04/04/2018

Abusos en el fútbol: la pelota está manchada

La violencia en el futbol suele estar asociada a la acción de las barras bravas, a los enfrentamientos entre facciones o a las represiones policiales. Pero durante la última semana se destapó la olla de otro tipo de violencia, silenciada durante años, que involucra, por ahora, a dos equipos de la primera división –Independiente y River– que están siendo investigados por abusos sexuales a jugadores de sus divisionales juveniles.

La AFA y las directivas de los clubes ahora se desgarran las vestiduras cuando, como declararon algunos jugadores, los “comentarios sobre este tema siempre existieron”. Y se refieren a ahora y a decenas de años atrás.

Se trata de una trama de horror para pibes que provienen, en general, de familias trabajadoras, muchos de ellos del interior del país, y para los que se presenta, en esos clubes, la oportunidad de acceder al profesionalismo y a la primera división.

Explotando estas aspiraciones los clubes y la AFA ponen a chicos en situación vulnerable a merced de proxenetas y abusadores que tienen acceso irrestricto a las pensiones, como surge de los testimonios y denuncias.

El negocio del futbol muestra su parte más oscura con la corrupción de su categoría amateur.

Romper los pactos de silencio

La emergencia de denuncias de abusos y redes de proxenetismo en el futbol, ambiente tan típicamente masculino, es inseparable del ascenso del movimiento de mujeres, que puso en debate público y en el centro de la agenda la violencia en todas sus expresiones y la puja por conquistar los derechos que, arrancados con la lucha, son un avance para el conjunto de los trabajadores y la juventud, con independencia de su género.

La violencia en el ambiente del fútbol en otra de sus facetas, explotó el año pasado cuando al menos seis jugadores de primera división fueron denunciados por violencia de género. Jonathan Fabro se encuentra detenido por abusar sexualmente de una niña de su familia; Ricardo Centurion le astilló tres dientes a su novia cuando ella quiso poner fin a la relación; Alexis Zárate se encuentra condenado a seis años y medio de prisión por la violación de una joven, caso que además involucra a Martín Benítez como cómplice. Wilmar Barrios, Edwin Cardona y Agustín Rossi también fueron denunciados por ejercer violencia contra mujeres.

El ‘folklore del fútbol’ es casi indiferente a estas denuncias, pero le resulta inadmisible la “icardeada”, a la que necesita repudiar públicamente, pese a que ningún derecho haya sido vulnerado en ese caso.

La industria de la pelota generó ídolos con patrones de conducta repudiables en términos de violencia. La frase de Diego Maradona “contra” Pelé respecto a que “debutó con un pibe” es la expresión machista y homofóbica de un crack, que eligió dirimir su duelo personal con el brasilero por el podio de mejor jugador de la historia mediante la discriminación por orientación sexual.

Tarjeta roja a la violencia

El fútbol es un reflejo del régimen social en el que nos toca vivir, donde las redes de captación de mujeres y niñas, los abusos sexuales a menores y la violencia contra las mujeres y las disidencias sexuales son moneda corriente. Combina un ambiente casi exclusivamente masculino con la popularidad y el fenómeno de la pasión de multitudes.

Siempre es correcto diferenciar, en esas multitudes, a las barras bravas que generan la violencia, que viven del narcotráfico y que transan con la policía y las autoridades, de quienes juntan el peso para pagar la cuota o la entrada y asisten a ver un espectáculo que les permite por noventa minutos hacer a un lado la violencia y explotación que el régimen social y el Estado descarga sobre ellos, que son en su gran mayoría trabajadores.

Esas mismas tribunas son una bocanada de aire fresco cuando expresan posicionamientos independientes de las barras bravas, la AFA, las instituciones o los gobiernos. Como cuando reflejaron la lucha por justicia por Mariano Ferreyra, Santiago Maldonado o colgaron en el alambrado el reclamo de justicia por las víctimas de femicidios.

Las dirigencias y la AFA son responsables de la integridad de los juveniles en sus instalaciones, el Estado de volcarlos a espacios sin control y con libre acceso de proxenetas y abusadores.

Para terminar con toda esta descomposición motorizada por quienes se han apropiado de los clubes y han convertido al fútbol en un inmenso negocio capitalista, las entidades deben volver a manos de quienes los crearon: los socios y los hinchas.
 

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