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17 de junio de 2020

A 102 años de la reforma universitaria: las tareas estratégicas del movimiento estudiantil

Unidad obrera-estudiantil para una transformación integral de fondo.

1917-1918 comienza la reforma

Hacia finales de 1917, en la ciudad de Córdoba, en el seno del movimiento estudiantil universitario comenzaban a manifestarse las bases de lo que, un año más adelante, se transformaría en uno de los acontecimientos políticos de mayor alcance en la historia de nuestro país, y de Latinoamérica en su conjunto: la Reforma Universitaria. Extraer las mayores y mejores conclusiones de ese imponente movimiento es un punto de apoyo insoslayable para la estrategia a adoptar por el movimiento estudiantil en la actualidad.

Los primeros en alzar su voz fueron los estudiantes de la Facultad de Ingeniería, contra el nuevo régimen de asistencia que atacaba de hecho las posibilidades de cursada. Sin embargo, las controversias más candentes fueron protagonizadas por los estudiantes de la de Medicina, quienes cuestionaban profundamente el régimen docente, y, por otro lado, rechazaban la supresión del internado para alumnos avanzados de la carrera en el Hospital de Clínicas (dependiente de la universidad). Las protestas estudiantiles combinaban críticas sobre el carácter científico del programa de las distintas carreras y sobre el tipo de gobierno universitario. Es decir, cuestionaban a fondo el funcionamiento político, teórico y práctico del régimen vigente, que era conservador hasta la médula, regido en gran parte por la Iglesia Católica.

Las autoridades de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) no dieron ningún tipo de respuesta satisfactoria a los reclamos estudiantiles. Esto profundizó la organización al interior del movimiento, con su detonante en 1918. A partir de marzo de ese año, se estableció el “comité pro Reforma” integrado por delegados de las distintas facultades, y llevó adelante importantes acciones callejeras. El movimiento creció y se fortaleció con el correr de las semanas y estableció una petición ante el Consejo Superior de la universidad. Nuevamente la petición es rechazada. La respuesta de los estudiantes no se hizo esperar: convocaron a la huelga y exigieron a las autoridades nacionales la intervención de la casa de estudios. El gobierno de Hipólito Yrigoyen responde positivamente e interviene la UNC, nombrando como interventor al entonces procurador general de la nación José Nicolás Matienzo. El movimiento estudiantil percibió esta señal como un triunfo, pero eso duró menos que un suspiro. La estrategia de los estudiantes para conquistar sus reivindicaciones y democratizar la universidad se fundó en esa etapa en realizar acuerdos con sectores profesorales de cara a las elecciones de autoridades. Los estudiantes y profesores reformistas impulsaron la candidatura de Enrique Martínez Paz, los conservadores la de Antonio Nores, mientras que un tercer grupo presentó la de Alejandro Centeno. Ninguno de los tres candidatos logra obtener la mayoría necesaria ni en primera ni en segunda vuelta; finalmente, en la tercera se impone, gracias a los votos provenientes al grupo de Martínez Paz, el candidato conservador Antonio Nores. El movimiento reformista es derrotado circunstancialmente. Esta derrota no causa un repliegue sino que los impulsa con más fuerza hacia adelante. Irrumpen en la asamblea y la desconocen por completo. Se cae a pedazos la “normalización” de la UNC. El movimiento estudiantil saca una valiosa conclusión: para conquistar transformaciones de fondo hace falta que el movimiento estudiantil tenga plenos derechos en el gobierno universitario y no tenerle ninguna confianza a las castas profesorales. La nueva consigna de ellos será: cogobierno universitario paritario entre estudiantes, profesores y graduados.

Presionado por el movimiento estudiantil, Yrigoyen dispone una nueva intervención en la UNC; el encargado es el ministro de Instrucción Pública, José Salinas. A partir de este revés político, las fuerzas conservadoras se repliegan y muchos de sus catedráticos renuncian a sus cargos; al igual que el rector Paz, quien no logra asumir. Ahora sí se abre paso la victoria de los reformistas: se redacta un nuevo estatuto donde el cogobierno es compartido por estudiantes, profesores y graduados; se conquista la asistencia voluntaria a los cursos y la docencia libre; se establece un importante programa de extensión universitaria; y se abre paso a programas de estudio que tienen como eje la teoría científica laicista, en oposición a la conservadora que tenia a los santos evangelios como material de cabecera. En octubre se celebran nuevamente las elecciones, siendo electo como rector el renovador Eliseo Soaje.

