milicias y su negativa de enfrentar a los golpistas junto a la falta de una estrategia por parte de las direcciones de la clase obrera, permiten a estos avanzar en sus planes. Los sublevados, que esperaban un triunfo rápido, reagrupan sus fuerzas y comienzan las operaciones militares para conquistar todo el territorio del estado.

El círculo se cierra

En Cataluña el círculo se cierra en mayo de 1937. Entre la derrota del alzamiento el 19 de julio [de 1936] y mayo de 1937 media la operación del Gobierno de la República que busca centralizar la actividad militar en un ejército regular bajo el mando de oficiales leales y la disolución de las milicias para desarmar la actividad independiente de los trabajadores y sustituirla por la actividad centralizada del ejército burgués republicano. Una vez recompuesto el ejército afín al gobierno central, el gobierno del Frente Popular (FP) en el que juega un papel destacado el PCE busca la derrota definitiva de la actividad independiente de los trabajadores armados. En Barcelona las milicias de la CNT-FAI retienen algunos centros claves del poder en sus manos como el edificio y la Central de la Telefónica, pero el PCE y su organización en Cataluña, el PSUC traman una provocación llevada adelante por las fuerzas de asalto y policiales en Barcelona.

El 3 de mayo intentan tomar la central de la Telefónica en manos de los obreros de CNT. Un destacamento de guardias de asalto, al mando del dirigente del PSUC Eusebio Rodríguez Salas, comisario general de la policía en Cataluña y Consejero de Orden Público en la Generalitat, pretende desarmar a los milicianos que se encontraban en los pisos inferiores del edificio. La reacción no se hizo esperar y hubo una refriega de disparos y la provocación desencadenó la respuesta de miles de trabajadores en los barrios y fábricas que volvieron a tomar las armas, levantaron barricadas y volvieron a tomar el control de la ciudad, mientras declaraban una huelga general.

Este movimiento insurreccional se extendió hacia otras ciudades catalanas como Lérida, Girona y Tarragona. Se tomaron, como medida preventiva, los locales del PSUC y Estat Catalá por parte de milicianos de CNT y del POUM. Pero a pesar de esta profunda reacción, los líderes del POUM y los de la CNT no tomaron ninguna iniciativa para desarrollar la insurrección, cuando nuevamente los trabajadores tenían bajo su control la situación. Por el contrario luego de un gran esfuerzo los ministros de CNT lograron que las milicias depongan las armas. Los ministros Federica Montseny y García Oliver se dirigieron una y otra vez por radio a los milicianos para que abandonen las barricadas, provocando una gran desmoralización.

Las direcciones CNT-FAI y el POUM que habían contribuido a la reconstrucción del estado burgués llamaban a la calma. Las direcciones dieron la orden de entregar las armas con lo que fue el comienzo del fin a pesar de la voluntad y de la fuerza del proletariado catalán. Una y otra vez los trabajadores demostraron su disposición a la lucha y su capacidad de derrotar a los golpistas y a la burguesía, su principal obstáculo fueron sus propias direcciones que pactaban una y otra vez con la burguesía “democrática” que finalmente los llevó a la derrota.

El papel fundamental que juegan en este proceso el estalinismo y los republicanos es defender el principio de que primero había que vencer la guerra y después hacer la revolución, para lo que ordenan dar marcha atrás con las expropiaciones, llaman a defender la propiedad privada y ordenan a las organizaciones obreras y sus milicias disolverse o subordinarse al orden burgués. Ayer como hoy los trabajadores fueron engañados detrás de la falsa idea que para luchar contra el fascismo hay que defender la “democracia” burguesa, cuando es esta es la que encubre a los fascistas y las dos tienen el mismo fin: la derrota de los trabajadores.

Costó mucho trabajo derrotar a los trabajadores y a la revolución, tarea que no hubiese podido hacerse sin la colaboración de sus direcciones.

La revolución española y su derrota dejan grandes enseñanzas que tienen su valor hoy en día. La historia no es borrada solo por la derecha y por la burguesía, la izquierda que organizó la derrota de la revolución, también oculta su responsabilidad y repite en la actualidad su política de colaboración.
Hoy, los partidos de izquierda y el anarquismo están mucho más a la derecha que sus antepasados, que a pesar de sus claudicaciones se planteaban la revolución y terminar con el capitalismo.

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