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31 de agosto de 2019

“Reperfault”

La crisis después del anuncio de "reperfilamiento" de la deuda

La crisis argentina entró en un ritmo propio de una carrera de fórmula 1. La traumática transición política parece eterna a la luz de la frenética situación. 

El llamado “reperfilamiento” de los vencimientos de la deuda de corto plazo, anunciado el miércoles por el ministro Hernán Lacunza, es la confesión final de algo que intentó ser desmentido por todos los medios: Argentina no está en condiciones de cumplir con sus compromisos financieros.

Como la medida del gobierno apunta a preservar los dólares de las reservas internacionales para contener la cotización de la divisa estadounidense, no es difícil concluir que el centro de la cuestión radica en que las reservas netas del Banco Central -actualmente en u$s15.100 millones- no alcanzan para hacer frente, por un lado, a los vencimientos del Tesoro para lo que resta del 2019 (entre Letes, Lecaps y otros instrumentos) por un monto superior a los u$s23.500 (Ámbito Financiero, 29/8), y por el otro, a la demanda de depósitos, que entre plazos fijos y cuentas bancarias superan los u$s20.000 millones (La Nación, 27/8).

El problema ya había tenido expresión concreta. Los dos días previos al anuncio de Lacunza, el BCRA había dilapidado u$s670 millones para contener sin éxito la cotización del dólar, totalizando una caída de u$s10.268 millones desde la Paso. Luego debió declarar desierta la licitación de Letes, porque ningún fondo aceptaba renovar sus bonos por una tasa menor al 40% en dólares. A ello hay que agregar que el retiro de los depósitos en dólares, desde el 12 de agosto hasta el martes pasado, sumaron u$s 3.500 millones, una caída del 12% del total. Los depósitos en pesos, por su parte, cayeron durante ese período $45.000 millones. La incertidumbre reinante en torno al quinto desembolso del FMI, que según lo previsto debía girar u$s5.420 millones en septiembre, terminaron de inclinar al gobierno por el “reperfilamiento”.

Default y corralito

“Si bien (Lacunza) se refirió a que el problema es de liquidez y no de solvencia, la distinción no tiene importancia. Las prórrogas de vencimiento son consideradas defaults en las agencias de calificación crediticia”, sentenció el Financial Times (30/8). El influyente diario británico agrega que la negociación para reperfilar la deuda con el FMI no está exenta de problemas gruesos, y advierte que “lo más probable es que el Fondo permita que Argentina caiga en cesación de pagos o que firme un nuevo rescate con dinero fresco, emitiendo un crédito nuevo para pagarse a sí mismo”, aunque admite que la segunda opción se topará con serios obstáculos, en especial la resistencia interna a seguir prestando a un deudor quebrado. Todo un augurio de quienes mejor conocen el paño.

La calificadora Standard & Poor consignó que los bonos argentinos habían entrado en un “default selectivo”, lo que -si bien fue revertido 24 horas después- agrava la desconfianza del capital financiero y golpea los ya vapuleados bonos nacionales, que el jueves se derrumbaron hasta un 12%.

El mercado se movió en la misma sintonía. Luego de un jueves en que las reservas siguieron mermando unos u$s 909 millones y el riesgo país trepó hasta los 2.500 puntos, el viernes se vivió otra jornada negra. A pesar de que el BCRA vendió u$s387 millones y la tasa promedio de las Leliqs alcanzaron un escandaloso 83%, el dólar no detuvo su suba y cotizó a $62 (para llegar a $65 en las plataformas que operan las 24hs). Al final de la jornada, los activos internacionales del Central habían caído u$s1.943 millones. Tomando nota de su fracaso, el gobierno de Macri dispuso un control de capitales a los bancos y a las utilidades que estos generen en el país, los cuales deberán pedir autorización al Banco Central para girar sus dividendos al exterior. Los que hicieron campaña alertando que un triunfo de los Fernández implicaría la vuelta del cepo cambiario, terminaron erigiendo un corralito a las entidades financieras.

