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12 de marzo de 2020

Los alcances de la crisis petrolera mundial

Con el anuncio de Arabia Saudita de que extenderá 2,5 millones de barriles su oferta de petróleo en el mercado mundial (un total de 13 millones diarios), la crisis petrolera pega un nuevo salto. Arabia Saudita fue el principal defensor de los cupos de producción para mantener el precio. Pero, fracasada esta tentativa, pegó un viraje a la venta masiva de barriles a precio de dumping para copar porciones del mercado. En este terreno opera con la ventaja de ser el primer exportador mundial y tener enormes reservas acumuladas.

Con el dumping masivo, Arabia Saudita apunta por un lado a contrapesar la baja de ingresos que sufrirá por la caída de los precios, y por otro -y fundamentalmente- a golpear a Rusia, que se opuso a un nuevo acuerdo de reducción de la producción para nivelar los precios. La decisión rusa de terminar con las regulaciones apunta esencialmente contra Estados Unidos,  que desarrolló una amplia producción de petróleo no convencional (petróleo de esquisto, similar al fracking de Vaca Muerta) cuyos costos son mayores, no compatibles con los bajos precios actuales del barril.

Por su parte, Rusia se vale de que la baja de los precios del petróleo devalúa el rublo para conquistar posiciones en el marco de la guerra comercial, y respondió al anuncio de Arabia Saudita retrucando que también aumentaría su producción. De esta forma, la escalada profundiza la sobreoferta mundial en un mercado con una demanda en retracción por el coronavirus y los síntomas de recesión mundial.

La guerra a tres bandas entre Arabia Saudita, Rusia y Estados Unidos es una nueva manifestación de la guerra comercial global. En EEUU, que se ha transformado en un país exportador de petróleo, la crisis impacta a dos bandas: con la caída de acciones vinculadas de una u otra forma al mercado energético, y golpeando a la extracción no convencional, que ya amenaza con restringir inversiones y con cierres. En la Argentina, en menor escala, ocurre lo mismo con Vaca Muerta.

Pero la crisis va a golpear especialmente a los países petroleros clásicos. Arabia Saudita, por ejemplo, se estima que necesita un barril a 83 dólares para sostener el equilibrio fiscal. Irán, a su vez, necesitaría un precio internacional de 195 dólares, en una economía ya afectada por las sanciones norteamericanas. En Irak la caída será un nuevo factor de desestabilización, en el marco de intensas luchas contra el régimen emergido de la intervención militar yanqui. En África la crisis petrolera golpea a Angola, Argelia y Nigeria; en el caso de Angola agravará la crisis de deuda frente a la cual negocia renovaciones sucesivas de los acuerdos con el FMI.

En América Latina la caída del precio del petróleo será un nuevo golpe al régimen de Nicolás Maduro, que intenta salir a flote mediante una política de privatización de activos y campos de producción petroleros. En Ecuador, donde el naftazo provocó en 2019 un levantamiento popular enorme, golpea al presupuesto, que además está dolarizado y depende directamente del financiamiento externo o del recorte de gastos. Ecuador también es un país intervenido por un préstamo del FMI, con previsiones presupuestarias basadas en un barril de petróleo a 50 dólares.

En todo el mundo, los gobiernos patronales apuntarán a descargar la crisis petrolera en forma de ajustes fiscales generalizados y también, paradójicamente, naftazos para adaptar los precios internos a los internacionales y equilibrar así las pérdidas de las petroleras, que a su turno se las cobrarán a los trabajadores con despidos y flexibilización laboral. En la Argentina las petroleras exigen un “barril criollo” por encima del precio internacional, para blindarse. Estas medidas son un caldo de cultivo para nuevos levantamientos populares.

 

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