08/02/2001 | 696

El capitalismo, sistema contra ecosistema

Un nuevo desastre ecológico extiende su mancha de petróleo de 1.200 km2. Afecta al archipiélago de las Galápagos, un paraíso natural a 1.000 km de distancia de la costa de Ecuador, declarado patrimonio ecológico de la humanidad, con más de 5.000 especies animales, dos mil de las cuales son únicas en el planeta, como las famosas tortugas gigantes que le dan nombre al archipiélago.


Si en el siglo pasado el científico Charles Darwin encontraba en estas islas volcánicas testimonios de seres vivos que probaban su Teoría de la Evolución de las Especies, teoría que significaría un salto revolucionario en la evolución del conocimiento y la conciencia de la especie humana para sí y de las leyes de la naturaleza, la catástrofe depredadora contra el ecosistema de las Galápagos parece señalar el camino inverso de la involución.


Un viejo barco construido en Japón en 1971, el «Jessica», derramó 600.000 litros de petróleo cerca de sus costas. El capitán, experto y afincado en las islas, confundió el faro (averiado por varios días) con una boya que indicaba peligro de encallar. A este hombre se atribuye «la falla humana» causante del «accidente».


¿Pero es así? El barco era obsoleto y su carga irresponsable está permitida por la desregulación mundial de los transportes. Ecuador, a su vez, país quebrado y azotado por la crisis hiperinflacionaria, no tiene el control de sus riquezas y ni siquiera cobra impuestos ni cánones a las cinco empresas turísticas internacionales destinatarias del combustible.


Es decir que, de conjunto, se combinaron las mejores condiciones de bajos costos para que el pulpo petrolero transportara todo el combustible posible en un barco «carreta» para abastecer a 300 navíos turísticos, avionetas y al gran mercado negro de corsarios modernos que contrabandean la fauna y la flora de las islas. Un buen cargamento de crustáceos produce una ganancia neta sólo comparable con la de un buen cargamento de cocaína.


Al capitán le quitan su licencia de por vida (e, internado en un hospital, se niega a ingerir alimentos). Las leyes ecuatorianas no permiten inculpar a la compañía petrolera, a la que sus guardiamarinas le cedieron el paso sin objeción alguna. Ninguna previsión ni infraestructura. La marina yanqui pidió equipos superespecializados a diversas naciones, pero no lograron enderezar la carcaza del barco quebrado, que se inclinó hasta los 45°, amenazando verter el resto de su tóxico cargamento. Tampoco pudieron arrastrarlo mar adentro. Volcaron diluyentes, concentradores, con «baldecitos» y mangueras. Sólo los vientos hacia el norte pudieron desviar la mancha negra que llegó a tocar la isla de Santa Fe, y llegó a unos 200 metros de San Cristóbal, Santa Cruz e Isla Lobos. Su sola proximidad causó estragos en la fauna costera.


Toda la cadena alimentaria, la vida submarina y las algas de las que se alimentan las iguanas marinas; los peces y cetáceos de que se alimentan los únicos pingüinos de clima cálido en la Santa Isabella; la gaviota de lava en peligro de extinción; las 800 parejas que quedan de cormorán no volador y las crías de lobos marinos empetrolados que pierden su equilibrio térmico y mueren congelados en la orilla; todas éstas son las víctimas visibles. Pero las secuelas llegarán a los más alejados lugares del mundo, siguiendo la cadena alimentaria, las corrientes marinas y las rutas de los traficantes.


Los europeos se miran en un espejo, aterrados por la cantidad de buques cargados de petróleo que surcan el mar Mediterráneo (casi cerrado como un lago). Los gobiernos recuerdan ahora el derrame de petróleo en Alaska, a la deriva como los témpanos flotantes del polo sur por el recalentamiento del planeta. Y del último cargamento de uranio.


Especie humana: los trabajadores


Todas las conferencias ecológicas mundiales fracasaron: primero están los intereses económicos de las grandes potencias y las grandes corporaciones.


Pero hay otra especie en peligro: «Los pescadores de las Galápagos necesitamos más médicos que las iguanas», dice un pescador de las islas. Miles de pescadores, asociados en cuatro cooperativas, viven del oficio más peligroso del mundo: la pesca. «Somos nosotros los que alertamos de las profundidades de las mareas, la cantidad de especies y sus bajas; somos los trabajadores los que verdaderamente cuidamos el equilibrio de las especies y sabemos mejor que nadie de la dimensión de los daños», dice Franklin Zavalía, jefe de la cooperativa más importante, enfrentado a los proteccionistas y a las «leyes internas que limitan la pesca», mientras los barcos factoría japoneses y coreanos acechan y depredan sus costas peor que una plaga de tiburones. Los pescadores ven ahora sucumbir su única fuente de subsistencia y sus únicos puestos de trabajo.


No. No hay «falla humana». Y tampoco es responsable la «humanidad».


Hay una cadena de intereses que destruye las fuerzas productivas, las materias primas y la naturaleza misma. No somos todos iguales. La clase social que es dueña del 70% de las riquezas y los medios de producción de toda la humanidad, la que nos impone sus leyes de propiedad privada, es la responsable de todas las catástrofes humanas y ecológicas. Es esta clase social la que involuciona en la era de los monopolios y la concentración de riquezas hacia la depredación y la destrucción en una competencia criminal por las ganancias.


Los capitalistas son los dinosaurios carnívoros de la llamada civilización moderna. Individualistas que parasitan sobre el trabajo social de toda la humanidad y usufructúan en su propio beneficio todos los adelantos técnicos y científicos. Que existen, pero que no están ahora ni en las Galápagos ni en el terremoto de la India, ni en las epidemias y endemias de la pobreza generalizada.


El alterado equilibrio ecológico actual es producto de la anarquía y la depredación anacrónica de los recursos naturales y de la dilapidación de los avances técnicos y científicos y del trabajo humano, en función de las ganancias de los capitalistas y sus guerras interburguesas. La clase proletaria tiene la tarea histórica de reemplazar conscientemente al sistema capitalista por el sistema socialista. Será el fin de la prehistoria y el comienzo de la verdadera civilización, la del equilibrio de las fuerzas de la naturaleza y la acción creativa y suficiente del trabajo humano para sobrevivir y vivir en abundancia.

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