30/10/2021

60 años de la gran huelga ferroviaria de 1961

El 30 de octubre de 1961, hace 60 años, empezó la gran huelga ferroviaria que duró 42 días, contra el plan Larkin de los yanquis y el gobierno desarrollista de Frondizi. Este plan consistía en el cierre del 40% de la red ferroviaria existente en ese momento.

El objetivo fundamental radicaba en beneficiar a las empresas automotrices instaladas recientemente en el país. La lucha llegó a tal punto que las fuerzas armadas tomaron el control de los ferrocarriles para intentar hacerlos funcionar a la fuerza. El conflicto terminó en un triunfo parcial para los ferroviarios. El Plan Larkin no pudo ser ejecutado en su totalidad, las privatizaciones fracasaron. Tampoco pudieron cerrar todos los ramales que pretendían. Pero existieron miles de despidos y varios ramales secundarios fueron cerrados. El recuerdo colectivo de este conflicto siguió vivo en la conciencia de los trabajadores ferroviarios y es una de las explicaciones de la gran combatividad de la huelga del 91 y 92.

El pacto Perón-Frondizi y el plan Larkin

Desde el golpe gorila de 1955, la burguesía había sido incapaz de montar un régimen medianamente estable. La proscripción del peronismo (y de Perón) impuesta desde entonces era un fuerte factor de conflicto (1). El desarrollismo de la UCR Intransigente (Frondizi) consistía en tratar de desenvolver al capital industrial nacional a partir de la sociedad con el capital imperialista yanqui. El problema es que esta sociedad siempre fue al servicio de los intereses del imperialismo. Entre 1958 y 1960 se instalaron en la Argentina más de diez multinacionales automotrices, productoras de colectivos y camiones de carga pesada. Por primera vez en la historia argentina se dio una sustitución de importaciones de material automotor, por producción nacional. Esta industria para desarrollarse necesitaba ir haciendo retroceder a los ferrocarriles que estaban a cargo del Estado. Que se encontraban en malas condiciones pero tenían un trazado hacia el puerto que cubría casi la totalidad del país.

En 1958, el Radical Intransigente Arturo Frondizi realiza un pacto con Perón que se encontraba en el exilio. El entendimiento fue  gestionado por John William Cooke y tuvo como resultado la victoria contundente de Frondizi en las elecciones presidenciales (2). El pacto, entre sus puntos fundamentales, ​incluía que Perón aconsejaría a sus seguidores votar por Frondizi. Y este, a cambio, tendría que normalizar los sindicatos y la CGT. También terminar con la prohibición del peronismo y disponer la devolución de bienes a Perón que la Libertadora le confiscó. La totalidad de la izquierda argentina no peronista, con excepción del grupo Praxis (de donde se desprende Política Obrera en el 64, antecesor del Partido Obrero), llamó a votar la fórmula presidencial Arturo Frondizi-Alejandro Gómez (3). Sin embargo, en enero de 1959, la ocupación del frigorífico Lisandro de la Torre contra su privatización comenzó a resquebrajar el pacto Perón-Frondizi (4).

El gobierno de Frondizi utilizó el acuerdo para llevar adelante una política de ajuste, despidos y privatización. Sobre todo en el sector público. Esto provocó la reacción de las bases obreras con varias huelgas y ocupaciones. Mientras, la burocracia peronista, defendiendo el pacto, intentaba contener. El 1° de noviembre de 1958 tuvo lugar la huelga petrolera iniciado en Mendoza, donde intervinieron futuros dirigentes de Política Obrera. La burocracia la levantó, a cambio de un puesto en el directorio de YPF. Ante la huelga ferroviaria de octubre del 58, las agrupaciones peronistas llamaron a carnerear y fueron pasadas por encima por las bases. El paro general convocado por la burocracia para el 11 y 12 de diciembre fue levantado ante la promesa de aplicar la ley de Asociaciones Profesionales. Pero el conflicto del frigorífico Lisandro de la Torre obligó a las 62 a llamar a la huelga general el 18 de enero del 59, cuando la medida ya era un hecho. Para levantarla, cuatro días después, junto al PC, por su política de pacto con el gobierno de Frondizi.

Alvaro Alsogaray, ministro de Hacienda (ultraliberal), buscando disminuir el déficit fiscal, viajó a los Estados Unidos, donde acordó la llegada a la Argentina del general norteamericano Thomas Larkin, que vino como enviado del Banco Mundial para realizar un estudio de los transportes y “modernizarlos”. Previamente se descartaron otros proyectos de verdadera modernización del ferrocarril, como el del ingeniero Hugo Dante Porta. Que hizo correr una locomotora a vapor 150 kph, en la trocha angosta del Belgrano.

El Plan Larkin, con la excusa de disminuir el déficit ferroviario, que era producto de la falta de inversión, planteaba la destrucción parcial de la red ferroviaria a nivel nacional. “Se pretendía reducir la red ferrocarrilera. Establecía la privatización de los servicios o actividades complementarias (confiterías, restaurantes, coches comedores, limpieza de vagones, servicio de carga, reparación y construcción de vías y vagones, etc.)” (5).  Este plan, al mismo tiempo, esbozaba la necesidad de despedir 70.000 ferroviarios. También una especie de flexibilización laboral con el objetivo de “agilizar las labores”, incrementando una hora la jornada laboral. Y establecía el congelamiento salarial para este sector.

