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30 de diciembre de 2019

Altamira y una revisión de la concepción del partido

Altamira y una revisión de la concepción del partido

Daniel Peluffo

Una reciente publicación de "Altamira responde" presenta una llamativa revisión de la concepción histórica que el PO ha levantado sobre la necesidad de construir un partido revolucionario de la clase obrera. Interrogado sobre las perspectivas revolucionarias en Chile y Bolivia, Altamira contesta que "se han producido más revoluciones sin que las dirija un partido que lo contrario". El enfoque elegido es curioso, porque para un revolucionario no se trata de verificar que se desencadenan situaciones revolucionarias, con o sin intervención de partidos, sino cuáles son las condiciones para lograr que triunfen y cómo trabajamos para construirlas. Las derrotas de las insurrecciones sin direcciones revolucionarias, que abundan, cuestan carísimo a las masas oprimidas.

El problema es otro: ¿qué clase social debe liderar esa revolución y con qué método? Atravesamos desde hace más de un siglo una época de guerras y revoluciones, que son la precondición objetiva de los desarrollos revolucionarios. El "fin de la historia" o la "estabilidad cíclica" de un capitalismo decadente fueron refutados en forma creciente por la crisis mundial y sus alcances cada vez más bárbaros -miseria, belicismo, descomposición social-. La contradicción insoportable entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales vigentes plantea hace mucho tiempo una etapa de revolución social. Sin embargo, ¿cuál es la tarea, en ese contexto, de los socialistas? Al reducir la revolución únicamente a su carácter "objetivo", Altamira muestra la desmoralización política que está detrás de su devenir rupturista, que no es más que el abandono de la tarea de construir el partido revolucionario. La involución de la lucha por construir un partido de combate a la de una secta propagandística es elevada al rango de teoría universal confirmada por la historia.

Refiriéndose al “febrero ruso” (el derrocamiento del zar en febrero de 1917), Altamira asegura que “triunfó una revolución que armó a los trabajadores y creó a los soviets, no ya sin el concurso de los principales partidos de izquierda, sino inclusive con directivas antagónicas. La revolución es un proceso histórico objetivo”. Para los marxistas, sin embargo, Febrero es nada sin Octubre; forman parte de un único proceso histórico. Definirla en forma abstracta como “triunfante” es un error: en Febrero la burguesía se apoderó del proceso, y el gobierno obrero solo llegó en Octubre como consecuencia de una intensa lucha de clases y partidos. Mencionar aisladamente Febrero es una celebración de las revoluciones expropiadas por la burguesía, algo que el propio Altamira se encargó de resaltar en numerosas oportunidades, refutando a su versión actual. La curiosa nueva teoría de Altamira no es más que una copia de los stalinistas y su ´revolución por etapas´, y más acá, de la versión morenista de la misma como ´revolución democrática´. Ambas tienen en común que contradicen el principio fundacional del trotskismo: que las tareas irresueltas que son propias de la revolución democrática en la etapa imperialista, sólo pueden efectivizarse con la revolución socialista que lleva a los trabajadores al poder. En Rusia esto se verificó en que la revolución de febrero no logró conquistar las tareas democráticas, empezando por la tierra para los campesinos. Al presentar como triunfante la revolución de febrero, Altamira tira al tacho de basura la teoría de la revolución permanente y el Programa de Transición.

La comparación con la revolución francesa que hace en el video de “Responde”, en nombre de que “su partido” (el jacobino) solo se formó “en el transcurso de la propia revolución” también es una metida de pata. Mezclando revoluciones protagonizadas por otras clases sociales, se oscurece el carácter específico que adquiere la proletaria, cuando la distinción histórica entre una y otra es fundamental. La burguesía protagoniza sus propias revoluciones cuando ya se había constituido como clase explotadora y hasta cierto punto como clase dirigente. En la mayor parte de los países, incluso, se hizo del Estado sin pasar por revoluciones equivalentes a las de Francia en el siglo XVIII o Inglaterra en el siglo XVII -Argentina, por ejemplo-. No sucede eso con el proletariado, que es la clase desposeída bajo el capitalismo, por lo que la conquista del poder propio solo es posible mediante revoluciones que plantean la tarea de la destrucción del aparato del Estado de la clase capitalista. Además, la peculiaridad de la revolución proletaria respecto de todas las revoluciones previas es que el interés “particular” de la clase obrera se funde en un solo propósito con el universal -la eliminación de la opresión de clase y no el reemplazo de una por otra -. Precisamente, la célebre “Circular de 1850” establece el balance de Marx respecto del ciclo de revoluciones inmediatamente anterior: el proletariado debe organizarse en un partido independiente para luchar por “la revolución permanente”. Es decir, no alcanza simplemente con que se desaten revoluciones “objetivas”. Para definir su desarrollo posterior, la constitución de un partido propio es ineludible. Llamativamente, el Altamira de 2019 soslaya este aspecto fundacional del marxismo y también del PO, incluso en polémica con otros grupos de izquierda.

