17/06/2020

1918-1988: la reforma universitaria, el primer Cordobazo

Esta nota fue publicada el 23 de junio de 1988 en Prensa Obrera N° 231.

Esta nota escrita por nuestro compañero Pablo Rieznik fue publicada en ocasión del 70 aniversario de la Reforma Universitaria. En este nuevo aniversario la ponemos a disposición de nuestros lectores porque plantea una caracterización de la Reforma que todas las corrientes políticas han querido borrar a lo largo de los años.


Se acaba de cumplir el 70° aniversario de la Reforma Universitaria. Los estudiantes de la ciudad de Córdoba, que reclamaban la reformulación del gobierno de la Universidad y de su cuerpo docente, dieron en 1918 el puntapié inicial de un vasto movimiento definitivamente inscripto en la historia de nuestro país y de toda América Latina. Más allá de sus reivindicaciones originales, la Reforma se fundó en el ímpetu y el vigor de una movilización de características revolucionarias. Los universitarios cordobeses comenzaron el año decretando la huelga general, ganaron la calle para imponer sus reclamos, apelaron a la acción directa cuando fue necesario impedir por la fuerza la elección de autoridades comprometidas con el pasado que deseaban enterrar, y llegaron incluso a ocupar las casas de estudio y nombrar a sus propios representantes como rectores y decanos de los claustros. Esto no hay que olvidarlo.


Fundación


Por sus objetivos inmediatos, la juventud de Córdoba “se levantó contra un régimen administrativo, contra un método, docente, contra un concepto de autoridad” (“Manifiesto Liminar de la Reforma”, 21/6/1918), pero dio a esta lucha un alcance mucho más amplio, pues lo identificó con la “necesidad de romper todos los vínculos que nos ligan a la tradición colonial, completando la obra de los revolucionarios de mayo” (“Orden del Día del acto estudiantil realizado en Buenos Aires, 28/7/1918).


La nueva generación emergía en un mundo convulsionado por la barbarie de la Primera Guerra Mundial y trataba de comprender las señales que venían de la reciente Revolución Rusa; se sentía además protagonista de la vida política, a la cual irrumpían las clases medías bajo el ala del yrigoyenismo. Un tono épico insuflaba el verbo de los jóvenes reformistas: “las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana… si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el sagrado derecho a la insurrección” (“Manifiesto Liminar”).


La bandera de la reforma universitaria fue el emblema común en el cual de hecho se fundó todo el movimiento estudiantil latinoamericano, desde Chile, Bolivia y Perú en el extremo sur hasta México y Cuba en la otra punta del continente. El significado y la perspectiva de la lucha antiimperialista, implícita en la reforma educativa, fue dominando progresivamente los debates políticos en el seno del movimiento reformista. De sus filas surgirá en la década del 20 el planteamiento de un movimiento nacionalista de contenido burgués capaz de viabilizar un desarrollo capitalista moderno en nuestro atrasado continente. Este será el fundamento del Apra peruano, organizado como partido cuando se frustró la intención original de darle un carácter de movimiento organizado en Latinoamérica toda. Con el cubano Mella el reformismo trascenderá sus propios límites, para proclamar la inviabilidad de sus objetivos fuera del cuadro de una revolución social dirigida por la clase obrera. En los años 30, sin embargo, bajo la bandera de la Reforma el movimiento estudiantil será arrastrado por el estalinismo y los democratizantes a un frente común con el imperialismo.


Superación de la Reforma


Las reivindicaciones democráticas de la Reforma no se concretaron nunca en la práctica. Aún hoy, siguen pendientes la autonomía, el cogobierno y la docencia libre. Esta incapacidad práctica exige superar los propios horizontes trazados por la Reforma, es decir, su vago idealismo democrático, en esencia su incapacidad para desvendar los vínculos entre los estudiantes, la educación y la sociedad clasista. En su formulación inicial, el estudiantado alzado postuló la factibilidad de una educación moderna y hasta la elevación de la misma Universidad a la condición de fuerza dirigente de una transformación social, inclusive, revolucionaria.