La huelga del 61

Este verdadero plan de guerra contra los trabajadores ferroviarios, era presentado por el presidente Frondizi con las siguientes palabras: “la baja productividad de los agentes ferroviarios obedece a la superabundancia de personal… la eliminación de personal excedente es una necesidad impostergable para enjugar el déficit actual así como el único camino para valorizar el trabajo de quienes permanezcan en la función” (6). El día 31 de octubre, obligados por la presión de las bases, tanto la Unión Ferroviaria como La Fraternidad declaran un paro por tiempo indeterminado. Se prolongará por 42 días. El gobierno intentó romper la huelga realizando servicios especiales con Policía y Gendarmería. Ofreció pagos extras a Maquinistas. Pero no logró el apoyo de ningún ferroviario y quienes fueron obligados a prestar servicio, fueron liberados por grupos de trabajadores autodenominados “comandos de recate”.

Mientras tanto, el gobierno aumentaba los despidos, las detenciones y allanamientos de sindicatos. Declaró el estado de sitio y la prohibición de los gremios del riel. La huelga se llevó adelante mediante “asambleas, declaraciones y solicitadas, manifestaciones, piquetes, actos públicos y atentados contra vagones y vías del ferrocarril, se edita el Boletín de Huelga de La Fraternidad, y la CGT declara un paro general de 72 hs. en solidaridad entre el 7 y 9 de noviembre, que contó con un acatamiento de entre el 80 y 100%”(7). Uno de los momentos más álgidos del conflicto fue cuando un grupo de 60 mujeres y niños, que intentó liberar a maquinistas obligados a trabajar por la fuerza, se enfrentó a la policía en una estación cordobesa.

El gobierno, preocupado por la enorme combatividad del movimiento obrero, buscó un entendimiento con la burocracia. Al mismo tiempo, las pérdidas económicas que producía el paro lo forzaban a conducirse en esta dirección.  Por su parte, las direcciones burocráticas buscaban terminar lo más rápido posible con el conflicto, sin demasiadas exigencias. También percibían con preocupación la radicalización de los trabajadores y temían no poder sostener sus privilegios. A partir  del levantamiento de las medidas a nivel nacional, se dio la continuidad de las medidas por trabajadores de base que funcionaban en asambleas permanentes. Las reivindicaciones exigidas eran la reincorporación de todos los despedidos y la liberación inmediata de los detenidos.

El 10 de diciembre se llegó a un acuerdo provisorio para levantar el conflicto. Con suspensión de algunas medidas por parte del gobierno y la integración de los gremios a las directivas de la empresa estatal. “El resultado de este extenso conflicto fue un triunfo parcial, el Plan Larkin logró implementarse aunque fuera en parte. Por ejemplo, durante el proceso de lucha 54.000 trabajadores dejaron de pertenecer a EFEA (Ferrocarriles Argentinos), lo cual representa el 72% de los 75.000 obreros “sobrantes” de los cuales el Estado pretendía prescindir” (8). El proceso privatizador en los ferrocarriles y de cierre de la mayoría de los ramales se detuvo por 30 años.

Realizando un pequeño balance

Este resultado generó descontento en los trabajadores. Unos meses después, el 18 de marzo de 1962, triunfaron en las elecciones en varias provincias partidos que respondían al peronismo. Para anular la elección, se realizó el golpe cívico militar del 29 de marzo del 1962. Frondizi fue depuesto y reemplazado por el presidente del Senado, José María Guido. “El intento de integración del peronismo, bajo el gobierno desarrollista de Frondizi había terminado en un nuevo golpe” (9). El movimiento sindical peronista se reorganizó no en base a su papel en la resistencia real del movimiento obrero sino en función del pacto Perón-Frondizi, la sanción de ley de Asociaciones Profesionales, acordando con la patronal-gobiernos y actuando como factor de contención en las luchas.

“A modo de síntesis: mientras el activismo se empeñaba en una lucha que apuntara a la victoria de los trabajadores y, en perspectiva, a colocarlo como un factor político en el cuadro de derrumbe del gobierno desarrollista, el peronismo obró como ejecutor del entierro de esa perspectiva. Coronó esta trayectoria con la retirada sin lucha frente a la victoria electoral en 1962” (10).

La huelga del 1961 fue recordada durante décadas por los ferroviarios. Los métodos de asambleas de base contra la burocracia traidora se repitieron en la huelgas del 91 y el 92 (11). También los piquetes, los sabotajes y las grandes marchas. Esta huelga de 1961 mostró la necesidad de la clase obrera de superar a la burocracia sindical peronista. Y la necesidad de construir un verdadero partido obrero, frente a la traición y capitulación permanente del partido peronista. Un partido que representara sus intereses de clase, no los de la patronal.

Esos intereses que hoy representa en el Partido Obrero en el Frente de Izquierda. Esa izquierda que a 60 años de esta histórica gesta obrera, llena de banderas rojas la plaza de Mayo para decir: vivan las luchas obreras de ayer y de hoy. Abajo el ajuste, la reforma laboral y el FMI. Metamos diputados obreros y socialistas en todo el país para reforzar esta perspectiva de lucha. Como en la huelga ferroviaria 61, vamos por lo nuestro.

Notas:
1-      Christian Rath, «1955/1969: Las crisis políticas y la izquierda», en revista En Defensa del Marxismo N° 49 (marzo 2017). (2, 3, 4, 10).
2-       Gabriela Scodeller, Conflictos sindicales durante los años del frondicismo en Mendoza. El caso de los trabajadores ferroviarios y del petróleo. (INCIHUSA / CRICYT /CONICET). (5, 6, 7, 8).
3-      Miguel Eibuszyc, «55 AÑOS. El golpe de Onganía con el apoyo de toda la burguesía, el peronismo y la burocracia sindical», en Prensa Obrera 28/6/21. (1).
4-       Matías Villar, «Paradojas e hipocresías de un homenaje. A 50 años del golpe», en Prensa Obrera N°1419 (14/07/2016).
5-       Leo Furman, «A 30 años de la gran huelga ferroviaria de 1991 Menem y la resistencia obrera a las privatizaciones», en Prensa Obrera del 15/2/21 (11).