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27 de noviembre de 2019

A derribar los muros

A 30 años de la caída del muro de Berlín.

Los treinta años de la caída del muro de Berlín han sido celebrados con una enorme dosis de cinismo. Para Occidente no estaba en juego la libertad de Alemania del Este sino la oportunidad de proceder a una anexión que daría lugar a una gran confiscación de la propiedad estatal de la parte oriental del país germano y la explotación de los trabajadores del este, que pasaron a constituir un reservorio de mano de obra barata y, en esa medida, un ariete para deprimir los salarios y condiciones laborales de los trabajadores del oeste

Un relato muy diferente a la historia oficial. El aniversario de la caída del Muro de Berlín dio lugar a innumerables análisis, denunciando el carácter vergonzoso de este muro. Sin embargo, lo que se ha omitido o pasado inadvertido es que, desde entonces, se han construido numerosos muros similares o peores. Los estados están consumiendo enormes sumas para tales emprendimientos y en la vigilancia de las fronteras. Los industriales se han abalanzado para incursionar en este mercado, que se estima en más de U$S 20 mil millones anuales.

Si en 1989 se contabilizaban 16 muros fronterizos, hoy ascienden a por lo menos 65, que abarcan miles de kilómetros de empalizadas o alambre de púas, con barreras electrificadas, torres de vigilancia y medios electrónicos cada vez más sofisticados y custodiados por miles de soldados.

En Europa, desde la caída del Muro de Berlín, se han multiplicado los muros. La creación de la Unión Europea fue exhibida, recordemos, como una superación de las antiguas rivalidades nacionales. La guerra, según sus apologistas, había quedado atrás y era reemplazado por un nuevo orden donde primaba la armonía y la cooperación entre las naciones. Lejos de ese escenario idílico, lo cierto es que el panorama actual en el viejo continente nos trae a la memoria las imágenes de aquella, con la reinstalación de fronteras y los campos de concentración. La guerra que las grandes potencias europeas, junto con su par yanqui, han acicateado en otras latitudes y continentes, como el Medio Oriente o el norte de África, ha creado una gigantesca catástrofe humanitaria que ha concluido por estallarle dentro de sus propias fronteras. La crisis de los refugiados, agravada en la última década, se calcula que alcanza los 70 millones y tiene un alcance y dimensiones sociales y efecto desvastador semejante a los de la Segunda Guerra Mundial.

En 2015, Hungría construyó un muro de 4 metros de altura y 175 kilómetros de largo, reforzado con alambre de púas, en la frontera con Serbia. Del mismo modo, el gobierno búlgaro ha establecido un muro en la frontera turca, en la parte menos montañosa, para prohibir la entrada de inmigrantes en la Unión Europea. Lituania lanzó en 2017 la construcción de una barrera con el enclave ruso de Kaliningrado, para luchar, según las autoridades, “contra el contrabando y los cruces fronterizos ilegales”.

En Francia, está el muro de Calais, denominado “muro de protección antimigrantes”. Terminado en 2017, a pedido y con el apoyo financiero del gobierno británico, este muro completa los 50 km de alambre de púas alrededor del puerto y el área del túnel. Aquí ya tenemos un “símbolo“ del Brexit, con la creación de nuevas barreras impidiendo la libre circulación entre Gran Bretaña y Europa, lo cual culmina ahora con la salida del Reino Unido de la UE.

No olvidemos que, desde 1995, las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, aisladas en la costa marroquí, están separadas del territorio de Marruecos por vallas dobles de seis metros de altura, en un intento por detener la inmigración ilegal.

No hay continente que no tenga sus propios muros. El muro israelí que rodea Palestina se construyó en 2002. Hoy, de aproximadamente 681 km de largo, invade tierras de cultivo palestinas y se inscribe en el intento de anexar el territorio y abrir paso a un asentamiento de nuevas colonias judías.

En 2004, tras el conflicto entre India y Pakistán en Cachemira, se construyeron 550 kilómetros de muro, dando lugar a manifestaciones nacionalistas en ambos lados de la frontera. Pero uno de los muros más importantes del mundo fue terminado a finales de 2010 por India, a lo largo de su frontera con Bangladesh, es decir, más de 2.700 kilómetros. Cerca electrificada, alambre de púas, muro de hormigón: se le conoce como el “muro de la vergüenza”.

En las propias barbas del imperialismo yanqui, se erige el muro entre Estados Unidos y México que existe desde 1994. La Ley de Cerca Segura, promulgada por Bush en 2006, planea expandir significativamente las barreras existentes. Hoy tiene 2.500 kilómetros de largo y la pretensión de Trump es ampliarlo y reforzarlo, iniciativa que se ha convertido en una de los grandes estandartes de su mandato.

Este panorama no pasó inadvertido para un escritor sensible e incisivo como Eduardo Galeano. El gran escritor uruguayo nos ha dejado, a partir de su pluma exquisita, un registro y reflexión sobre estos hechos: “El Muro de Berlín era la noticia de cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro... Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros han brotado, siguen brotando, en el mundo, y aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada”.

Quienes se apresuran a cantar la victoria y pretendieron ver a partir de la caída del muro y la disolución de la URSS (a los cuales se los pretendió igualar, a pesar de que su contenido no es el mismo) la supremacía del capitalismo, terminaron recibiendo un baldazo de agua fría. La restauración capitalista, lejos de sacar al capitalismo de sus crisis, terminó convirtiéndose en un factor de agravamiento de la misma.

Entre 2007 y 2008 arrancó la crisis más importante del sistema mundial capitalista desde 1930, y que se prolonga hasta el día de hoy. En una metáfora que parodiaba la caída del Muro de Berlín, el semanario británico The Economist titulaba “La caída del otro Muro” en referencia a Wall Street (literalmente la “Calle del Muro”), ante el colapso que comenzó con el descalabro del mercado de hipotecas de EEUU, para extenderse luego a todo el mundo.

Alemania no escapó a este impasse, y está en la actualidad al borde la recesión y con su sistema bancario y financiero extremadamente vulnerable y en serios aprietos, en momentos en que la Unión Europea cruje y se expanden las tendencias centrífugas (con el Brexit a la cabeza). Quien emprendió la unificación de Alemania no fue un régimen social joven y vital, en ascenso, sino un capitalismo decadente y senil que lo hacía con los métodos que le son propios.

Los muros de la vergüenza se vienen multiplicando y hablan de la putrefacción de un régimen social. Agreguemos que los muros se reproducen y brotan como hongos en cada rincón del planeta. Las clases acomodadas construyen murallas y ponen alambres de púas electrificados para separar los barrios donde residen de las villas y los barrios humildes. Los muros de la vergüenza lo hemos tenido en San Isidro, en Villa Jardín o en el barrio la Cava, o en Capital Federal en Villa 31, para separarla de Recoleta y Palermo.

La multiplicación de los muros es un indicador de que el abismo que separa la clase capitalista de la población se hace cada vez más grande. Aquí tenemos la verdadera grieta.

Compartimos y hacemos nuestra la conclusión y la convocatoria de Galeano a derribar los muros. En otras palabras, a poner fin un régimen agotado. Hay que terminar con la organización social de explotación reinante y reconstruir las relaciones humanas sobre otras bases sociales, sin muros que nos separen. La rebelión que viene estremeciendo América Latina es una señal alentadora de este proceso.

 

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