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19 de marzo de 2020 | #1585

Bajo la amenaza de una depresión mundial

El coronavirus y el fantasma de la crisis del ’29 recorren el planeta

El derrumbe de las bolsas no se ha detenido. La semana arrancó con un nuevo lunes negro. Wall Street perdió en una jornada más del 12% superando el lunes y jueves negro de la semana pasada. Este colapso de la bolsa neoyorquina sólo es superado por el 17 de octubre de 1987, en que sufrió un desplome del 22%. De todos modos, si sumamos todas la caídas, el retroceso supera holgadamente esta cifra. Con los datos del lunes, el Dow Jones está acumulando un pérdida del 45%. El corona crash, como ha sido bautizado, que golpeó a los mercados desde fines de febrero y se profundizó este mes, no dejó a ninguna bolsa del mundo indemne. Caídas similares a Wall Street se constatan en las bolsas europeas, asiáticas y aún son más pronunciadas en los países emergentes. 

Las pérdidas derivadas de este derrumbe ya superan los 30 billones de dólares. Para tener una exacta dimensión de la cifra, se trata del equivalente a un PBI y medio de Estados Unidos. 

El desplome bursátil se produjo a pesar de ambiciosos planes de estímulo monetario de los bancos centrales del mundo, empezando por la Reserva Federal de Estados Unidos (FED), que bajó su tasa de referencia a cero. 

Pero las dimensiones de las medidas, paradójicamente, terminaron por acelerar el desplome. Lo “mercados” leyeron que el movimiento desesperado de la FED y de los bancos centrales confirmaba lo peor: que la economía mundial podría sufrir una sensible contracción. Precisamente, el dato distintivo es que la crisis mundial capitalista ingresa en una nueva etapa. La debacle financiera actual no sólo nos remite a la crisis de 2008, con el colapso de Lehman Brothers sino que va más lejos: hay que remontarse a la crisis del ’29 -o sea, a una depresión. Lo que está en juego es la quiebra de sectores importantes del capital, cuya sobrevivencia se ha vuelto insostenible en el tiempo. Una dimensión la da el nivel de las deudas corporativas que ascienden solo en Estados Unidos a la friolera de 16 billones de dólares -es decir, al 75% del PBI norteamericano. Esto se replica en las principales potencias capitalistas. “De las grandes empresas, las más comprometidas por su nivel de deuda son las del sector automotriz, de hotelería y del transporte, industrias a las que el virus les pega de lleno” (La Nación, 18/3). Son las llamadas empresas “zombis” que solo sobreviven mediante más deudas que representan más del 16% de las empresas norteamericanas y el 10% de las empresas europeas. Ellas pueden ser el vehículo hacia la depresión mediante una cadena de quiebras.

Detonante

El coronavirus no ha creado la crisis sino que ha oficiado como un detonante y acelerador de una crisis previa que ya estaba en pleno desarrollo. La economía mundial avanzaba a una recesión, con niveles nulos de crecimiento en Europa y Japón, una pronunciada desaceleración en China y un desinfle en la economía yanqui. El boom bursátil previo al actual estallido no se compadecía con esta pendiente negativa de la economía real. Estábamos frente a una valorización accionaria ficticia, en momentos que se acentuaban los magros desempeños de las empresas, con pobres resultados o pérdidas.

De modo tal que quienes plantean una crisis “pasajera” vinculada al coronavirus equivocan el diagnóstico. 

La economía mundial se venía sosteniendo con un endeudamiento sin precedentes. El FMI estima que la deuda global, tanto pública como privada es de 235% del PBI, aunque hay estimaciones muy superiores. Si un nivel de esas dimensiones no ha sido suficiente para evitar la actual anemia de la economía, no hay ningún motivo para pensar que este nuevo plan de estímulos sea diferente. Es cierto que las cifras anunciadas dejan muy atrás los auxilios pactados tras la gran crisis de 2008 pero es necesario tener presente que los Estados se encuentran en una situación muchísimo más precaria y delicada financieramente. Este hecho es un dato distintivo de la coyuntura actual respecto de 2008. Hoy se debe apagar el incendio con medios que ya están baqueteados. El recurso de la emisión al que echarían mano la FED o el Banco Central Europeo (BCE) es un arma de doble filo y puede terminar aumentando los brutales desequilibrios ya reinantes en la economía mundial. Un debilitamiento del dólar o el euro podría acelerar un abandono masivo de dichas monedas y un refugio hacia el oro u otros activos seguros y provocar un descalabro del comercio y las relaciones económicas internacionales.

