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14 de mayo de 2020

Santoro y el kirchnerismo insisten con el mito del desendeudamiento

El legislador porteño nos quiere vender un buzón y rechazó el debate. 

Una polémica en Twitter entre el legislador oficialista y asesor presidencial Leandro Santoro y nuestro compañero Gabriel Solano desempolvó un viejo debate que cobra actualidad al calor de la renegociación de la deuda.

Ocurre que Santoro, no sabemos si vendiéndonos un buzón o aferrado a un mito iniciático en el kirchnerismo, plantea que a lo largo de los gobiernos kirchneristas se vivió un floreciente proceso de desendeudamiento y que los gobiernos de Néstor y Cristina se limitaron a pagar deuda contraída por el menemismo y la Alianza. A pesar de que la mentira tiene patas cortas, esta en particular es repetida profusamente con el objetivo de confundir acerca de lo que verdaderamente ocurrió. Veamos.

Un poco de historia

La deuda defaulteada en 2001 fue reestructurada en el año 2005 por el gobierno de Kirchner con Alberto Fernández como jefe de gabinete y Lavagna como ministro de Economía. Que ambos hayan encarado la campaña presidencial del año pasado jactándose de haber sido parte de ese canje implicaba todo un mensaje a la burguesía planteándole la posibilidad de repetir ese negocio enorme a costa de los y las trabajadores de nuestro país.

La deuda pública “heredada” de parte de Cavallo en diciembre del 2001 era equivalente a 144.500 millones de dólares (84.600 millones de deuda externa y 59.900 millones de deuda interna), que se habían reducido a 114.000 millones en abril de 2002 por efecto de la devaluación. Sin embargo, a la hora del canje el gobierno argentino decidió reestructurar 81.800 millones de dólares con una primera aceptación del 76% de los acreedores sobre la base de una serie de arreglos extremadamente atractivos para los bonistas.

El canje implicaba que los nuevos bonos pagaran tasas de entre 10-11%, más de dos veces y media la tasa internacional en ese momento. Se les ofrecía a los bonistas también el famoso cupón PBI que implicaba que el país pagaría un extra si crecía más que el 2,3% respecto del año anterior. Kirchner firmaba entonces lo que sería una nueva reestructuración inviable para la economía argentina. La inviabilidad se prueba en que Argentina continuaría sobreendeudada y pagando tasas propias de un país en default durante todos los gobiernos kirchneristas. Tan es así que, al finalizar el mandato de CFK, la deuda pública según la Secretaría de Finanzas era de U$D 240.665 millones, incluso luego de haber pagado más de U$D 200.000 millones.

En el debate tuitero que motivó este artículo, Santoro planteó que el kirchnerismo no tomó nueva deuda y solo refinanció deuda que existía con anterioridad a su llegado al gobierno. Esto por supuesto es falso y alcanza con googlear para comprobar que no es así: solamente en el año 2014 se emitieron bonos por más de 3.200 millones de dólares a una tasa de interés promedio del 8,75% cuando países mucho menos desarrollados que Argentina pagaban menos de la mitad. Si todo es tan claro, ¿cómo es posible que Santoro y tantos otros se abracen al planteo del desendeudamiento?

Deuda externa vs deuda pública

Más allá de la tozudez del radical devenido en peronista, hay que reconocer que el kirchnerismo generó un relato que sumado a una manipulación hábil de cifras e índices puede confundir a más de un distraído. En primer lugar el argumento se basa en hablar exclusivamente de la deuda externa y no de la deuda pública, buscando esconder que a lo largo de los 12 años de gobierno se utilizaron a discreción los fondos de la Anses y del Banco Central de la República Argentina (BCRA) para pagar deuda externa y colocando donde había dólares bonos, promesas de dólares a futuro que incluso diez años después siguen siendo ilusorias, porque la deuda con la Anses es constantemente “reperfilada”.

Este es un punto central de toda la política kirchnerista respecto de la deuda externa y es el argumento que expuso Solano a la hora de contestarle a Santoro quien no tuvo otro recurso posible que la chicana, buscando vincular nuestros argumentos a los de la derecha, cuando son ellos quienes comparten con el macrismo la política de pagar la deuda externa sin chistar.

Cristina se autodenominó como “pagadora serial” sobre la base de haber cumplido con cada uno de los vencimientos de deuda externa, incluso cuando ello implicó reconocer tasas de interés siderales, deudas fraudulentas como las del Ciadi o el Club de París y fundamentalmente un vaciamiento de las reservas internacionales y de la caja de los jubilados que servían para enriquecer a los buitres al tiempo que el 70% de los jubilados cobraba un tercio de una canasta básica.

El kirchnerismo escondía, y sigue escondiendo, esta realidad convenciéndose de que la deuda con la Anses y con el Bcra (bajo la forma de letras intransferibles que ahora repite Alberto Fernández) era deuda “intra Estado” y que por lo tanto no cuenta como deuda. Los datos hablan por sí solos: al finalizar el mandato de CFK (siempre según la Secretaría de Finanzas) el 57,2% de la totalidad de la deuda pública argentina era con agencias del sector público. Se especuló con los fondos jubilatorios de los trabajadores y con el valor del peso que se veía devaluado regularmente a partir de la escasez de reservas en el Banco central.

Otra manipulación importante tiene que ver con qué era considerado deuda externa y qué no. Los K solo contaban como deuda externa aquella que estaba en manos de acreedores extranjeros, siendo que lo que corresponde es contar como tal a toda la deuda emitida en moneda extranjera, independientemente de en manos de quién esté. Esto producto de que el país no emite dólares sino que tiene que salir a buscarlos al extranjero, quedando completamente condicionado por la tasa de interés internacional como vimos unos años más adelante. Nuevamente los datos: a diciembre de 2015 el 69% de la deuda pública era en dólares.

Última: el índice deuda externa/PBI del que se valen los K es completamente ilusorio. No solo porque -como ya explicamos- se encontraba completamente desvirtuado el dato de la deuda externa, sino también por el lado del PBI, que se medía en función del tipo de cambio oficial cuando ese dólar oficial tenía una injerencia menor en la economía. La brecha era mayor al 60% y anticipaba una devaluación que reduciría el PBI que se mide en dólares en base a una producción en pesos. Tomar un dólar más barato implica un PBI más alto.

Se repite como farsa

Quince años después del canje que tanto Santoro como Alberto Fernández convocan con orgullo las pruebas del fracaso están a la vista: Argentina está nuevamente coqueteando con el default. La posibilidad –cierta- de evitarlo es una hipoteca hacia adelante y se conseguiría sobre la base de enormes concesiones al capital financiero. El gobierno se prepara para conceder nuevas exigencias de los fondos a una oferta original por demás benevolente con sus intereses.

En el pasado la operación de rescate a los acreedores fue un triunfo para ellos a costa del país que siguió pagando y cada vez más endeudado, con sus reservas saqueadas y la caja de los trabajadores inactivos vaciada. Las condiciones internacionales son claramente más desfavorables que en el pasado, los superávits gemelos de la época de Kirchner desaparecieron y la economía mundial se encuentra deprimida.

La única salida compatible con el desarrollo nacional pasa por desarrollar el desconocimiento de la deuda usuraria, la nacionalización la banca y el comercio exterior bajo control de los trabajadores. Santoro, que se niega a un debate, es decir a contraponer programas, le escapa a demostrar que las únicas salidas antagónicas a esta crisis son la de todas las variantes capitalistas y la de los trabajadores.

 

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