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2 de octubre de 2019

Leliqs: primer aniversario de una bomba de tiempo

Leliqs: primer aniversario de una bomba de tiempo

Guido Sandleris, presidente del Banco Central.

Hace un año se ponían en marcha las medidas elaboradas por el nuevo staff del Banco Central. El economista Guido Sandleris había asumido la presidencia del organismo el 25 de septiembre, como consecuencia del estrepitoso fracaso de su antecesor, "Toto" Caputo, testigo del temprano fracaso del acuerdo con el FMI. 

Entre los principales anuncios del nuevo equipo estaba la puesta en marcha de una banda cambiaria donde el dólar se movería libremente, un tope de u$s150 millones con los que el BCRA podía intervenir para contener la divisa, la no renovación el stock de Lebacs y su reemplazo por las Leliqs -otra letra del Central pero que solo podían adquirir los bancos, con vencimiento semanal y una tasa que arrancó en ese octubre en 74%.  

Un año después, el Banco Central -y el país- han profundizado su quiebra. Aumentaron la deuda externa, los pasivos del BCRA, la inflación, la tasa de interés y el precio del dólar; mientras cayeron las reservas, el PBI y los salarios. No sorprende así que el macrismo haya perdido las elecciones y se prepare para terminar su mandato con un rechazo popular récord. ¿Qué pasó en el medio?

El nacimiento del engendro

Para quienes no lo recuerden, los economistas del “mejor equipo de los últimos 50 años” entendían que la inflación era un fenómeno exclusivamente monetario, y que sacando los pesos de circulación controlarían esa “pesada herencia” del gobierno kirchnerista. Para eso, pusieron una tasa de interés altísima -para ese entonces de un 40% anual-, lo cual con un tipo de cambio planchado generó las condiciones para la bicicleta financiera más rentable del mundo durante ese período. 

El experimento derivó en un agravamiento de todos los desequilibrios previos. La inflación que supuestamente iba a ser controlada se disparó por los aires y la corrida del segundo trimestre del 2018 dejó varios heridos, entre los funcionarios macristas que se revelaron incapaces de contener el precio del dólar y sus aliados del capital financiero que no llegaron a desarmar sus posiciones en pesos en medio de una estampida cambiaria. Cuando comenzaron las conversaciones con el Fondo para pedir un salvataje ante este escenario, la exigencia de desactivar la bomba de las Lebacs fue terminante.

El remedio, peor que la enfermedad

A lo largo del último año, el Banco Central fue reabsorbiendo el stock de Lebacs a través de las Leliqs. Esa deuda, muy lejos de disminuir, se encuentra superando el billón de pesos y equivale a casi la totalidad de la base monetaria. 

En este año de vida, las Leliqs se incrementaron en un 113% de forma muy sencilla: el BCRA debe renovarlas semanalmente, pero en lugar de pagarlas emite nuevas Leliqs por el valor de las letras vencidas más la tasa de interés que se capitalizó en ese plazo. Así llegamos a un récord histórico que supera cualquier descripción posible del quebranto económico y financiero que atraviesa el país.

Es un negocio redondo para el sector bancario. Los bancos tienen la exclusividad de la operatoria con Leliqs que rinden más de un 100% anual. La apuesta es segura, porque los bancos toman deuda con los ahorristas que depositan a plazo fijo a una tasa de alrededor del 60% por un plazo mínimo de un mes, y luego se lo entregan al Central a una tasa cercana al 80% y que capitaliza semanalmente. 

Este negociado tiene serias consecuencias, porque tener la tasa de interés nominal más alta del mundo se traduce en una recesión económica, sin detener una inflación altísima que disminuye el poder adquisitivo del salario a diario. No se puede dejar afuera del análisis las implicancias que esta tasa de interés tiene para las miles de familias que, como no llegan a fin de mes, recurren al endeudamiento usurario a manos de los mismos bancos, que son los que financian el consumo.

Lo que viene, lo que viene

El fracaso de esta política es concluyente desde cualquier punto de vista. Sobre todo si analizamos la evolución del tipo de cambio en el último año, que fue la principal razón por la que se avaló esta tasa usuraria. Pero ese fracaso no lo pagaron los bancos que se beneficiaron del negociado (la tasa se disparó hasta el 85%) y sí los trabajadores, porque la devaluación post Paso dejó el salario mínimo argentino como el más bajo de toda la región.

Alberto Fernández se limitó hasta ahora a decir que un eventual gobierno suyo dejaría de pagar las tasas de interés que se pagan actualmente. El objetivo de no renovar las Leliqs sería que esos pesos se pasen a la divisa yanqui y llevaría a una mayor devaluación. Algunos de sus economistas son partidarios de una hiperinflación, para licuar las deudas en pesos medida en dólares -en especial las Leliqs. Es un camino para que la crisis la siga pagando la clase obrera.

Los bancos se anticipan a esta política, por lo cual han comenzado a aminorar el stock de Leliqs y se inclinan crecientemente por los Pases (que son préstamos al Central por solo un día y que pagan el 90% de lo que rinde una Leliq pero con un plazo más corto). Según El Cronista, “entre el 2 y 6 de septiembre, el stock de pases promedió $31.850 millones. A partir de la segunda semana del mes, el saldo colocado en estos instrumentos saltó y se mantiene arriba de los $100.000 millones desde ese momento. El promedio de los últimos 10 días fue de $115.496 millones” (18/9).

En conclusión: si Macri, bajo la tutela del FMI, agigantó el negociado de las Leliqs -que aumentó la recesión y el quebranto del Banco Central y no evitó ni la devaluación ni la inflación ni la fuga de capitales-, Fernández se apresta a rescatar a los que lucraron con esta bicicleta financiera, a costa de continuar el flagelo que sufrimos los trabajadores. La nacionalización de la banca y la ruptura con el FMI son las únicas políticas que nos permitirán salir de este entuerto.

Que de una vez por todas la crisis la paguen los capitalistas.


 

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