07/06/2021
Fútbol

La AFA al rescate del negocio de la Copa América

Salió a comprometer la participación del seleccionado argentino, en medio de un rechazo generalizado de jugadores y técnicos.

La AFA salió a jugar una vez más en rescate de una Copa América cuestionada por todos los frentes. Mediante su cuenta de Twitter confirmó públicamente su participación en el torneo, mientras crece el malestar en torno a la nueva sede del evento. Luego de la suspensión de las designadas originalmente -Argentina por el desmadre sanitario y Colombia por la rebelión popular-, la elección de Brasil se topa con otro desastre epidemiológico, que suscitó el rechazo del plantel carioca, a lo que ahora se suman las movilizaciones de masas contra Bolsonaro. Todo un signo de los tiempos que corren, que encuentra al gobierno argentino y la entidad deportiva como empleados de un gran negocio que la Conmebol y varios rubros capitalistas quieren sacar adelante a toda costa, en medio de un hervidero social.

La intención obvia de la Asociación de Fútbol Argentino, al reafirmar públicamente que participará del certamen, es degastar el amotinamiento del seleccionado brasileño, que empezando por el capitán Casemiro y la estrella Neymar se manifestaron en oposición a jugar la copa, cuando el país vecino se aproxima a los 17 millones de infectados de Covid-19 y al medio millón de muertes.

Para graficar, basta mencionar que Río de Janeiro, donde se disputarían ocho partidos -incluida la final-, tiene un 92% de ocupación de las unidades de terapia intensiva, y el alcalde aclaró que si se agrava la situación deberá dictar nuevas restricciones que incluirían al fútbol. La cuestión abrió además una crisis política, luego de que el ministro de Salud, Marcelo Queiroga, declarara que «la exigencia de vacunación no es una obligación», en un país que marca en estos momentos 66.000 contagios diarios.

Es totalmente entendible la valoración que hiciera el DT de la selección argentina, Lionel Scaloni, antes de enfrentar a Chile el jueves pasado: «Al final se decidió que no se haga en la Argentina por un tema de salud, por un tema lógico, y resulta que ahora nos vamos a Brasil». Para bajar tensiones, la Conmebol habilitó que los equipos puedan volver a sus países después de cada partido.

Según los medios de comunicación brasileños, los jugadores cariocas darían a conocer un «manifiesto» expresando su abierta oposición al desarrollo de la Copa América. Se estima que sería el martes por la noche, tras el partido que disputarán en Asunción con el seleccionado paraguayo por las Eliminatorias. Se espera además que luego del encuentro renuncie el entrenador Adenor Leonardo Bacchi, alias «Tite». Si faltaba algún condimento, la Confederación Brasileña de Fútbol suspendió por 30 días a su presidente Rogério Cabloco, quien fue denunciado por una empleada de cometer acoso sexual reiterado. Es en este cuadro que la AFA mete presión, comprometiendo la participación Argentina, el histórico rival.

El malestar es, sin embargo, generalizado. La Federación Internacional de Futbolistas Profesionales (FIFPRO) emitió un comunicado asegurando que «apoyará naturalmente a cada futbolista que decida rechazar la convocatoria y no participar en el torneo en base a sus preocupaciones respecto a salud y seguridad». Los uruguayos Edinson Cavani y Luis Suárez, el colombiano Juan Cuadrado y el chileno Claudio Bravo ya se expresaron contra la realización del certamen. Trascendió que los capitanes de las diez selecciones están en comunicaciones entre sí y que hasta el momento se negaron a participar en una teleconferencia con el consejo de la Conmebol, en la que serían informados sobre los protocolos a implementar. Los entrenadores de Perú, el argentino Ricardo Gareca, y de Chile, Martín Lasarte, también se manifestaron públicamente en contra de participar.

El motivo por el cual la Conmebol busca que se juegue la copa a como dé lugar no tiene misterios: las ganancias son fabulosas. Alberto Fernández lo confesó con toda claridad a mediados de mayo, cuando -a pesar de que era nítido el colapso sanitario en ciernes- afirmaba que había condiciones para realizarla en Argentina: «es una Copa América para cumplir contratos televisivos».

En efecto, en 2019 se firmó un convenio entre la Conmebol y la compañía japonesa Dentsu (una de las agencias de publicidad más grandes del mundo) por un mínimo de 140 millones de dólares por cada una de las ediciones de 2020, 2024 y 2028 (El Cronista, 7/6). En esos momentos el presidente de la entidad, Alejandro Domínguez, agregaba que «la expectativa no es que nos quedemos con ese mínimo, sino que superemos los 200 millones de dólares de ingresos para la Conmebol por edición». Desde antes de la pandemia están vendidos los derechos de televisación a más de 150 países. Hay muchos otros interesados, desde los fabricantes de televisores hasta las cadenas que los comercializan y de tarjetas de crédito, que tienen lanzadas promociones especiales para la Copa América.

El papel del gobierno argentino y de la AFA, entonces, es el de socios menores del negocio. La segunda ya habría cobrado cuatro millones de dólares que le corresponden a cada asociación por participar de la copa, a lo que se agrega el premio para el campeón de otros 10 millones (La Nación, 7/6). Pero incluso ya el año pasado la organización del fútbol sudamericano habría distribuido unos 95 millones de dólares entre las diez federaciones que la integran (El Cronista, ídem).

Por último, vale señalar que las ilusiones de los gobiernos, desde los derechistas Jair Bolsonaro y el colombiano Iván Duque, hasta Alberto Fernández, de que el espectáculo futbolístico pudiera distender el cuadro social que se vive en el subcontinente, se estampa con un ascenso de la lucha de clases y un agravamiento del desastre económico y sanitario. Es lo que sucedió en la Colomba rebelada, cuando los gases lacrimógenos de la salvaje represión policial dificultaron el desempeño de los partidos de la Libertadores, que se jugaban allí precisamente para mostrar una presunta normalización de la situación.

Es una muestra palmaria del abismo que separa a los gobiernos y los capitalistas del fútbol de las masas trabajadoras, que irrumpen en escena en medio de una verdadera catástrofe epidemiológica y social.

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