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23 de marzo de 2020

Educación privada: presión del Estado y las empresas para flexibilizar los ritmos de trabajo

Por Gabriel Burgos Vega
Consejo directivo de Ademys y delegado de escuela privada.

Tras decretar la emergencia sanitaria, el gobierno nacional dispuso la suspensión de clases presenciales y la implementación de la modalidad de educación a distancia. Rápidamente las iniciativas tuvieron portales y nombre de ocasión (#SeguimosEducando a nivel nacional y #MiEscuelaEnCasa para la Ciudad de Buenos Aires). De un momento a otro, los docentes tuvieron que elaborar propuestas a distancia sin contar con los recursos ni el tiempo necesario. En este cuadro, mientras algunas escuelas, sus estudiantes y los hogares no cuentan con computadoras o acceso a Internet hay instituciones que establecen de manera obligatoria el uso de plataformas digitales que aceleran los ritmos de trabajo.

¿Qué pasa en las escuelas privadas?

La falta de estabilidad de los trabajadores del sector privado provoca que la precarización sea mayor y que la modificación de las condiciones de trabajo de manera unilateral por las patronales se abra paso. Así se está introduciendo a los docentes en nuevas obligaciones que se traducen en un aumento de la dedicación y precarización.

De por sí la adaptación de los contenidos, más aún en las pocas horas que debió realizarse, a la modalidad a distancia resulta problemática. Los contenidos y repositorios puestos a disposición por el ministerio son desparejos y no siempre adecuados a los contenidos planificados. Las empresas educativas tienen la pretensión de que el trabajador se encuentre disponible continuamente. La presión de los directivos y de los propios estudiantes por obtener respuestas instantáneas a sus demandas es constante.

Asimismo, las plataformas han introducido un elemento nuevo de control, permiten la supervisión constante del trabajo docente. La vigilancia conlleva un ajuste continuo de la tarea docente a las exigencias de los directivos.

La inmediatez de las redes sociales se ha convertido en el pulso de nuestro ritmo de trabajo. No obstante, además de una intensificación del trabajo también hay una extensión de la jornada. No resulta menor que los requerimientos técnicos deban ser costeados por los propios docentes. El supuesto de que todos los docentes cuentan con el equipamiento adecuado omite la situación económica que atraviesan los trabajadores y la paritaria de miseria que han impuesto los gobiernos con la anuencia de las direcciones sindicales burocráticas.

Brecha digital

La crisis ha expuesto la famosa “brecha digital”. En los distritos de zona sur las escuelas no tienen manera de establecer un intercambio con los estudiantes y sus familias. Sencillamente porque no hay medios. Es un “como si”, agravado por el hecho de que la primer demanda de los estudiantes y la familia es una respuesta a la emergencia alimentaria que enfrentan. Así de crudo.

La famosa “secundaria 2030” o del futuro no es otra cosa que lo que están denunciando por estos días las y los profesores frente a la imposibilidad de conectar con las y los estudiantes. El verso de la ministra Soledad Acuña sobre la introducción de las nuevas tecnologías, para hacer pasar una reforma más anti-educativa, sale a la luz. No hay escuelas secundarias que puedan garantizar estos dispositivos, a pesar del esfuerzo y compromiso de la docencia que sí quiere mantener un vínculo solidario con la comunidad educativa.

Defendemos la libre organización de los trabajadores, rechazando los aumentos en los ritmos de trabajo, estableciendo vínculos de organización en cada escuela para frenar la presión patronal. El intento de instaurar, bajo la excusa de la cuarentena, un nuevo piso en la explotación y precarización debe ser rechazado mediante la organización de la docencia y los trabajadores en general.

 

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