fbnoscript
12 de mayo de 2020

Enfermería: 200 años a cargo de los cuidados de la salud

La historia de una profesión desprestigiada y marcada desde sus orígenes por el cumplimiento de los roles de cuidados históricamente ejercidos por las mujeres.
Por Pato Lourdes
Trabajadora del Hospital Zubizarreta

Este 12 de mayo, como todos los años, se conmemora el día de la enfermera en homenaje a Florence Nightingale (1820-1910), impulsora de los primeros grupos de enfermeras y del reconocimiento de la profesión. A 200 años de su nacimiento recuperamos el valor de una profesión destinada al cuidado de personas y en particular, en sus orígenes, con el objetivo de disminuir la mortalidad gracias a la implementación de medidas sanitarias como la higiene, la nutrición, el apoyo emocional y moral y la observación del paciente. Esos objetivos hoy cobran más vigencia que nunca en medio una pandemia que nos coloca como trabajadoras a merced de un sistema de salud profundamente deteriorado, muchas veces sin las condiciones necesarias para poder llevar adelante nuestra tarea.  

Sin dejar de reconocer su labor, también es necesario aclarar que Nightingale se opuso rotundamente a apoyar la existencia de mujeres médicas. Debemos tener en cuenta que esas ideas eran acordes a su época. Desde la revolución industrial y el ascenso del capitalismo, se va conformando la ciencia médica como profesión y todas las prácticas informales, muchas de ellas ejercidas por mujeres, fueron crecientemente condenadas. Las enfermeras fueron destinadas a asistir a los médicos varones  extendiendo las tareas del cuidado del hogar al hospital, sólo ocupándose de la curación y vendaje de heridas, alimentación de enfermos, partería y cuidado de niños y leprosos.

Pero ese no había sido siempre el lugar destinado a la mujer. En la mayor parte de la historia de la humanidad las mujeres ocupamos un lugar destacado en la curación y cuidado de personas enfermas. En las sociedades precapitalistas comunales se destacaron en la recolección primero y luego la agricultura descubriendo los beneficios de las plantas medicinales y aplicando los tratamientos. Antes del surgimiento del paradigma científico, las enfermedades se asociaban a factores sobrenaturales y con el surgimiento de las primeras sociedades de clase y las formaciones estatales hace alrededor de 5000 años, el rol destacado de la mujer en el conocimiento de la salud fue usurpado por los sacerdotes que tendieron a monopolizar esos saberes y su administración. En el antiguo Egipto, por ejemplo, los hombres de la clase dominante realizaban prácticas sanitarias combinando el hipnotismo y la astrología y habían dejado relegadas a ciertas mujeres los cuidados enfermeros y la obstetricia. En la Grecia antigua sucedió algo similar: se le dio a la curación un carácter religioso y las mujeres, excepto algunas sacerdotisas, quedaron relegadas solo al cuidado del hogar. Solo las “mujeres cuidadoras” podían realizar las labores de enfermería mientras cuidaban niños, enfermos, esclavos y eran parteras. Eso mismo se llevó adelante en el Imperio Romano, con un desarrollo de la medicina mayor, pero las mujeres continuaron bajo el mismo trabajo: cuidado de niños y partos. 

Con la ruralización del feudalismo, las mujeres campesinas, que participaban activamente de la vida productiva agrícola, retomaron muchos de las prácticas de curación con plantas. Pero con la creciente centralización estatal y la transición abierta al capitalismo la Inquisición católica jugó un rol importante en la persecución y condena del peligroso poder las mujeres en las conocidas quemas de brujas que acompañaron las represiones a las revueltas campesinas. La enfermería se convirtió en una “vocación religiosa” con altas dosis de reclusión, autosacrificio y obediencia. La medicina se realizaba en monasterios, donde se dividió la atención de hombres y mujeres. Las monjas, por supuesto, atendían a las mujeres y sus partos. Aquellas que se animaron a estudiar anatomía del cuerpo humano, fueron censuradas por la Iglesia y acusadas de ser poseídas por espíritus malignos. Las diaconisas y monjas podían realizar ciertos cuidados, pero nunca bajo los mismos derechos sacramentales que los diáconos. Las órdenes de enfermería también se desarrollaron al calor de las conquistas. Primero en las cruzadas y luego en América con el fin de evangelizar, por ejemplo en la Orden de los Franciscanos. La lucha entre católicos y protestantes en Europa llevó a suprimir las órdenes religiosas de enfermería. Las tareas se siguieron ejerciendo sin formación alguna y en condiciones paupérrimas. Como la enfermería se consideraba una ocupación religiosa, cualquier avance en el conocimiento científico sobre el cuerpo humano y las condiciones materiales para la sanación eran considerados innecesarios, por lo que la profesión sufrió un gran estancamiento. 

