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18 de junio de 2020

Sin salud pública y salud mental no hay cuarentena

Por Hernán Scorofitz Psicoanalista. Profesional de la Salud Mental

Días atrás, el Conicet a través de su Centro de Estudio de Estado y Sociedad (Cedes) publicó en su página el resultado del informe Tiara, una investigación epidemiológica sobre el impacto psicosocial de la cuarentena durante su primera fase.

El relevamiento se realizó entre el 30 de marzo y el 12 de abril (durante el primer período de la cuarentena) y según el propio informe ya fue remitido al Ministerio de Salud de la Nación. Los datos publicados son verdaderamente preocupantes y todo haría suponer que, tratándose que el estudio se realizó en las primeras semanas del inicio de la cuarentena, algunos indicadores se habrían agravado al día de hoy.

Datos, no opinión

Sobre una muestra de más 30 mil casos en las 24 jurisdicciones, el 55 por ciento de la población encuestada reportaba una reducción de ingresos en su hogar, con predominancia en el género femenino y la juventud (siendo las mujeres el 55 por ciento).

En este cuadro, la investigación del Conicet también revela el padecimiento psíquico y malestar psicosocial diferenciado por clase, edad y género: puede leerse que “si bien el nivel de malestar psicológico en la población es alto, la diferencia por grupos es aún más determinante: el 52 por ciento de las mujeres se encuentran afectadas, mientras que solo el 29 por ciento de los hombres mostraron indicadores de malestar psicológico. En tanto, el 59 por ciento de la población con vulnerabilidad social se encuentra afectado, el 47 por ciento de quienes cuentan con obra social o prepaga reflejó malestar psicológico. A su vez, 62 por ciento de los jóvenes proporcionan respuestas compatibles con malestar psicológico, mientras que el 43 por ciento de las personas con 30 a 59 años se encuentran afectados”.

Silvina Arrossi, investigadora independiente del Conicet en el Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes) y una de las líderes de la investigación, destaca que “la epidemia y el impacto psicosocial atraviesa desigualdades de género preexistentes, que probablemente se potencien en esta situación” para agregar “de igual manera es posible pensar que la caracterización laboral más precaria ligada a los jóvenes puede influir en el malestar psicológico de esa población”.

Las conclusiones de los investigadores del Conicet dejan en evidencia que los sectores sociales con mayor impacto psicosocial por la cuarentena y la pandemia terminan siendo los jóvenes precarizados y desocupados, especialmente las mujeres.

A su vez, Diario Popular (7/6) hace mención también a una serie de indicadores epidemiológicos preocupantes en el mismo campo. A través de un artículo sobre una investigación realizada por el Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos (SAFyB), prácticamente en el mismo período relevado por el Conicet, revela que “8 de cada 10 argentinos se automedican y el 50 por ciento de la población toma los medicamentos de forma incorrecta y abusiva”. El titular del sindicato, Marcelo Peretta destaca que “es contundente la certeza de que ha crecido la automedicación en medio de la pandemia. Un problema fue la aparición de las recetas digitales, un sistema que debería monitorearse. Lo que observamos es mayor ansiedad en las personas, la inestabilidad emocional, la depresión, el insomnio y los dolores articulares o musculares”. Asimismo, según el artículo “el informe de SAFyB puso de manifiesto que, en etapa de aislamiento, el consumo de pricofármacos creció un 30%, los analgésicos y los antiinflamatorios subieron un 30%, y los productos para adelgazar despegaron un 11%.” (Diario Popular, 7/6).

Una Dirección Nacional de Salud Mental pintada al óleo

Desde el inicio de la cuarentena venimos advirtiendo en Prensa Obrera la necesidad de implementar dispositivos públicos psicosociales y comunitarios en las zonas de mayor vulnerabilidad social frente a los inevitables efectos en la vida psicosocial de las clases más explotadas por la precarización laboral, los bajos salarios, la desocupación y el hacinamiento. A partir del episodio sobre “la angustia” social surgido en una conferencia de prensa encabezada por el presidente Alberto Fernández, a más de dos meses de iniciada la cuarentena, también destacamos la falta de políticas de Estado en el campo de la Salud Mental y la inexistencia de cualquier relevamiento epidemiológico alguno.