Este default encubierto trae consigo problemas serios, y opera también como un corralito. Las empresas colocan sus fondos en bonos de corto plazo para aprovechar los rendimientos exorbitantes, por lo que el “reperfilamiento” podría traducirse en los próximos días en interrupciones en la cadena de pagos (nada menos que el propietario del Swiss Medical Group salió a advertir que no podría pagar los salarios). A ello se suma la imposibilidad de las empresas de tomar deuda por las altísimas tasas de interés. Hay quienes auguran una destrucción masiva de capital (Página 12, 30/8). La agencia Moody’s ya había advertido, previo al derrumbe del macrismo, sobre el aumento del riesgo de las deudas de las empresas (Télam, 8/8).

La Bolsa local no podía dejar de reflejar este camino al abismo. El índice bursátil S&P Merval acumula un derrumbe del 45,2% desde la derrota de Macri, mientras las empresas argentinas que cotizan en Wall Street se desplomaron hasta un 7,2% durante la jornada del jueves. Medida en dólares, la Bolsa acumula una caída de 78% desde comienzos de 2018, superando el derrape de 2000-2001 (Ámbito Financiero, 30/8). Es sintomático que Techint haya decidido abandonar la Bolsa local meses atrás, mientras Mercado Libre -la empresa privada de mayor capitales del país- nunca comenzó a operar en el mercado bursátil argentino. 

El macrismo busca de todas maneras que el peronismo deje sus huellas dactilares en esta declaración encubierta de default, sobre la base del envío de un proyecto de ley al Congreso para la reestructuración de los vencimientos de los bonos de jurisdicción local, una versión renovada del Megacanje de Néstor Kirchner. Es una movida que dejó en off side a Alberto, que tardó 48 horas en realizar declaraciones, para afirmar lo que ya había sido dicho por todo el mundo: que Argentina está en default. Es que luego de pasarse la campaña promoviendo la devaluación del peso y plantenado la necesidad de reestructurar la deuda -asegurando tener “voluntad absoluta de pago” y sin quitas-, no tiene motivos de fondo para oponerse. El tratamiento parlamentario al que recurre el gobierno busca golpear el latiguillo de Fernández, que se la pasa afirmando que él es un simple candidato y que Macri es quien debe gobernar hasta diciembre, para cargarle a él todo el trabajo sucio. La coincidencia de fondo es rescatar los compromisos con el capital financiero.

Alberto Fernández y el FMI

El dramático final del gobierno macrista debe alertar sobre una cuestión crucial: la quiebra no se evita con voluntad de pago, sino con dólares. El programa de los Fernández incluye nuevas devaluaciones para licuar las deudas en pesos, imponiendo un pacto social para congelar los salarios y mantener así la “competitividad” (es decir menores costos en pesos para los capitalistas). Con estas medidas, su planteo de reactivar el consumo no es más que una tomada de pelo, para diluir la bronca popular. Considerando que la reperfilada deuda de corto plazo quedará para ser afrontada en 2020, Alberto Fernández solo podrá honrarla a base de un ajuste severo, que es lo que pregona su mano derecha, Guillermo Nielsen, cuando le toca hablar con los medios. Por otro lado, una renegociación con el FMI que implique pasar del préstamo stand by a uno de Facilidades Extendidas, habilita a que el Fondo establezca “reformas estructurales” contra los trabajadores (reforma laboral y previsional).

No pago de la deuda

Cuando el Frente de Izquierda plantea el rechazo de la deuda usuraria, se diferencia del default en que parte del repudio de una usura que hipoteca el futuro de la Argentina y lo condena a postrarse ante el capital financiero, para invertir el ahorro nacional en el desarrollo social del país. Por eso el no pago va acompañado de la nacionalización de la banca y el comercio exterior, para detener la fuga de capitales y el saqueo del país. La debacle a la que nos han llevado es una demostración cabal de que si se rescata a los capitalistas, son los trabajadores los que pagan la quiebra. La crisis reclama una intervención decidida de la izquierda revolucionaria, para ganar a la clase obrera al programa de ruptura con el FMI y rechazo de la deuda, para que la crisis la paguen los capitalistas.
 

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