La condición mesiánica de los pronunciamientos y la conducta de los principales líderes del estallido cordobés revela, en la ampulosidad de su verbo, (en lo cual fue pródigo el movimiento de la Reforma) las limitaciones de clase de su propio movimiento. Las circunstancias no permitieron superar este cuadro que algunos consideran como virtud; “La Reforma no tiene programa oficial, nadie puede invocar el título de vocero oficial de sus principios” (“La Reforma Universitaria”; A. Ciria, H. Sanguinetti).


Lo cierto es que anunciando una revolución la Reforma no pudo encontrar el sujeto colectivo de la transformación social. Aquello que no encontraba en la materia misma de la sociedad lo buscó en la inmaterialidad: “las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales”, reza el belicoso y ya citado “Manifiesto Líminar”.


La vaguedad de las afirmaciones de la Reforma de 1918 permitió que en su seno proliferaran diversas tendencias políticas. ¡Hoy los agentes del FMI y la entrega se dicen herederos de la Reforma y en su nombre plantean una política de liquidación de la escuela pública, de desmantelamiento de la enseñanza superior y de hambreamiento de la docencia nacional!


La cuestión educativa no puede resolverse al margen de la lucha de clases. Solo la clase obrera, como artífice de su propio destino, puede reconstruir la sociedad sobre una nueva base. La revolución educativa es inseparable de la revolución social. El balance de la Reforma Universitaria puede y debe poner de relieve esta conclusión fundamental, como enseñanza de la propia experiencia histórica.


Antecedentes y circunstancias del levantamiento cordobés


La universidad cordobesa, donde irrumpió el levantamiento juvenil de 1918, era la más antigua del país. Fundada por los Jesuitas en 1614 su función era la de formar al personal de la Iglesia y de la burocracia colonial. A partir del siglo XIX se Introducirán algunos estudios modernos pero no será alterado su carácter corporativo y su fisonomía -entre aristocrática y medieval. Hacia mediados del mil ochocientos se objetaba todavía formalmente la admisión de jóvenes que no fuesen de “limpio linaje’1, conformé “los criterios de limpieza de sangre de la Colonia” (N. Rodríguez Bustamante, “Debate sobre la Ley Avellaneda”).


Aunque nacionalizada en 1856 la Universidad no perdió su aspecto monacal que era una marca propia de la capital mediterránea; “la ciudad es un claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro con verjas de fierro, cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes, los colegios son claustros, toda la ciencia escolástica de la Edad Media es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia”. El cuadro descripto por Sarmiento en el “Facundo” no difiere de lo que algunas décadas más tarde testimonia Juan B. Justo sobre la propia Universidad mediterránea: “Entrar en la vetusta casa en que funciona es caer bajo la obsesión de Imágenes eclesiásticas”. No en vano los estudiantes de la Reforma, en su manifiesto fundacional, convocaron a “levantar bien alta la Dama que está quemando el viejo reducto de la opresión clerical”.


La universidad porteña


En el plano nacional la oligarquía había establecido un compromiso expreso con el clero, que la propia Constitución reflejó al darle status oficial al apoyo estatal a la Iglesia. Al mismo tiempo, la clase dominante recortó ciertas atribuciones del episcopado que, en la época de Rosas, había gozado de las más amplias prebendas. En el terreno educativo se eliminó entonces la facultad de colegios privados de expedir diplomas y títulos habilitantes. Cuando las tendencias a un crecimiento de la matrícula en la enseñanza superior comenzaron a evidenciarse, los proyectos educativos oficiales propiciaron la introducción de la enseñanza técnica en el ciclo medio como una forma de aliviar la presión de ingresantes en la Universidad. Esta creció en proporción al carácter violentamente cosmopolita que adquirieron las principales ciudades del país y, en primer lugar. Buenos Aires. (La UBA contaba con 4.000 alumnos en 1910 y en 1918 superaba los 10.000.)