Cabe destacar con suma claridad que la rebelión universitaria coincide en el mismo plano que importantísimas huelgas del movimiento obrero cordobés, con combates callejeros contra las fuerzas represivas. Esta convergencia de luchas, que en los hechos ilustró la unión obrero-estudiantil, fue clave para la victoria del movimiento reformista.

Se extiende la reforma – divergencias entre las corrientes

La reforma cordobesa irradió al conjunto de las universidades nacionales, y también a las de Latinoamérica. Claramente, el proceso fue desigual en cada una de ellas. En la Universidad de Buenos Aires (UBA) muchos de las reivindicaciones programáticas conquistadas en la UNC ya regían desde 1906, por lo cual las nuevas transformaciones fueron llevadas adelante, incluso, por quienes venían dirigiendo la universidad, y no tuvieron los profundos combates que existieron en Córdoba. Por el contrario, en la Universidad de la Plata, el proceso reformista fue identificable desde el punto de vista de la confrontación, como el cordobés.

En términos generales, la aspiración de los reformistas era modernizar la universidad, romper con el dominio de la Iglesia y la oligarquía y ponerla a la altura de las universidades europeas. Siguiendo la historia de nuestro país, esta aspiración se puede inscribir en una corriente laicista de la burguesía que, bajo el gobierno de Roca, impuso la Ley 1.420, de educación pública y el matrimonio civil.

Aquel movimiento reformista albergó en su seno importantes debates entre las distintas tendencias que anidaban en él. A modo de balance podemos concluir que prevalecieron en aquel momento las posiciones de aquellos que separaban la transformación universitaria de la transformación social de conjunto del país. Es ilustrativo que el presidente de la Federación Universitaria Argentina (FUA) pos Reforma Universitaria planteara, en referencia al Congreso de la FUA, que “todo es ajeno a él, menos las cuestiones de pedagogía universitaria”. En otros países latinoamericanos, como Perú y Cuba, el movimiento adoptó posiciones de transformaciones integrales de la sociedad. En Cuba, con Antonio Mella a la cabeza, el movimiento se consideró revolucionario y bajo el liderazgo del proletariado. En el caso de Perú, de la mano del dirigente reformista Víctor Raúl Haya de la Torre se creó la Apra, de programa antiimperialista, que derivó en un movimiento nacionalista burgués, que tenía como eje el liderazgo de la juventud en los momentos de transformación histórica en las estructuras sociales y políticas latinoamericanas.

102 años después

En la actualidad, el movimiento universitario tiene por delante importantísimas luchas. La democratización de la universidad es una cuenta pendiente, al igual que la accesibilidad y permanencia en la misma de la clase obrera. Las universidades son gobernadas por camarillas profesorales, que conforman verdaderas castas enriquecidas a partir de trenzas con el Estado, la integración con empresas capitalistas, la precarización laboral (por ejemplo docentes ad-honoren) y un régimen expulsivo contra los estudiantes. En ese punto, el programa de la Reforma Universitaria ni siquiera logra materializarse en hechos concretos. El cogobierno es una verdadera impostura dominado por las camarillas, con los estudiantes relegados a un lugar de ínfima minoría.

Es pérfido que los distintos rectorados (radicales, peronistas, kirchneristas) y sus agrupaciones estudiantiles hagan gala de la reforma del 18 y se autodenominen herederos de aquella gesta. Sin el concurso de estas fuerzas, que representan los intereses del Estado capitalista, el ajuste que sufre la universidad pública no tendría manera de descargarse. Un importante articulo de Página 12, publicado el año pasado, da cuenta de manera precisa de la asfixia presupuestaria que la universidad se encuentra sometida. Según sus datos, del 2016 al 2019, el presupuesto disminuyó en un 72,5% de acuerdo a los índices inflacionarios. Pero si tomamos los índices del 2012 al 2015 nos encontramos con que, en aquel entonces, a la universidad solo se le destinaba el 0,83% del producto bruto interno, y del 2016 al 2019 se le destinó el 0,77%. El ajuste a la universidad publica es una cuestión de Estado; no hay “pesada herencia que valga”, porque todos los gobiernos la profundizan. Incluso, la pérdida con respecto a la inflación, tomando en cuenta el año 2020, supera ampliamente el acumulado que daba hasta el año pasado, ya que la universidad se encuentra funcionando con el presupuesto 2019 con un 50% de inflación encima, a la espera del acuerdo entre el gobierno con los bonistas usureros.

