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20 de octubre de 2018

El fraude de Piero Anversa y el mercado de la ciencia

Se acaba a dar a conocer el retiro de 31 publicaciones avaladas por la Universidad de Harvard, dirigidas por el cardiólogo Piero Anversa, cuyo contenido afirma la posibilidad de regenerar tejido dañado del corazón por medio de la implementación de tratamientos con células madre.

Este hecho se ha convertido en un escándalo de la comunidad científica, que afecta a una de las universidades más prestigiosas del mundo, y que ha puesto de manifiesto ante la sociedad la viabilidad del falseamiento científico bajo el estímulo de los negocios y, en muchos casos, los intereses de los grupos de poder.

La investigación sobre células madres y sus propiedades debe ser al día de hoy uno de los terrenos de mayor especulación científica y de origen de profundas malinterpretaciones, muchas de ellas alentadas con propósitos económicos. Sin lugar a dudas implica un campo sobre el cual se han producido importantes avances en materia de Inmunohematología, tratamientos de cáncer e incluso en recientes resultados en vistas de erradicar el VIH que aún deben ser explorados en profundidad.

El móvil de tamaño fraude se explica por todo el negocio montado alrededor de la investigación médica y científica.  Así lo refleja la prensa: “Aunque otros laboratorios no pudieron reproducir sus hallazgos, el trabajo tuvo como consecuencia la aparición de compañías start up para desarrollar nuevos tratamientos para infartos y ataques cardíacos, e inspiraron un gigantesco ensayo clínico, financiado por el National Institutes of Health.” (Clarín 16/10). La validez o descrédito de las ideas de Anversa no tienen ningún valor ante un circuito mercantil cuya reproducción es la norma social: basta la afirmación de un profesional aislado, el aval de una renombrada institución y la sed de lucro de unas cuantas empresas para producir el crimen perfecto, todo cimentado en las esperanzas de miles de pacientes.

El mercado de la ciencia

En un trabajo sobre la clonación y las aplicaciones de las células madre, Pablo Rieznik señalaba el efecto distorsivo de los negocios en la investigación científica, considerando la tendencia a embellecer o morigerar determinados enfoques ante el peso de los significativos fondos económicos.

Efectivamente esto es así si consideramos no solo la lucha por conquistar el escaso financiamiento público destinados a tal propósito (muchas veces bloqueado por intereses políticos y clericales), sino también las cuantiosas sumas provenientes de las inversiones privadas cuyo financiamiento va dirigido a crear un producto que a la hora de comercializarse deberá superar con creces el capital inicial invertido.

Vale la pena reproducir aquí una cita contenida en dicho artículo que condensa el espíritu de esta realidad: “La ciencia se ha transformado en una inversión de las empresas…, compite con otras formas de invertir capital… y su forma más extrema son las sociedades de consultoría científica, cuyo único producto es el informe científico… Aquí es muy obvio que la prueba de calidad del informe es la satisfacción del cliente y no la evaluación de los pares… Una vez que el informe científico se transformó en una mercancía está sujeto a dos características del mundo de los negocios: la diligencia puede ser asaltada y la cerveza puede ser aguada, es decir que la mercadería científica puede ser robada o adulterada… Algo de esto ya sucedía en el pasado, pero ahora tiene una base económica racional, por lo que es de esperar que aumenten” (The dialectical biologist, de Richard Levins y Richard Lewontin, Harvard University Press, 1985).

El escándalo de Piero Anversa puede tomar por sorpresa a quienes pretenden ignorar la naturaleza social de este régimen y sus implicancias. Lo escandaloso, en verdad, es que aún subsistan las relaciones que han tornado a la ciencia un negocio y al ser humano un objeto de tan vil mecanismo.

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