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8 de octubre de 2019

Joker: todos somos payasos

Una relectura radical del clásico enemigo de Batman, que golpea duro en un EEUU asediado por la crisis capitalista y la violencia.

Por años a los payasos se los ha asociado con artistas de circo cuya función, entre sus extravagantes ropas y excesivo maquillaje, es hacer reír a la gente con bromas, piruetas y trucos divertidos.

Poemas como “Reír llorando” de Juan de Dios Peza, pasando por  la obra de Marcelino Orbes o inclusive comediantes como Buster Keaton y el propio Chaplin, nos revelan que la risa y la alegría de los payasos está íntimamente apegada a una profunda tristeza, angustia y miseria contenida, donde sus actos satíricos son una burla a la cotidianidad y, por qué no, un acto de catarsis a las penurias de la sociedad misma.

Es con estas premisas que el director Todd Phillips y el actor Joaquin Phoenix nos traen al más conocido de los payasos de la cultura popular siglo XX, el Guasón (Joker), en una producción en conjunto con DC Comics y Warner Bros que, lejos de responder a los actuales estándares del cine de superhéroes plagadas de CGI, roles estereotipados y guiones predecibles,  nos devuelve al clásico cine negro de los 70´s.

Reír llorando

Casi con cierta inocencia, nos encontramos con Arthur Fleck, un pobre comediante que con ingenua pasión intenta ganarse la vida como payaso en una decadente ciudad Gótica que recuerda a la Nueva York de finales de los 70´s, signada por el desempleo, la pobreza y los recortes estatales en los servicios de salud pública, en contraste con la opulencia en la que viven un puñado de empresarios entre los cuales se encuentra Thomas Wayne, padre del mismísimo Bruce Wayne.

En esa densa atmósfera de miseria, Arthur intenta sobrevivir en una búsqueda por darle sentido a su vacía vida. Una vida que se reparte entre su mal remunerado trabajo de payaso, las sesiones con una psiquiatra estatal y el cuidado de su enferma madre, que pasa sus días entre la TV y el enviar de forma estoica cartas al propio Thomas Wayne –quien fuera su patrón décadas atrás– para pedir ayuda económica.

Pero el mayor sufrimiento de Arthur es, casi como una paradoja, su propia risa compulsiva ligada a problemas psiquiátricos, sufrida como una tragedia personal por alguien cuyo mayor deseo es convertirse en un gran comediante y hacer reír a los demás.

Una tragedia que además lo llevará a chocar con una sociedad que se pudre sobre los cimientos del capitalismo, transformándolo, golpe tras golpe, en su muñeco tentempié ya sea en su seno familiar, en el hospital público, en su trabajo e inclusive en la calle, hasta convertirlo en una persona totalmente rota y desahuciada.

Estos sucesos generarán en el propio Arthur una especie de metamorfosis, motorizadas por la impotencia y la ira, donde de a poco irá reconstruyendo su identidad no desde lo introspectivo sino desde lo colectivo. El propio pueblo de Ciudad Gótica, también harto de la humillación social en la que vive, tomará el alter ego de Arthur, o sea el Guasón,  como una especie de identidad y “sujeto revolucionario” para llevar adelante una rebelión que irá de forma directa contra los verdaderos villanos encarnados en un puñado de ricachones representados por la familia Wayne.

En pocas palabras, la película nos muestra un universo totalmente opuesto a la versión clásica de cómic de Batman, en la que el rol de héroe estuvo siempre  asignado al multimillonario Bruce Wayne, quien como una especie de fuerza de élite para-estatal ejercía, con un fuerte sesgo protector y paternal, el papel de cuidador del status quo de Ciudad Gótica.

Con Joker los roles se invierten y es finalmente el Guasón el que desatará un estallido popular contra el poder del Estado y su clase social dominante y corrupta encarnada por los Wayne.

¿Me parece a mí, o el mundo está cada vez más loco?

Desde los primeros trailers, Joker ha generado muchísimas expectativas. Desde la lograda interpretación del Guasón por parte del fallecido actor Heath Ledger en El Caballero de la noche (2008), las interpretaciones que la siguieron fueron mediocres calcos de cómics, como el caso de Jared Leto en El Escuadrón Suicida.

Joker nos entrega en cambio a un Guasón real con unas fuertes dosis del cine negro de los años 70’s, donde por momentos podemos encontrar guiños a películas como Taxi Driver  o inclusive El Rey de la comedia, algo que demarca la huella de Martin Scorsese en el film como iniciador de este proyecto.

Su excelente fotografía, con una paleta donde permanentemente se conjugan los colores cálidos con sutiles fríos, da cuenta de una producción alejada de las animaciones computarizadas y la acción pochoclera para dar lugar a un perfil más afín al cine independiente.

Los movimientos corporales de Joaquin Phoenix en diferentes escenas muestran una poética forma de expresar, desde la decadencia, la transición desde un paria que genera empatía hasta el anti-héroe que el pueblo de Ciudad Gótica necesitaba.

Pero “Joker” tampoco ha sido ajena a las polémicas.

Desde poco antes de su estreno, grupos relacionados con víctimas de asesinatos en cines de los EEUU han salido a acusar al film de nihilista y antisocial, como así de incitar y banalizar la violencia.

Sin duda alguna Joker ha sabido golpear duro en un país en crisis, con permanentes tensiones económicas, comerciales y militares con China, con recortes en los programas de asistencia social, con una sociedad militarizada y un gobierno sumido en escándalos de corrupción.

Algo que de alguna manera explica  la interpretación de Thomas Wayne, con una fuerte referencia a la figura del propio Donald Trump.

Si el Guasón de Heath Ledger nos venía a retratar a la Norteamérica post 11 de septiembre, Joaquin Phoenix retrata el pozo social luego de más de diez años de crisis capitalista.

Marx sostenía que “la violencia es la partera de la historia”, como forma de explicar la transición de un modo de producción a otro.

Y en definitiva la violencia de Joker ha terminado pariendo un nuevo universo en el mundo de los cómics, un universo real sin multimillonarios filántropos ni héroes defendiendo el orden.

Un universo con (anti)héroes parias sin súper poderes y sin mucho más que perder que sus propias cadenas.

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