Como telón de fondo está la crisis de sobreproducción y sobreacumulación de capitales que se extiende a todas las esferas de la actividad económica, empezando por la industria. Las tendencias deflacionarias hoy reinantes expresan la declinación en los niveles de rentabilidad. Esta tendencia a la caída de la tasa de ganancia está en la base de la huelga de inversiones que se encuentran en un punto muy bajo, que ni siquiera es suficiente para compensar la depreciación de las maquinarias y la infraestructura. El capital no encuentra una explotación redituable en el ámbito de la producción lo cual pone un freno al proceso de acumulación capitalista.

El Estado no es un ente al margen de la organización social capitalista, está condicionado por ella y por lo tanto, no se sustrae a su crisis. En el lapso transcurrido en estos doce años, desde Lehman  Brothers hasta ahora, hemos pasado de la crisis del capital a la crisis soberana. De ser una de las cartas para atenuar la crisis, la injerencia de los Estados, ha terminado siendo un factor de su agravamiento. De modo tal que el rescate actual está lejos de de poder revertir el gigantesco impasse capitalista, sus tendencias de fondo y el ingreso de la economía mundial a una depresión lo que plantea un escenario de quiebras de sectores importantes del capital. 

Con más razón, si tenemos presente el cuadro de guerra comercial. A diferencia de 2008 prevalece una total ausencia de coordinación frente al colapso actual. La sintonía que exhibía el G20 ha sido reemplazada por las decisiones unilaterales que adoptan las potencias. La Unión Europea ha salido con los tapones de punta frente al anuncio de Trump sin consulta de suspender los vuelos a Europa, y a renglón seguido Europa ha adoptado idéntico temperamento. Los propios países del viejo continente actúan por cuerda separada, olvidando su pertenencia a una asociación común. La cuestión es incluso más explosiva que en Estados Unidos porque el euro bloquea la emisión por parte de cada Estado nacional. Alemania pone palos en la rueda al auxilio económico a Italia y España, y crecen las barreras entre las naciones de la UE para circular libremente. Una inyección monetaria como la que se plantea la Reserva Federal y el BCE echan leña al fuego a las tendencias devaluatorias en cada una de las metrópolis y economías del mundo y, por lo tanto, acentúa un escenario de guerras monetarias que ya se viene abriendo paso. 

Lo que se viene

Ingresamos, por los tanto en una nueva etapa de la crisis mundial, que transita a una depresión. Por lo pronto, ya se habla de que este trimestre tendrá un tasa negativa de crecimiento. Esto pone sobre el tapete quién paga la crisis y coloca a la orden del día una batalla de la clase obrera por un programa de defensa de sus condiciones de vida a escala global: prohibición de despidos y suspensiones, subsidio al desocupado y licencias pagas, reparto de las horas de trabajo sin afectar al salario. Los antagonismos de clase se ven todavía más nítidamente con la pandemia. La burguesía mundialmente viene planteando subsidios y la defensa de sus beneficios mientras pretende descargar el peso del actual flagelo sobre las masas. Es necesario invertir la fórmula, colocando en primer lugar las necesidades sociales y el interés popular. Más que nunca los trabajadores deben intervenir y no dejar en manos de las patronales y del Estado capitalista el manejo del tema. Y por lo tanto, el control obrero en todos los lugares de trabajo y producción para asegurar las normas de higiene y el cumplimiento de los protocolos de prevención contra la pandemia.

El cuadro de recesión que se potenció con el coronavirus acelera la amenaza de cierres de empresas y despidos masivos. Frente este escenario, es necesaria una respuesta común de los trabajadores exigiendo la nacionalización de toda empresa que cierre o despida y su puesta en funcionamiento bajo control de los trabajadores. 

En este contexto, no hay que descartar que el propio Estado sea el que promueva la nacionalización de algunas empresas, sectores de la economía y la banca y hasta el propio sistema financiero. No se nos escapa que una intervención de esta naturaleza sería una medida extrema y excepcional de salvataje del capital. Pero, al mismo tiempo, esto va a hacer más visible que la resolución de la crisis es de carácter político y está concentrada en el Estado. La crisis capitalista que ha pegado un nuevo salto pone agudamente sobre el tapete la necesidad de una planificación de conjunto de los recursos y el uso y el destino que se da a los mismos -o sea, la cuestión del poder. Porque la intervención, los sorpresivos “estatismos” capitalistas, serán para rescatar al capital quebrado a expensas de las masas.
 

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