21/04/2020

A 50 años del primer Día de la Tierra

Este miércoles 22 de abril se cumple un nuevo aniversario de aquella histórica movilización que dio origen al movimiento ambiental internacional.

Se cumplen 50 años del primer Día de la Tierra, aquella movilización que el 22 de abril de 1970 reunió a más de 20 millones de personas en Estados Unidos y otras tantas en todo el mundo para reclamar por la creación de agencias que “regulen la actividad contaminante, la conservación de la biodiversidad y creen conciencia sobre los riesgos de la sobrepoblación”. Así surgió la conocida, y polémica, Agencia de Protección Ambiental yanqui.


La multitudinaria manifestación fue una expresión magnífica de unidad obrero-estudiantil. Millones de trabajadores se unieron a más de 2.000 universidades y miles de escuelas bajo la consigna de la defensa del planeta ante la depredación ambiental. Se fundó, así, un movimiento que iba a perdurar en el tiempo, con un alto impacto político.


A lo largo de estos 50 años se ha recorrido toda una experiencia que permite sacar conclusiones de fondo.


El dato más saliente es tal vez la llegada de las primeras cumbres internacionales, que buscaron resolver esas demandas mediante una serie de regulaciones a las actividades contaminantes, bajo la supervisión de organismos internacionales.


La primera cumbre patrocinada por la ONU se realizó en Río de Janeiro en 1992, en la cual se abrieron las discusiones para fijar las pautas para lograr un capitalismo sustentable. En 1997 numerosos Estados, entre ellos las grandes potencias, firmaron el Protocolo de Kyoto, lo que fue todo un hito y abrió amplias expectativas. Pero la ilusión duró poco. El Protocolo entró en vigencia en 2005, y fue herido de muerte con la crisis mundial de 2007-2008. Quedaba de manifiesto, por primera vez para este amplio movimiento, que ningún acuerdo entre los Estados podía traspasar los límites propios de la sociedad capitalista.


Luego de ello, y bajo la presión de los reclamos contra el cambio climático, las cumbres de la ONU buscaron alcanzar un nuevo compromiso entre las principales potencias. Así se llegó a la firma del Acuerdo de París en 2015. Las restricciones que establecía a la emisión de gases de efecto invernadero debían comenzar a regir este año, pero ya antes de la pandemia de coronavirus estaba claro que ni siquiera llegarían a ver la luz. Ya en 2017, Donald Trump retiró a Estados Unidos del acuerdo, que desde el vamos no incluía a China y Rusia (tres de los principales emisores de carbono). No se trata de la irresponsabilidad de un puñado de gobernantes, sino de las disputas entre las potencias imperialistas que caracterizan al mercado mundial en la época de la bancarrota capitalista.


El origen de estos choques es la crisis de sobreproducción, que agudiza las rivalidades entre los grandes pulpos y sus Estados por apropiarse de mayores cuotas de mercado. No es un escenario propenso para la entrada en vigencia de regulaciones ambientales a la actividad de las empresas. Este hecho sirve para refutar la concepción neomalthusiana adoptada por numerosas organizaciones ambientalistas, que bajo el latiguillo de que “la Tierra está siendo arrasada por los humanos” considera que el problema es la sobrepoblación del planeta, derivando en una posición centrada en la responsabilidad individual por la depredación del ambiente.



 

Hoy en día, al contrario de lo que sostienen estas concepciones, asistimos a una sobreproducción enorme de mercancías (entre ellas de alimentos) y a la destrucción en masa de fuerzas productivas. El problema no es la escasez de recursos, si no la anarquía capitalista que domina la producción. Es también este dominio privado de cómo y cuánto se produce lo que hace inocuo cualquier intento de resolver la crisis en base a atacar los patrones de consumo, sencillamente porque estos responden a los patrones de la propia producción. En definitiva, lo que se revela es la falsedad de las teorías que buscaban absolver al modo de producción capitalista por los efectos de la crisis climática.


Hoy nuevamente podemos ver un movimiento ambiental a escala global, principalmente motorizado por la juventud. Si en parte esto responde a los efectos ya evidentes del calentamiento global –incendios forestales, derretimientos de glaciares, picos de temperaturas-, también es un producto de que, mientras los Estados se jactaban del establecimiento de mecanismos de control en materia ambiental, se desarrollaron miles de organizaciones ambientales y asambleas populares a lo largo y ancho del mundo para defender las condiciones de vida de los pueblos afectados por el saqueo perpetrado por los grandes pulpos multinacionales. Estos movimientos que proliferaron en los países oprimidos chocaron contra los Estados, que actúan como garantes de los pulpos imperialistas. Es lo que ejemplificó a principios de este año la rebelión mendocina que derrotó el intento de habilitar la minería contaminante en la provincia.


Las condiciones insalubres de producción y de vida que caracterizan a la sociedad actual están en la base de la situación que vivimos hoy con la pandemia. Esta, a su vez, agravó la crisis económica e hizo entrar al mundo en una profunda depresión. Los gobiernos concentran todos sus recursos en intentar rescatar a los capitalistas de la quiebra, y se recrudecen los enfrentamientos entre las potencias, como lo muestra el caso del petróleo. En este cuadro, menor es el margen para ilusionarse en una evolución pacífica hacia un capitalismo verde en base a acuerdos de regulación internacional. La ONU, al fin y al cabo, nunca fue otra cosa que una cumbre al servicio del imperialismo. La necesidad de organizarnos de manera independiente de los gobiernos y los Estados se hace más clara a la luz de la pandemia.


Esto vale especialmente para la Argentina, donde el gobierno de Alberto Fernández asumió prometiendo que pagaría la deuda al FMI y los bonistas gracias a la recaudación de dólares por una mayor exportación del petróleo y el gas de Vaca Muerta, de la megaminería contaminante y de los pooles de siembra de la soja. La crisis no cambiará esta orientación, sino que refuerza la entrega, como se ve en la propuesta para el repago de la deuda externa.


Para hacer sustentable al planeta hay que atacar el problema de raíz, lo que implica luchar por una socialización de los medios de producción para terminar con el saqueo y la anarquía de la producción capitalista.


A 50 años de aquella histórica movilización del primer Día de la Tierra, desde Tribuna Ambiental levantamos bien en alto la bandera de la unidad obrero–estudiantil contra la depredación capitalista del planeta. Para ponerlo en pie, planteamos la convocatoria a un plenario nacional de organizaciones ambientales, juveniles y sindicales que elabore un programa y un plan de acción en defensa del ambiente y de nuestras condiciones de vida.


Como reza el himno de los socialistas: la Tierra será el paraíso…