Primeros pasos del movimiento estudiantil


La primer expresión de un movimiento organizado de los estudiantes se planteó ya en 1871, luego de la conmoción causada por el suicidio de un estudiante reprobado en un examen de la Facultad de Derecho. Los estudiantes realizaron una reunión y hasta “osaron votar en favor de ciertas reformas del régimen de estudios” (“Historia de la Universidad de Buenos Aires”, T. Halperin Donghi). Además se organizaron en tomo a una publicación propia, “13 de diciembre”; cinco años después aparecía un periódico bajo el título de “Reforma Universitaria”. En 1900 se crea el centro de Estudiantes de Medicina y en 1903 los estudiantes de Derecho, luego de reclamar la modificación del sistema de exámenes, decretan la primera huelga del movimiento estudiantil. “La Nación” editorializa entonces sobre la necesidad de eliminar a los “elementos heterogéneos” que “invaden la Universidad”. En 1906 los Centros obtienen reconocimiento oficial y la modificación de artículos cuestionados del Estatuto de la Universidad; en 1908 se funda la Federación Universitaria de Buenos Aires.


El levantamiento cordobés de 1918 fue incubado, por lo tanto, por un desarrollo previo al movimiento estudiantil. Pero la juventud reflejaba una inquietud social más general, en la cual el impacto provocado por la -guerra aparece como el gran telón de fondo: “pertenecemos a esta misma generación que podríamos llamar la de 1914 y cuya pavorosa responsabilidad alumbra el incendio de Europa” (Deodoro Roca, discurso de clausura del Congreso Nacional de Estudiantes del 31/7/1918) Por otra parte, “en medio de la desorientación, de la incertidumbre y del escepticismo que dominaba a los espíritus, aparece en el escenario; la revolución rusa trayendo una luz nueva ofreciendo ideales de humana redención, levantando una voz acusadora y profética al mismo tiempo”. Estas son las circunstancias en las cuales se planteará en 1918 el movimiento de la Reforma y la primera huelga nacional del movimiento estudiantil de nuestro país.


Córdoba se levanta


A diferencia de Buenos Aíres la Universidad de Córdoba se mantuvo hasta 1918 sin que se expresaran manifestaciones o síntomas de cuestionamiento, “nada alteraba la paz colonial, nada conmovía la oligarquía cultural, apéndice de la iglesia que controlaba los claustros” (J. C. Portantiero, “Estudiantes y política en América Latina”). En los cuerpos directivos los cargos se ejercían en forma vitalicia y sólo un tercio de los mismos eran ocupados por profesores que tenían clases a su cargo. Sus integrantes eran designados por las denominadas “academias”, corporaciones completamente dominadas por elementos del clero y la reacción. Una suerte de logia secreta, llamada “Corda Frates”, vinculada al arzobispado, era quien tutelaba de hecho a la casa de estudios.


El inicio de la Reforma


A fines de 1917 se registraron los primeros signos de inquietud estudiantil. Por un lado, la protesta del Centro de Estudiantes de Medicina por la supresión del internado en el Hospital Nacional de Clínicas. Por otro, el reclamo del Centro de Estudiantes de Ingeniería contra la modificación del régimen de asistencia a clases. Al reiniciarse las actividades en 1918 los estudiantes insisten en sus reclamos; las críticas se amplían a los planes de estudio, a la organización docente y al sistema disciplinario. Todavía no figura la reivindicación de la participación estudiantil en el gobierno de la universidad —se cuestiona el sistema de provisión de cátedras, la duración ilimitada de los cargos en los Consejos Directivos, su carácter corporativo. En marzo se forma el Comité pro Reforma Universitaria y se decreta la huelga general: “una vez que se han agotado los medios pacíficos y conciliatorios para obtener del Honorable Consejo Superior la sanción de las reformas solicitadas … debe ser propiciada por los estudiantes, valiéndose para ello de todos los medios a su alcance”.


El 1o de abril las autoridades de la UNC, que ya habían resuelto “no tomar en consideración la solicitud de los estudiantes” pretenden inaugurar el año académico. Resultado: nadie concurre a clase, se producen los primeros actos públicos estudiantiles; las autoridades resuelven clausurar la Universidad. El comité pro Reforma exige la intervención y ésta es decretada pocos días después por el presidente Yrigoyen. Los reformistas la interpretan como un triunfo y como un medio para depurar a la vieja dirección clerical. El gobierno radical es considerado como un aliado en esta tarea. La huelga se levanta en la expectativa de que, mediante la colaboración mutua de los estudiantes y el interventor —José N. Matienzo— se podrá imponer a hombres afines a la Reforma en la dirección de la Universidad.