Lejos de este enfoque unilateral, el libro La revolución rusa en el siglo XXI, una publicación del PO del año 2007 que cuenta entre sus autores al propio Altamira, afirmaba que "mientras el Soviet de 1905 fue un fenomenal factor de impulso a la revolución, el de febrero de 1917 debuta como un factor de contención revolucionaria y de expropiación política de los trabajadores. Las formas de organización propias de las masas, incluso las más revolucionarias, como el soviet, no alcanzan por sí mismas para determinar la independencia política de la clase obrera; para eso hay que tener en cuenta su estrategia y el programa, por medio de la lucha de partidos" (página 69).

Por otro lado, el destaque que Altamira realiza en su video actual sobre el contraste entre la orientación del partido bolchevique y la acción de las masas en Febrero constituye una amputación interesada. Parte de un hecho históricamente cierto: las masas actuaron por delante de los partidos de izquierda en Febrero, que fueron a la rastra de los acontecimientos, incluso el bolchevique. Sin embargo, esta presentación parcial es un culto al espontaneísmo; en el libro citado, se encuentra un análisis distinto. “¿Puede entenderse la revolución de febrero como un acto ‘espontáneo’? No fue convocada por el Partido Bolchevique ni por ningún otro. Pero miles de obreras no abandonan el trabajo, levantan otros gremios, controlan el transporte y fracturan al ejército ‘espontáneamente’. Fueron el detonante de la furia popular por la debacle de la guerra, los muertos y el hambre. Pudieron serlo por el intenso trabajo de politización y organización que, desde el comienzo de la guerra, encararon las mujeres bolcheviques y del Comité Interdistrital sobre la parte más plebeya y ‘atrasada’ de la clase obrera. Y por la capacidad de las trabajadoras de procesar vertiginosamente esa experiencia" (página 59).

Trotsky dedicó un capítulo entero de su Historia de la Revolución Rusa a desmentir los balances espontaneístas de la Revolución de Febrero. Concluía planteando: “A la pregunta formulada más arriba: ¿Quién dirigió la insurrección de Febrero?, podemos, pues, contestar de un modo harto claro y definido: los obreros conscientes, templados y educados principalmente por el partido de Lenin. Y dicho esto, no tenemos más remedio que añadir: este caudillaje, que bastó para asegurar el triunfo de la insurrección, no bastó, en cambio, para poner inmediatamente la dirección del movimiento revolucionario en manos de la vanguardia proletaria.” (León Trotsky, “¿Quién dirigió la insurrección de febrero?”, en Historia de la Revolución Rusa)

En el 2001 Jorge Altamira discutió, en esta línea, contra los que hacían un balance espontaneísta de la jornadas del 19 y 20 de diciembre, que llegaron mucho menos lejos en términos de la organización de un poder propio de la clase obrera que el febrero ruso: “El punto de vista más vulgar define a la ´espontaneidad´ como a las acciones de masas que no aparecen inspiradas o impulsadas por una dirección política reconocida. Detrás del halo anarquista o libertario de este enfoque, se esconde el más crudo stalinismo, esto porque, de un lado, iguala a la acción conciente con la presencia determinante de un aparato, y, del otro, identifica a la acción creativa de las multitudes y de las masas (creativa, porque, por ejemplo, derrota a un estado de sitio y derroca a un gobierno) como un fenómeno que carece de un cuadro de ideas y no está precedido por una reflexión política. Es muy claro que los autores de la ´espontaneidad´ pretenden idolatrar a las masas para mejor explotarlas políticamente, y en realidad no hacen otra cosa que denigrarlas.” (“La ‘espontaneidad’ de las masas”, Jorge Altamira, Prensa Obrera, 27/12/2001).

Es significativo que, a pesar de que la pregunta “disparadora” refería a Chile y Bolivia, no haya mención alguna a lo que ocurre concretamente en esos países. Evidentemente, Altamira quiso esbozar una “teoría” general que manifiesta inmediatamente su defecto insalvable de dejar fuera a la lucha política, la construcción del partido como tarea y su rol como catalizador de la maduración y acción de las masas. Para el Partido Obrero, uno de los desafíos que plantea el desenvolvimiento concreto de las rebeliones en curso es avanzar en la independencia política de la clase obrera con un carácter organizado. En ese sentido apuntó el discurso de Gabriel Solano en nuestro picnic: “esta vitalidad del pueblo chileno también muestra la carencia de un partido que actúe como vanguardia de los explotados, ante el pacto del Partido Comunista y la centroizquierda con el gobierno; por eso hacemos un esfuerzo para colaborar en la formación de un partido obrero en Chile”. Esta tarea fue cuestionada con hostilidad en la publicación que dirige Altamira. A la luz de la “teoría” esbozada en el video de marras, podemos observar una correspondencia. El contraste es muy notable con lo que Altamira decía, por ejemplo, en 2003, respecto de la rebelión boliviana: “(...) Nadie en Bolivia discutió este problema de la organización del derrocamiento y de la toma del poder, y ésta es una de las conclusiones políticas más relevantes (...) La toma del poder es una tarea concreta, no es un resultado derivado, automático o espontáneo, de otras tareas (...) Para que en circunstancias de este tipo las cosas se faciliten se requiere de un partido político de la clase obrera.” (en “La estrategia política a la luz de la rebelión del pueblo boliviano", En defensa del marxismo, número 32, 2003).