El grado de desinterés por parte del gobierno nacional sobre las inevitables consecuencias de la cuarentena y la pandemia en la salud mental de la población ya es obsceno. La falta de profesionales de dicho campo en el grupo de asesores científicos de Alberto Fernández es una prueba de ello. A más de tres meses de iniciado el aislamiento obligatorio, no ha habido informes epidemiológicos ni lanzamiento alguno de medidas de emergencia y asistencia (especialmente en el área primaria y territorial) por parte de ningún organismo sanitario, empezando por la propia Dirección Nacional de Salud Mental del Ministerio de Salud de la Nación.

El verso de la “no estigmatización” del trastorno: una negación (y maniobra) de Estado

Frente a la ausencia en la escena nacional de funcionarios de la Dirección Nacional de Salud Mental (cuyo director, Hugo Barrionuevo, es un sanitarista del “riñón” de Ginés González García), la interna de camarillas al interior del propio Estado también dice presente. El área “camporista” ha tomado la posta a través de la Secretaría de Derechos Humanos y la Subsecretaría de Salud Mental de la Provincia de Buenos Aires. Días atrás, funcionarios de dichos organismos junto a la reconocida sanitarista en salud pública y salud mental, Alicia Stolkiner, realizaron vía zoom la charla “¿Se viene una pandemia de padecimiento mentales?” donde en nombre de “no estigmatizar con clasificaciones y trastornos en salud mental” la situación nacional bajo pandemia y cuarentena y contra las “epidemiologías médicas hegemónicas”, se lavan las manos olímpicamente sobre la falta de políticas y datos en el área.

Ocurre que los únicos datos hasta ahora publicados sobre el malestar psicosocial y la salud mental de la población por el impacto de la cuarentena y la pandemia son los del Observatorio de Psicología Social Aplicada (Facultad de Psicología UBA), el SAFyB y el Cedes del Conicet. De hecho, la propia Stolkiner (que también integra un equipo de asesores en salud mental del Ministerio de Salud de la Nación) sostuvo en la charla virtual la necesidad de “políticas y acciones de Estado que nos hagan sentir que estamos en red”, cosa que desde el inicio de la cuarentena y frente al agravamiento de la pandemia, hasta hoy, brillan por su ausencia, al igual que informes ministeriales.

Sin salud pública y salud mental no hay cuarentena

Como venimos planteando desde Prensa Obrera, nada más funcional a la derecha “anticuarentena” que el negacionismo y la falta de políticas y relevamientos en el campo de la salud mental en el malestar psicosocial, especialmente en los sectores más afectados que, como destaca la investigación del Conicet, es la juventud trabajadora precarizada y desocupada y las mujeres.

El “progresismo sanitarista” oficial pretende tapar el sol con la mano: mientras despotrica contra los “medios hegemónicos” el uso tendencioso de datos en el campo de la salud mental para atacar la cuarentena (lo cual es relativamente cierto), oculta la falta de datos oficiales, políticas y abordajes por parte del Estado en nombre de la “no estigmatización”. Ocurre que en un cuadro de derrumbe de la salud pública como el actual, una reorganización de los distintos efectores y dispositivos en salud mental en todos sus niveles, implicaría afectar grandes intereses capitalistas: esto es, la centralización del sistema de salud bajo gestión pública y estatal, la nacionalización de los laboratorios farmacéuticos y bioquímicos, un impuesto extraordinario a las grandes fortunas y la suspensión del pago de la deuda externa.

En las últimas semanas, el movimiento de desocupados -con el Polo Obrero a la cabeza- viene ganando las calles, con distanciamiento social y medidas preventivas, bajo la consigna “con hambre no hay cuarentena”. El Plenario Sindical Combativo, días atrás, siguió ese rumbo con el lema “Sin Salario, no hay Cuarentena”. Podemos agregar en la radiografía planteada, también, que “sin salud pública y salud mental, tampoco hay cuarentena”.

 

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