15 de junio


Durante el mes de mayo los acontecimientos se desenvuelven conforme a la expectativa despertada por la intervención: Matienzo se declara contra “la inmovilidad de los cuerpos directivos de las facultades”, propone reformar los Estatutos y — finalmente— declara vacantes los cargos de rector, decanos y académicos con antigüedad superior a los dos años. Llama además a los profesores titulares y suplentes a votar en asambleas a los nuevos decanos y consejos directivos. Triunfan casi todos los candidatos propuestos por la Federación Universitaria de Córdoba, que acababa de constituirse. El interventor concluye su tarea convocando para el 15 de junio a la Asamblea Universitaria (reunión de todos los consejos directivos) con el objeto de elegir al nuevo rector. La FUC postula como candidato propio al doctor Enrique Martínez Paz. “joven profesor, destacado por su ilustración, desvinculado de los antiguos círculos universitarios y de una reconocida y probada orientación liberal” (Julio V. González, “La Universidad, teoría y práctica de la Reforma”).


Cuando la Asamblea Universitaria se reúne, la confiada ilusión de la FUC en el triunfo del candidato de los estudiantes se desmorona: vence el candidato de la “Corda Frates”, Antonio Nores. Fue el detonante de la explosión: la sala de sesiones es invadida por los jóvenes y se intima a la policía a desalojar el edificio; inmediatamente “la multitud arrolló a los gendarmes, arrastrándolos hasta la puerta de calle” (La Prensa, 16/6/1918).


La agitación crece cuando un guardaespaldas desenvaina un puñal: un grupo de alumnos trata de tomar e¡ edificio lindante de la Compañía de Jesús. Un dirigente de la FUC levanta su voz para imponerse sobre el tumulto y proclama a los gritos la orden del día: “la asamblea de todos los estudiantes de la Universidad de Córdoba decreta la huelga general: 15 de junio de 1918.


Huelga nacional de estudiantes


El movimiento de la Reforma entró entonces en una nueva etapa. Se había derrumbado la pretensión de vehiculizar los reclamos juveniles por intermedio de un sector docente liberal. El protagonismo estudiantil ocupó el centro del escenario y se transformó en un movimiento nacional, hizo de la calle el territorio de su lucha. El programa del movimiento estudiantil se radicalizó también y los huelguistas plantearon que sólo ellos eran la garantía de un nuevo gobierno de la Universidad: “Córdoba reclama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes” (“Manifiesto Liminar”). La Reforma ingresó así en la historia: el levantamiento del 15 de junio es su acta de nacimiento.


Luego de disolver la Asamblea Universitaria los estudiantes se lanzaron a la calle. Córdoba entera fue conmovida en los días siguientes. El 19 de junio “La Nación” informa: “Hasta medianoche continuaron las manifestaciones estudiantiles. La policía ha establecido vigilancia en todas las iglesias. La ciudad ofrece un aspecto extraordinario. Todos los gremios obreros se adhieren a los estudiantes. La Federación resolvió realizar mañana un mitin popular”.


Hasta diez días después la prensa de la época informa de huelgas y paros no sólo de los universitarios sino de los secundarios en solidaridad con sus hermanos cordobeses. Los diarios del 23 de junio notician manifestaciones callejeras en Rosario y paros de los secundarios en Paraná y Bahía Blanca. Tres días después se conocen nuevas huelgas, decretadas en San Juan. Catamarca y Santiago del Estero: los estudiantes de Corrientes realizan un mitin callejero. En Córdoba las concentraciones populares superan las 10.000 personas (los alumnos universitarios eran sólo 1500).


La diversa literatura sobre la Reforma ha subestimado este hecho fundamental. En junio de 1918 el levantamiento universitario cordobés es acompañado por una gran movilización popular y se transforma en el primer paro general de la juventud estudiantil de nuestro país.




 

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