La cuestión del partido debe verse en toda su amplitud, tanto desde el punto de vista teórico como político. Por su heterogeneidad, que es el resultado de las distintas posiciones que ocupa en el proceso productivo y también de diferentes experiencias, la clase obrera no alcanza una homogeneidad política de modo abierto, sino por medio de la formación de su propio partido. Este, a diferencia de un sindicato, se estructura sobre la base de un programa definido. De ahí la conclusión fundante en el PO de que el partido es el programa. Pero esta afirmación, tomada estrechamente, es unilateral y por lo tanto incorrecta. Es que el partido es el programa, pero no se limita a ello. Un partido debe organizar a lo mejor de su clase, formar cuadros, conquistar posiciones dirigentes en las organizaciones populares, templarse en todo tipo de luchas, desde la parlamentaria y sindical hasta la acción clandestina y la lucha armada. El partido es el programa, pero el programa debe cobrar forma organizada en un partido. Quien se queda en la primera parte del axioma está condenado a vegetar como una secta de propaganda. Aunque estas sectas pudieron jugar un papel progresivo en las fases iniciales del movimiento obrero, ahora son la expresión de un proceso de descomposición y desmoralización, fruto del peso de las derrotas. En el fondo, como ya lo hemos señalado en varios artículos, este proceso de desmoralización explica la deriva descompuesta de Altamira y su grupo.

¿Cómo explicar semejante retroceso político? Nuevamente, se ponen en evidencia las consecuencias negativas de desarrollar una orientación en base a motivaciones de secta. Es lo que condiciona sus análisis desde hace demasiado tiempo, lo cual se manifiesta en la celebración de una ruptura sin principios (si construir un partido no es tan importante, qué importa fracturarlo). La cruzada faccional contra el PO no tiene por objeto retomar (“recuperar” en su jerga) la construcción de un partido revolucionario, sino todo lo contrario: obstaculizarla y así justificar una acción propagandística que esconda la desmoralización de quienes dirigen el grupo. Además, una propaganda orientada con independencia de la subjetividad de las masas culmina en la esterilidad -y en mala propaganda-. La condena de cualquier actividad centralizada como “estalinista” se ha tornado casi una definición de principios.

Finalmente, advertir la contradicción dramática entre las condiciones objetivas para rebeliones y revoluciones -que desbordan- y las subjetivas están lejos de ser una originalidad del PO. El Programa de transición ubica la crisis de la humanidad como la crisis de la dirección proletaria, que no es otra cosa que la crisis de sus organizaciones y partidos. Si Trotsky hubiera razonado como el Altamira de 2019, no podría haber escrito “La revolución española y la táctica de los comunistas”, donde había una preocupación obsesiva por las famosas tres condiciones indispensables para el triunfo de la revolución: “el partido, el partido y el partido”. El líder del Ejército Rojo era claro en ese texto: "Las masas populares, antes de que puedan conquistar el poder, deben agruparse alrededor de un partido proletario dirigente". Es un método contrapuesto con el de limitarse al carácter “objetivo” de las revoluciones, independientemente de qué clase social las dirija, con qué métodos y con qué alcances. Este desbarranque tampoco es nuevo en el trotskismo. El pablismo y en su versión más grotesca el posadismo, tributaron en la concepción de que los tiempos históricos de la construcción de partidos revolucionarios estaban agotados y había que valerse de las organizaciones políticas disponibles, sean los movimientos nacionalistas, de centroizquierda o estalinistas. La experiencia histórica ha refutado ampliamente estas tesis porque esos movimientos, incluido el estalinismo, han conducido sistemáticamente al retorno de la reacción política por medio de la derrota de las masas, incluido el mayor de los golpes: la restauración capitalista. Nunca está de más recordar que el propio Trotsky planteó la necesidad de construir un partido internacional -la IV- frente a la deriva contrarrevolucionaria de la burocracia; es decir, que su necesidad no solo se vinculaba a la lucha por derribar al poder capitalista sino también a la revolución política en los estados obreros degenerados.

La tarea histórica de construir un partido internacional de la clase obrera, cuya estrategia sea la dictadura proletaria y el socialismo sigue plenamente vigente, y se confirma todo el tiempo, como ilustran los procesos de rebeliones populares de este período histórico, en el mundo y en América Latina. Estamos convencidos de que el partido deberá surgir de la propia experiencia de la vanguardia obrera que intervenga en ella -lo contrario de la autoproclamación-. Pero si nadie plantea la tarea, nadie la hará. No es “objetiva”. Con ese método desarrollamos la campaña por una conferencia latinoamericana, para discutir concretamente con los protagonistas de las rebeliones populares en curso y avanzar nuevos pasos en este desafío inconcluso.

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