06/09/2001 | 720

McDonald’s envenena

La clausura de cuatro locales de McDonald’s por vender hamburguesas de pollo contaminadas por una bacteria potencialmente mortal, no sólo mostró el abierto desprecio del pulpo por la salud de sus consumidores; puso en evidencia, una vez más, el descarado cipayismo de De la Rúa y su gobierno.


Es que a pesar de haber sido comprobado sin lugar a dudas, tanto por el Senasa y el Hospital Malbrán como por los organismos técnicos de la Ciudad de Buenos Aires, que las hamburguesas estaban podridas, el propio De la Rúa y sus ministros fatigaron los teléfonos de los funcionarios municipales para exigir la inmediata reapertura de los locales clausurados y el cierre ‘sin ruido’ del ‘incidente’. «Preocupado por el escándalo que afecta a McDonald’s, el gobierno nacional ejerció fuertes presiones sobre el de la Ciudad para ocultar el conflicto (y) mediar a favor de la hamburguesería global» (Página/12, 2/9). Lo que le importa a De la Rúa es la compañía, no los 400 casos anuales de enfermedad grave que provoca la bacteria encontrada en los «McPollo».


La «presión» de la Rosada parece haber rendido sus frutos, porque el domingo 2 fueron reabiertos los locales. Según los análisis realizados, el origen de la contaminación está en la planta elaboradora que abastece a los McDonald’s, por eso lo que correspondería es el cierre preventivo de todos los locales, y no la posibilidad de seguir envenenando a los argentinos.


McDonald’s respondió a la clausura con provocaciones y amenazas. Una delegación llegó de Estados Unidos y amenazó con bloquear la apertura de nuevos locales y hasta con cerrar los que ya están abiertos y despedir al personal. La rápida preocupación oficial por los «11.000 empleos que genera McDonald’s» no se repite a la hora de ver las condiciones de explotación que reinan en sus locales (ver aparte). Con una hipocresía desprejuiciada, los funcionarios de McDonald’s fingieron «desconocer hasta el presente la existencia de esa bacteria». La Escherichia coli, sin embargo, es conocida como «la bacteria de las hamburguesas» y McDonald’s ya ha enfrentado casos similares de intoxicación en Canadá y Estados Unidos. Incluso, la Fundación McDonald’s ha destinado varios cientos de millones de dólares, deducibles de impuestos, a estudiar la manera de reducir el impacto de esta bacteria que, según las publicaciones científicas, «jaquea a la industria de la comida rápida». Una de las recomendaciones recibidas es que las hamburguesas deberían cocinarse no menos de tres minutos cuando, según denunciaron empleados despedidos, «no se cocinan por más de un minuto». Pero cocinar las hamburguesas tres minutos para matar la bacteria afectaría la ‘productividad’, es decir los beneficios…


Según médicos del Malbrán, Argentina es el país mundialmente más afectado por el síndrome urémico hemolítico, la más grave pero no la única enfermedad que produce esta bacteria. Cada año se registran 400 casos nuevos y es la principal causa de transplantes renales en niños y jóvenes. No se conoce, sin embargo, ninguna campaña del gobierno nacional ni de los provinciales para enfrentar esta enfermedad «que se considera endémica en Argentina» (Veintitrés, 30/8). La salud pública está en manos de los agentes de McDonald’s.


…y superexplota


McDonald’s no sólo jode a sus consumidores. En octubre del año pasado, en los locales de las principales ciudades italianas estalló una serie de huelgas que puso en evidencia las condiciones de trabajo a que son sometidos sus empleados, en su mayoría estudiantes no mayores de 25 años.


El manual de los empleados establece, entre otras cosas, que «cuando empieces a trabajar te parecerá que has perdido el uso de la mano derecha. Tan fatigoso es trabajar aquí». Los ritmos de producción son tan bárbaros que «el cansancio no les permite un buen rendimiento en tareas extra-laborales, como el estudio o la recreación (…) El cansancio, sin embargo, resulta ser funcional (porque) la fuerte carga física funciona como una verdadera defensa, permite no pensar, no tener conflictos» (El Criticón, setiembre/octubre 2000).


Para ir al baño, un empleado debe pedir autorización al gerente, que puede demorarla cuanto considere necesario para las necesidades de atención del servicio; es común que se lo autorice veinte minutos después del pedido.


Los trabajadores rasos carecen de horarios, son convocados cuando la patronal los necesita, nunca saben cuándo y cuánto tendrán que trabajar. Muy pocos están efectivos; la mayoría nunca sabe si sus contratos van a ser renovados. Los salarios son una miseria (en Argentina, 1,82 pesos la hora, lo que significa un salario mensual de unos 250 pesos); las horas extras no se pagan.


Naturalmente, la sindicalización está prohibida y hasta se persigue el compañerismo: «No se permiten las relaciones ‘trabajador-trabajador’; hay sanciones (y luego despidos) para los que fomentan el compañerismo o protestan contra los gerentes» (El Eslabón, setiembre 2000).


Estas condiciones de explotación se repiten en todos los países ya que los trabajadores de McDonald’s están sometidos a «sistema» laboral internacional (el «manual») que está por encima de cualquier legislación nacional.

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