20/04/2020

Lo presencial, lo virtual: pandemia, tecnologías y patronales

Un (nuevo) baño de realidad a las profecías benefactoras del capital.

La literatura académica, el periodismo y los discursos empresariales han recusado largamente las tesis apocalípticas que, ante la emergencia de una nueva tecnología, preanuncian el fin de la humanidad –como si tal entidad sobreviviera al tiempo histórico sin alteraciones radicales- o la pérdida de alguna de las cualidades que se le atribuyen.


Se sabe: desde el diálogo platónico de Fedro, donde se advertía sobre los eventuales riesgos de la primera tecnología de la palabra, hasta la actualidad, se traza una larga genealogía que se monta sobre un presupuesto erróneo: la tecnología como algo ajeno y exterior que irrumpe –invade- la vida social en su conjunto. Sin embargo, se insiste menos en su contracara: aquellas otras perspectivas que postulan un mundo feliz por la sola concurrencia de dispositivos, plataformas o aplicaciones varias. Esto se condensa en las proclamas de sucesivas revoluciones -de la imprenta, de la televisión, de Internet o de la Inteligencia Artificial-, sin sujetos o cuyos sujetos históricos estarían representados por una fuerza automática, no humana, que reorganiza el mundo del trabajo, de la economía, de las relaciones cotidianas.


Desde los años sesenta y hasta los noventa, se fueron acuñando conceptos para describir estas manifestaciones novedosas que tenían a las tecnologías como protagonista estelar: sociedad posindustrial, posmoderna, del conocimiento, de la información, cibercultura y, en un extremo en el que convergen influencias autonomistas y del libre empresariado, sociedades poshumanas. 


Las crisis vienen a echar por tierra tales profecías benefactoras. Así pasó con el proclamado fin de la historia en los ochenta, las puntocom que se hundieron en los noventa o la crisis de 2008 que disolvió en el aire una economía ficticia cuyas manifestaciones reales pronto se hicieron sentir y se siguen padeciendo en todo el mundo. La pandemia, ahora, no ha hecho otra cosa que agudizar esa crisis capitalista, pero al mismo tiempo ha puesto de cabeza a esas ideas encantadoras en torno a las nuevas tecnologías y sus promesas de futuros siempre venturosos.


Veamos apenas tres ejemplos.


Antes que los extendidos debates entre docentes, estudiantes y familias, la virtualización educativa fracasó por la realidad de las cosas. A la falta de equipamiento y conectividad, que afecta a la población de los suburbios del planeta, se suma el hecho de que la brecha educativa es inescindible de otras tantas desigualdades: salariales, de condiciones de vida, de acceso a la vivienda o a la cultura. Una persistente política de Estado –y global- ha sido el desfinanciamiento de la educación pública y la desvalorización (simbólica y material) del trabajo docente. Precisamente tuvo que ocurrir un enclaustramiento obligatorio para que ministros y funcionarios del mundo -incluso cuando se lanzan rabiosamente a forzar una virtualización imposible o a acatar los lineamientos bancomundialistas para convertir la educación en paquetes educativos online- deban reconocer el carácter irreemplazable del aula, de esa relación social entre docentes y estudiantes, de esa presencialidad.


Algo similar ocurre con las nuevas relaciones laborales que -nos aseguraban sus promotores- anticipaban un mundo donde lxs trabajadorxs se liberarían de las rigideces del mercado laboral clásico para negociar una relación todavía más flexible, más libre y con mayor capacidad de autonomía: entrepreneur, independiente, por su propia cuenta y costo. Mucho antes, pero sobre todo durante la cuarentena, se ha revelado la verdad oculta de la uberización, de las aplicaciones, de las variantes inimaginables del home office. Como aquella publicidad de la industria del fonógrafo, donde un perro escuchaba la voz del amo (His Master's Voice>); el teletrabajo resulta tanto o igual de agobiante por las presiones de la voz y la mano invisible de las patronales, con limitadísimas posibilidades de organización sindical.    


La última ilustración es el grito unánime de la burguesía en el mundo: ¡a trabajar!, un reclamo frente al cual sus representantes en los gobiernos empiezan a decretar cuarentenas flexibles. Al fin de cuentas, la economía del conocimiento o del capitalismo cognitivo, que nos decían había relevado el trabajo físico e incluso había hecho desaparecer la figura clásica del obrero,  sigue exigiendo lo mismo que hace dos siglos. Esto se hace más crudo en las grandes corporaciones que transportan el mundo desde plataformas virtuales, como Amazon.


El crecimiento espectacular de sus negocios en tiempos pandémicos no debería hacernos perder de vista la histórica coacción, nada virtual sino física y en los almacenes globales, contra los trabajadores a quienes les impone condiciones de sobreexplotación y les niega el derecho a licencias por enfermedad. Google y Apple, por su parte, se reúnen con los representantes de los estados -las juntas de negocios de la burguesía- para vender el contact tracing, un dispositivo para el celular que identifica los Covid positivos pero que, sobre todo, habilitaría en poco tiempo a un permiso masivo para garantizar la vuelta al trabajo.


El desastre de la pandemia, cuyas manifestaciones no solo se revelan en el conteo mecánico de muertos por coronavirus, ha hecho visible lo que el capitalismo se ha empeñado en ocultar desde su origen y que el discurso de las tecnologías de la virtualidad o de la inteligencia artificial persiste en esconder: la fuerza de trabajo, humana, física, presencial. Esa que precarizan, desvalorizan, destruyen –y esa es la otra catástrofe que ya nos amenaza.


Por eso, no es un problema de tecnologías, viejas o nuevas. Ya sabemos de sobra que los luditas se equivocaron al enfrentar los telares, pero no en denunciar las amenazas (a la baja salarial, al despido masivo) y, sobre todo, el engaño que recorre la historia del proletariado y frente al cual se ha rebelado y ha protagonizado tanto revoluciones como luchas gigantescas. El desarrollo de las tecnologías bien podría emanciparnos -está todo dado para eso- pero mientras estén encadenadas a las relaciones de explotación existentes, tal emancipación es imposible.

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