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19 de mayo de 2020

La vacuna contra el Covid-19, la guerra comercial y los monopolios farmacéuticos

Los anuncios del laboratorio Moderna y las pujas en el sector

La prolongación de la pandemia del coronavirus ha despertado una gran inquietud por el desarrollo de una vacuna. La noticia del laboratorio norteamericano Moderna sobre éxitos en sus primeros ensayos tuvo gran repercusión y disparó sus acciones. Sin embargo, el proceso será largo (los más optimistas no creen que haya resultados antes de fin de año) y tortuoso, dado que aparece cruzado por el parasitismo del capital y los choques entre las grandes potencias.

El laboratorio Sanofi, de origen francés, desató una gran reacción negativa cuando su director, Paul Hudson, afirmó que en caso de alcanzar la vacuna le daría prioridad a los Estados Unidos, dado que su gobierno aportó 30 millones de dólares a un proyecto que llevan a cabo con la británica Glaxo. La Unión Europea impulsó una demagógica campaña para considerar a la vacuna como un “bien público”, en tanto que el gobierno francés  llegó a decir que el asunto debía dejarse “fuera de las leyes del mercado” (La Nación, 15/5). El recule de Sanofi fue solo aparente. Uno de sus directores les recordó a los europeos que habrá vacunas para todos “si los europeos trabajan con la celeridad de los norteamericanos" (ídem).

Este episodio sirve para poner la lupa sobre el financiamiento de las investigaciones médicas. Los grandes monopolios se asocian a los Estados, o mejor dicho, recurren a éste para que financie la investigación en las etapas más riesgosas y sólo empiezan a invertir en la recta final, cuando el beneficio aparece asegurado (Euronews, 29/4). El multimillonario Bill Gates, que patrocina una fundación relacionada, reconoció este parasitismo al decir a una importante revista médica (la New England Journal Medicine) que “es necesario que los gobiernos pongan los fondos porque los productos para la pandemia son inversiones de muy alto riesgo; el financiamiento público minimizaría los riesgos para las empresas farmacéuticas y ayudaría a que se metieran en este tema con los dos pies”. Las vacunas pesan poco dentro de las cifras de negocios de las farmacéuticas: “apenas 35.000 millones de dólares sobre un total estimado en 1,2 billones de dólares anuales”  (La Nación, ídem). Solo cuatro de las 20 farmacéuticas más grandes tienen una unidad de investigación de vacunas (Euronews, ídem).

Sin embargo, estos monopolios patentan luego los descubrimientos y venden los productos a los Estados y a los consumidores a altos precios. La investigación de la Zolgensma (para la atrofia espinal), de Novartis, que se vende a 2 millones de dólares por pieza (se lo conoce como “el fármaco más caro del mundo”), fue financiada en su etapa preliminar por una fundación sin fines de lucro, que luego le vendió la patente a una pequeña empresa comprada por el laboratorio en cuestión (Euronews, ídem). Cabe agregar aquí que los grandes monopolios “dedican más dinero a adquirir pequeñas empresas que tienen medicamentos en fase de investigación avanzada que a investigaciones propias”, según una encuesta de la Radio y Televisión de Suiza (ídem).

Mientras estos monopolios hacen ganancias multimillonarias, las masas se ven privadas del acceso a medicamentos esenciales para su salud.

En lugar de una coordinación global para encontrar una vacuna, el capital nos ofrece una carrera entre los Estados y monopolios. Trump ha lanzado la “Operación Warp Speed” con el objetivo de hallar la vacuna para fin de año. Puso al frente de la misma a uno de los directores del laboratorio Moderna, Moncef Saloui, lo que ha despertado denuncias por un posible conflicto de intereses. En el Reino Unido, la Universidad de Oxford (que junto al Imperial College de Londres, recibió 47 millones de libras de financiación) arribó a un acuerdo de licencia con la farmacéutica AstraZeneca para la fabricación de la vacuna.

La cuestión de la vacuna contra el Covid-19 está provocando disputas entre los Estados. En la reunión virtual de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que tiene lugar este lunes y martes, la Unión Europea impulsaría algún tipo de patente libre, que posibilite que varias empresas y gobiernos puedan meterse en el tema, en tanto que Estados Unidos, Reino Unido y Suiza se opondrían a dicha posibilidad.

En medio de este escenario de choques, el gobierno norteamericano acusó a China de realizar espionaje para obtener información sobre la vacuna. Forma parte de la batería de ataques de Turmp, que habla del “virus chino” y acusó a la OMS de ser “una marioneta” de Beijing. Por eso, argumenta, evalúa dejar de aportar a dicho organismo. Es la continuidad de la guerra comercial y del agravamiento de las tensiones sino-norteamericanas en el cuadro de la pandemia.

China, por su lado, contragolpea desembolsando más fondos para la OMS y acelera su propia carrera para alcanzar la vacuna.

Así como las presiones empresarias para flexibilizar (o levantar) las cuarentenas muestran cómo el capital antepone sus negocios a la salud de la población, la cuestión de las vacunas muestra al capital como un bloqueo al desarrollo de la ciencia y la técnica.

Estas deben ser liberadas de ese corset, por el bien de la humanidad.

 

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