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29 de octubre de 2019

“artista del hambre”: cuando la necesidad se vuelve palabra

Sobre el nuevo libro de poesía de María Malusardi.

Como quien revuelve la basura buscando alimento, los poemas de artista del hambre surgen de un barro estético, de la necesidad de crear cosmos desde el caos de la indigencia, de la falta de lengua para designar lo que sólo se puede nombrar desde el rechazo. Si los hijos del poeta, los poemas, nacen del basural, su destino no es la trascendencia, sino la inanición, el desprecio, el olvido.

¿Qué es un artista del hambre? ¿El que intenta, con su arte, representar el hambre? ¿El que es, él mismo, una representación del hambre?

El libro de María Malusardi, publicado recientemente, comienza así: “hubo un día”. El “había una vez” de aquellos cuentos de hadas moralizadores se deforma y deja su lugar al “hubo”. El pretérito perfecto sentencia un pasado que no volverá. El tiempo se curva, vuelve, se trastroca, se convierte en otro, y todas las dimensiones se confunden, convergen en un tiempo presente que, por exceso de sí mismo, implota y muestra, impúdico, su núcleo: la ausencia de futuro, la imposibilidad de dar un curso al deseo, la intrascendencia de la vida humana para este sistema social.

Dice un poema: “nací entre artistas del hambre para (estilísticamente) inmolarme en el delito”. El hambre se instala como antesala del delito. Y el delito se incorpora como estilo. La actividad artística, por su naturaleza, exige la máxima libertad de pensamiento. En esta sociedad, que criminaliza la protesta social, que encarcela y, aun, mata a quien piensa distinto, el arte es un delito. Se plasma la máxima de De Quincey: las bellas artes como un crimen.

Dice otro poema del libro: “mato porque no puedo dirimir en esta jaula ni entender en este sueño el éxito de mi condición”. La sociedad capitalista crea compartimientos estancos: la lucha de clases no es un invento marxista; es una realidad que nos toca en uno u otro bando. No es casualidad que se haya propuesto como salida a esa contradicción una entelequia: la conciliación de clases. Porque, entre las clases, hay una que paga los platos rotos: la clase obrera, y otra que se lleva los platos sanos: la burguesía. Y la tercera, la clase media, se lleva la culpa. Y la culpa puede ser un motivo de parálisis, pero también un motor. Matar se puede de muchas maneras: una de ellas es matar la culpa luchando contra la explotación.

Cito un poema: “no soy ese niño que mira desde el otro lado de la ventana de un bar (…) mastico mis dedos para que alguien me brinde un sorbo de su mirada”. No soy ese niño, pero ese niño me interpela: yo soy su espejo sin hambre. Soy su espejo y su ilusión, la esperanza de un día en que él esté sentado adentro, y afuera no haya nadie mirando en la ventana.

Dice Malusardi: “en medio del poema una vaca muge”. Y el poema se transforma en alimento, y la letra, en proteína. Las vaquitas dejan, por obra de la poesía, de ser ajenas. Porque “desde que el hambre es el poema”, el poema es el deseo. Hölderlin dijo: “desde que somos un diálogo”, y propuso con esa sentencia una misión: ser en el otro, establecerse como una posibilidad para que el otro se enuncie, corresponderse, comprender el poema como un opuesto del monólogo, confiar en que el lector responderá.

Cito otro poema: “esta calle es una jaula abierta al público (…) traga un vendaval de cuerpos los desechos de la historia coágulos de basural”. La calle es una cárcel abierta. El hambre se expone como espectáculo; los desposeídos duermen en la calle; la calle es el zoológico del hambre. Un teatro de la verdad. La miseria que el capitalismo propone como estética. Una ciudad donde los cuerpos no son sino vacíos, siluetas forenses para estadísticas estatales; como dice la poeta: “cadáveres hacinando mis débiles poemas: el paraíso del hambre”. ¿Morir de hambre, entonces, es ir a un cielo indigente, habitar un edén con forma de basural? “más asco cuando nombro que cuando trago”, dice Malusardi. El nombre de la miseria es asco.

En otro poema se lee: “caen los hijos de mí como pelotitas de miel al viento pegándose insectos contra los cristales salen los hijos de mí como granos de café ruedan desde mi solapa sin dios les doy tierra para abrigar les doy nylon para comer les doy la munición la bala el maní reparto la leche que ya no sé el odio que me amparó les doy mi estar sin edad mis escaras mis dedos los unto con mis veredas los ato con mis barrotes los dejo morir en paz los entristezco los entierro en mi boca”. Los hijos de los pobres, de los hambrientos, los que el capitalismo destina a mano de obra de reserva, mueren de hambre.

El poema dice: “no es que mi madre me haya olvidado es que mi madre me ha parido en una olla sin sueños la subvención suena como campana seca saber que soy y que no existo es cosa rara letra de pozo sapo de canción saber que soy y que nunca he nacido es rulo de oveja luz en el matadero”. La conciencia de que los hijos van a morir de hambre debe convertir a los padres en leones y enseñar a los hijos la ética de la ferocidad. El derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo es también su derecho a no parir muertos de hambre.

Como “duermen los linyeras entre mis dientes”, los dientes comen y se aprietan de rabia, y el poema encuentra su tradición: “los paseantes balbucean nunca versos de martí sino improperios”. El modernismo es, claro, una tradición que conocen pocos. Habría que tener por lo menos un guiso para poder masticar unos versos de Martí, y salir a combatir el hambre con ese alimento. El artista se vuelve parte del hambre que escribe. Dice el poema: “hocicos hacinados de mis hijos muertos: la escritura del hambre”. ¿El hambre se escribe con saliva? ¿La lengua que dice es la lengua que ignora, la que excluye?: “un artista del hambre nunca crece como idioma”, responde Malusardi. La lengua, sin duda, se empobrece con el hambre.

Pero la poeta encuentra una salida en la palabra: “y así y todo de mi voz salen poetas y no soy quien de verdad habla y no soy el que soy porque la pura aniquilación me anima a desgajarme hacerme luz a martillazos”. Cuando los golpes nos hacen luz, nuestra fuerza ilumina el camino.

El cuento podrá entonces darse vuelta: “hubo un día ese día escribiré cuerpos en la calle”, dice Malusardi. El pretérito se vuelve futuro en los cuerpos movilizados. Y dice más: “hubo un día y ese día escribiré jaulas en los paisajes de mis ojos hasta arrancarme de mí y de mis condenados”. Y el futuro se vuelve libertad. Ya no habrá condenados cuando no haya explotación. Los ojos huirán de sus jaulas y podrán volar. Y el hambre dejará de ser la necesidad insatisfecha de comida que es hoy, y será sólo el deseo, el puro y hambriento deseo.

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