El desarrollo de la pandemia y la emergencia de la cuarentena obligatoria puso de manifiesto a la vista de todos las enormes dificultades que tienen los trabajadores o hijos de trabajadores para acceder y mantenerse en la universidad sin abandonar. La virtualidad se lleva por delante las cursadas, y ni el Estado ni los distintos rectores dan ninguna salida a los problemas estudiantiles. No hay acceso para el conjunto a computadoras e internet. No se solucionan los problemas más agraviantes, como lo es el no contar con un sustento económico diario: la beca Progresar es una miseria de $2.500 mensuales y las que otorgan las propias universidades son irrisorias; el seguro al parado por $30.000, que reclamamos desde la UJS y la juventud del Polo Obrero, es ignorado por el gobierno, y en su lugar improvisaron el IFE, con una suma de unos míseros $10.000, de la cual millones de jóvenes quedaron afuera. La precarización laboral afecta agudamente las posibilidades de cursada, no solo por los salarios bajísimos que percibimos quienes nos encontramos en esa condición, sino también por las extenuantes jornadas laborales, en muchos casos incompatibles con cualquier régimen de cursada. Las estudiantes que son madres encuentran obstáculos aun más grandes para poder cursar y recibirse; la mayoría de las universidades no cuentan con escuelas infantiles ni tampoco con centros de cuidados materno-paternales. El boleto estudiantil es insuficiente desde su monto, pero, además no alcanza al conjunto de los y las universitarias ni siquiera de la Provincia de Buenos Aires -donde se sancionó la ley-: es el caso de los estudiantes de la Universidad de General Sarmiento y de la de Mar del Plata, entre otras.

Entre las políticas del Banco Mundial y del FMI (organismo que Alberto Fernández intenta tener de aliado) figuran desde hace tiempo la privatización del sistema universitario, el acortamiento de las carreras de grado y el ensanchamiento de los títulos a partir de posgrados, maestrías o doctorados privados. Con ello se pretende extraerle aún más jugo al sistema universitario desde el punto de vista mercantil, y bajar el precio de la mano de obra a partir de descalificar los títulos, al darles menor alcance.

Unidad obrera-estudiantil para una transformación de fondo

Para poder defender la universidad pública, y a la vez emprender la lucha por su transformación de conjunto, el movimiento estudiantil debe saldar, a la luz de la actualidad, aquellos debates que atravesaron al movimiento reformista. Desde la UJS decimos claramente: no hay transformación universitaria sin transformación social, y para esta última se necesita la unidad programática de los estudiantes junto a la clase obrera, la única capaz de darle una salida histórica progresiva al drama que viven las masas.

Las corrientes estudiantiles ligadas al Estado (Franja Morada, JUP) postulan que los universitarios deben preocuparse estrictamente por problemas propios de la universidad, y que todo lo demás está por fuera de nuestro alcance. Ese discurso, de tintes apolíticos, esconde en verdad la integración de estas fuerzas al régimen político y su lucha por la supervivencia del mismo a costa de avanzar en la destrucción de la universidad y de nuestras condiciones de vida en general. Pero el movimiento estudiantil argentino tiene una importante tradición de lucha en sus espaldas: el Cordobazo, máximo hito de la unidad obrera-estudiantil en nuestro país, y en la historia más reciente el Argentinazo, cuya intervención hizo saltar por los aires a la dirección de la Franja Morada de la Federación Universitaria de Buenos Aires.

La lucha por una verdadera “reforma universitaria” es la lucha por la construcción junto a la clase obrera de una alternativa política propia, que invierta las prioridades, que ponga la universidad bajo la dirección de la clase mayoritaria, la que mueve al mundo, desarrolla la ciencia y la potencia humana, es decir, que abra paso a un gobierno de trabajadores. Esta es nuestra perspectiva histórica.

 

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