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30 de agosto de 2019

Lucrecia Martel, Roman Polanski y el poder de los conflictos

Días atrás, Lucrecia Martel señaló que se ausentaría a la proyección de J' accuse en el Festival de Venecia, cuyo jurado preside, considerando que ir a aplaudir el film de Roman Polanski constituía un “gesto odioso” para con las víctimas de violación -el director fue denunciado por ello en 1977 por Samantha Geimer, de 13 años, quien señaló que previamente le había dado drogas y alcohol.

La decisión mostró a la cineasta argentina poniendo su compromiso con el movimiento de mujeres por encima de las imposturas protocolares que suelen acompañar a estos eventos, lo que de por sí le valió el elogio de luchadoras y luchadores y el enojo de figuras del estrellato como Catherine Deneuve.

Pero multiplicó su impacto por las explicaciones dadas por Martel, que la confirman como una de las cabezas más lúcidas en el mundo del cine argentino y probablemente global y pueden leerse en la entrevista que brindó a Infobae (30/8). La autora de La ciénaga señaló que pese a verse incomodada por la asistencia en el festival de Polanski (que finalmente no se produjo), vería la película y consideraba que tanto su presencia como la del director era “muy buena para que pensemos en esa relación entre el hombre y la obra, en cuándo prescribe un crimen, para que pensemos ¿qué hacemos con un hombre que ha cometido una falta?, ¿lo ejecutamos y así nunca más tenemos que hacer las mismas preguntas?” (Polanski se encuentra prófugo de Estados Unidos desde 1978 por este hecho, mientras que la propia Geimer viene desde hace años solicitando el cierre del caso y denunciando a las fiscales de un uso oportunista de su denuncia).

Profundizando en la idea, Martel afirmó que “ponernos a expurgar la vida de todos los grandes artistas y prohibir las obras es una barbaridad. Jamás prohibiría ninguna obra, ahora hay gente que hasta dice que hay que sacar tal o cual cuadro, y no. Justamente esas son las cosas que nos hacen pensar, si sacamos los conflictos vamos a estar todos como unos bebés en un mar de leche”.

Y dio una vuelta de tuerca de valor sobre el repetido debate sobre si “hay que separar a la obra del autor”, marcando que “eso va en contra del hombre, porque él es sus actos en su vida privada y sus actos en sus películas. Si yo lo separo es como si dijera 'este hombre es un canalla, pero esta película es una belleza'. Yo creo que este tipo es complejo, ha hecho grandes reflexiones sobre la humanidad y ha hecho cosas terribles. Entonces, separar la obra del hombre sería condenar o la obra o al hombre. En cambio, si lo asumimos como la complejidad humana es mucho más interesante para pensar.”

Las aseveraciones de Martel desentonan con ciertas medidas a la moda en la industria de la cultura, que han buscado sanear el conflicto alrededor de artistas abusadores mediante la sencilla eliminación de sus viejas obras de las plataformas de la música y el audiovisual, al tiempo que se barnizan de feminidad superproducciones que mantienen por lo demás sus viejos clichés –como recuerda Martel- y sus bajadas de línea imperialistas (hola Wonder Woman).

La negativa a “cerrar los conflictos” de Martel, así como su protesta en la misma entrevista por el hecho de que en la actualidad “no hay casi manifestación artística que genere una incomodidad en la sociedad”, recuerda, de hecho, a ese gran y temprano crítico de la industria cultural que fue Theodor Adorno. En su apuesta por la “dialéctica negativa”, el autor alemán valoraba a un arte (en un recorte, es cierto, algo unilateral) que escapaba de los intentos de homogeneizarlo, que mantenía abiertos los conflictos entre el objeto concreto (la obra) y los intentos de englobarlo en una uniformidad indiferenciada, como un chorizo más de esa larga cadena de chorizos en la que tiende a convertirse cada día más la industria cultural (hola Netflix). Para Adorno, que no sucumbía a la idea de un arte que pudiese por sí cambiar el mundo, la permanencia del conflicto en la obra tenía sin embargo un notable atributo, el de oponerse a la visión de un mundo reconciliado, a la ilusión de que los conflictos que atraviesan a la sociedad están resueltos –o pueden resolverse- en los marcos del régimen capitalista imperante. Una idea afín reside en el Manifiesto por un arte revolucionario independiente de André Bretón y León Trotsky, que en su defensa de la libertad en la creación artística defiende ese “don de prefiguración que constituye el patrimonio de todo artista auténtico, que implica un comienzo de superación (virtual) de las más graves contradicciones de su época y orienta el pensamiento de sus contemporáneos hacia la urgencia de la instauración de un orden nuevo”.

Decir que estas ideas tienen hoy vigencia es decir poco. El movimiento de mujeres de la Argentina ha tomado la bandera de que “el Estado es responsable” por el cuadro de violencia y opresión que viven las mujeres y disidencias: afirmar que la instancia que es presentada por antonomasia como la solucionadora de todos los conflictos (el Estado) es en verdad su causante, es un primer gran paso para dar cuenta de su verdadera naturaleza, que es la de garantizar la explotación y la opresión.

Lo propio vale para la industria capitalista de la cultura, que con las “purgas” particulares y la instauración de superheroínas busca lavarse la cara, mientras permanece en pie la dominación patronal del lugar de trabajo, que (vale desde el audiovisual al trabajo rural) es el caldo de cultivo de los acosos, como señalamos en referencia al caso de María Schneider con Bertolucci y como denunciaron con contundencia las Actrices Argentinas en ocasión de la denuncia de Thelma Fardín contra Juan Darthés.

Vale hacer del llamado de Martel a “no esquivar las preguntas díficiles” un aguijón para pensar las posibilidades y límites de nuestra historia y nuestras acciones. La tarea de las y los artistas, de las revolucionarias y revolucionarios no es dar una falsa imagen de pureza del pasado y el presente, sino mirar de frente su belleza y su barbarie, y hacer de estas los materiales de un futuro libre, nuevo, distinto.

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