La historia del devenir de la profesión hasta su reconocimiento es la historia de una práctica atravesada por la opresión de la mujer, el oscurantismo religioso y los vaivenes de interés bélicos de las clases dominantes. Durante el siglo XX, de la mano del imperialismo, las contiendas bélicas hicieron cada vez más importante la presencia de las enfermeras, no así su reconocimiento. Con el desarrollo de la medicina como ciencia bajo el capitalismo, la enfermería quedó reducida a la asistencia femenina de enfermos complementaria al trabajo del profesional médico, de allí la resistencia de Florence Nightingale a la existencia de mujeres médicas. El capitalismo ha extremado la explotación de la mujer en las tareas de cuidado y domésticas: el desarrollo de los inicios de la proletarización de la mujer se enmarcó en tender a continuar las tareas de cuidados y crianza domésticas de manera pública, preferentemente en tareas de maestra o enfermera.

Desde los comienzos de la profesión, las enfermeras han visto impedido su acceso a las decisiones y el ejercicio de la enfermería no supuso ninguna ruptura con sus roles tradicionales familiares. Las enfermeras no remuneradas fueron solo las mujeres, cuando realizaban el 99% de la atención enfermera. En los inicios del capitalismo se ideó un sistema de salud que cubría el cuidado de la población trabajadora con mujeres sin ningún reconocimiento ni pago, dentro y fuera del hogar. Muchas de ellas no veían un peso aunque estuvieran atendiendo en pleno campo de batalla. 

Los derechos laborales que hoy tienen las enfermeras fueron conquistadas sobre la base de luchas obreras. Pero aun así seguimos bajo el mismo yugo ya que a nivel mundial el 87% de las enfermeras son mujeres que no obtienen ni el reconocimiento ni la paga correspondiente. En Argentina, la enfermería no se contempla dentro de una carrera profesional, aunque se ha demostrado que ya no tiene solo como eje el cuidado, sino también participan centralmente en la cura de los enfermos. Hoy, el 80% de la atención de pacientes la realiza una enfermera y se han aumentado sus tareas de complejidad. Las enfermeras cobran un promedio de menos de $200 la hora módulo, debiendo tener más de un trabajo para poder llegar a un salario decente. Ni que hablar de las condiciones laborales en las que trabajan: sin elementos de protección personal, expuestas a enfermedades intrahospitalarias, a módulos y guardias agotadoras. En muchos casos sin baños ni duchas para poder higienizarse tras largos periodos de trabajo. Sin jardines maternales ni licencias correspondientes por cuidados de familiar enfermo, largos tratamientos o violencia de género. 

Mientras la OMS, declara el 2020 como el año de “La enfermería y partería” y pide específicamente el cuidado de este sector, siendo esta organización aliada de los principales países imperialistas, no garantiza la protección mínima para que se deje de morir e infectar el personal de la Salud debido a la pandemia del COVID -19. La gravedad de la situación hace necesario y urgente plantearse la nacionalización de los sistemas de salud. La historia de la enfermería desde los orígenes del capitalismo es la historia de la pérdida de las y los trabajadores en la gestión de su propia salud. Es por ello que debemos discutir quienes toman las decisiones en materia de política sanitaria y para quien se llevan adelante. Porque en un momento como este, en vez de discutirse cuánto y cómo se paga una deuda externa usuraria y fraudulenta deberíamos estar discutiendo como destinar todos los recursos económicos del país para salir adelante y enfrentar la pandemia. La nacionalización del sistema de salud tiene que poner en jaque además, el negocio privado de la salud y el oscurantismo de las clínicas privadas dependientes de las Iglesias que no llevan adelante siquiera métodos anticonceptivos ni ILEs.

Este año más que nunca, por el rol que juegan nuestras admiradas enfermeras, es necesario que las mujeres nos organicemos por nuestros derechos. Debemos organizarnos para enaltecer el trabajo del cuidado en la salud y que deje de ser un trabajo no reconocido y mal pago por asociarse a una vocación “tradicional” naturalizada en las mujeres como una extensión de las tareas familiares en el hogar. No es nuestro deber el cuidado, no debemos aceptar que el sistema nos coloque bajo el halo de la “vocación” y el “espíritu maternal y de cuidado”. Enfermería es un trabajo científico, responsable y que debe ser destacado y pagado como tal. 

Luchemos, enfermeras, porque somos un eslabón importantísimo dentro de un sistema que no nos quiere reconocer. 

Organicémonos. El mundo es de las que lo trabajan.

En esta nota:

Compartir

Comentarios