Aniversarios

13/5/2020

A 75 años de la derrota de la Alemania nazi a manos de la URSS

Una victoria de las premisas del socialismo.

El 8 de mayo de 1945 el mariscal Wilhelm Keitel firmaba la rendición sin condiciones de Alemania dando fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa. El contexto estaba dado por el suicidio previo de Hitler, ocurrido el 30 de abril, y la conquista de Berlín por la Unión Soviética el 2 de mayo luego de una batalla de dos semanas que tuvo el costo de 500.000 vidas. Desde 1942, con la batalla de Stalingrado, el Ejército Rojo y los trabajadores y campesinos de la URSS y la Europa ocupada venían haciendo retroceder al ejército alemán produciéndole las mayores bajas de toda la guerra y provocando el derrumbe final del nazismo. Esta epopeya de alcance histórico, y a la vez plagada de claroscuros, arroja conclusiones elementales para los trabajadores en la actualidad.


El frente oriental


Si bien la Segunda Guerra Mundial tuvo frentes de batalla en 4 continentes y multitud de regiones, el núcleo del conflicto fue el frente oriental abierto por Alemania con la invasión de la URSS en 1941. Se trataba de la materialización de la esencia contrarrevolucionaria del nazismo y del intento de concretar un objetivo que hasta el inicio de la guerra era común para todas las potencias imperialistas: el aniquilamiento de la URSS en tanto Estado surgido de la primera revolución socialista triunfante en la historia[1]. Que esta idea era apoyada por los países capitalistas de todo pelaje puede verse en la negativa de Inglaterra de oponerse al hitlerismo hasta que sus propios intereses fueron puestos en peligro, y en la continua política de “apaciguamiento” hacia Hitler ante las primeras manifestaciones del expansionismo alemán en Austria o Checoslovaquia. Junto con su carácter contrarrevolucionario, para los nazis, la invasión de la URSS era vista como la posibilidad de obtener un amplio espacio de colonización económica (el Lebensraum en el “mito” nazi), a despecho de la población local que fue tratada como “racialmente”’ inferior. Las tropas hitlerianas avanzaban arrasando pueblos y aldeas, millones de prisioneros fueron asesinados, las ciudades eran sitiadas para colocar a la población en la inanición, y así, la Unión Soviética perdió 20 millones de vidas. Hitler contaba con el apoyo y sustento de la gran burguesía industrial alemana para sus planes, la misma que se benefició enormemente en toda la guerra abasteciendo a los ejércitos nazis[2].


Alemania movilizó más de 3 millones de soldados para el ataque en lo que constituyó la hasta entonces mayor campaña militar que hubiera tenido lugar. En los primeros meses de la invasión, el avance alemán parecía incontenible, sitiando Leningrado y llegando a las puertas de Moscú.


La responsabilidad de Stalin y la burocracia soviética en relación a estos sucesos es absoluta. En los “juicios de Moscú”, fueron eliminados los generales más experimentados del Ejército Rojo[3], con lo que la guerra lo encontró sin una oficialidad capaz. En 1939 tuvo lugar el pacto Ribbentrop–Molotov con el que Stalin habilitó la conquista y reparto de Polonia, y cubrió a Hitler de la posibilidad de una guerra en dos frentes mientras tenía lugar la invasión de Francia[4]. Como parte de las relaciones con Alemania, la URSS continuó exportándole materias primas hasta días antes de la invasión de la misma; incluso, Stalin desoyó las advertencias de los servicios secretos sobre un ataque alemán inminente. Al comienzo del ataque, las naciones oprimidas por la burocracia del Kremlin, como Ucrania, saludaban a los invasores como libertadores.


De manera que la victoria militar de la Unión Soviética se explica por las virtudes de la economía planificada y por el vigor de los trabajadores y campesinos en la defensa de su Estado y de sus vidas ante la guerra de exterminio a la que se enfrentaban. A diferencia de lo que ocurrió con otros países ocupados, en la URSS no había una burguesía que pudiera transformarse en colaboradora. Por eso mismo, las industrias más importantes pudieron desmontarse y reinstalarse en zonas fuera del alcance alemán. En el mismo sentido, el conjunto de los recursos materiales pudo volcarse en favor de la derrota del invasor. Así, desde 1942 el Ejército Rojo logró propinarle derrotas sistemáticamente a la wehrmacht (las fuerzas armadas de la Alemania nazi) forzando su rendición.


El desenlace


Es habitual que el final de la Segunda Guerra Mundial sea explicado, sobre todo en los medios de comunicación o en el cine, a partir del desembarco aliado en Normandía (Francia) ocurrido en 1944 con el objetivo de darle un papel protagónico al imperialismo “democrático” estadounidense. Sin embargo, un rápido repaso de la cantidad de divisiones dispuestas en cada frente, incluso hasta el final del conflicto, permite dar cuenta de que el principal teatro de operaciones continuó siendo el este[5]. Lo que busca la producción mediática tradicional es privar a los trabajadores de la conciencia acerca del papel clave que jugó la estructura social del Estado soviético a la hora de derrotar a las fuerzas hitlerianas. Este relato sobre la guerra no es más que la expresión superficial de una política contrarrevolucionaria orquestada tanto por el imperialismo vencedor como por la burocracia soviética ante la apertura de una situación revolucionaria en todo el continente en la posguerra.


Desde la conferencia de Teherán (1943), Stalin, Churchill y Roosevelt planificaron un reparto del mundo ante la caída del nazismo. A cambio de otorgarle una “zona de seguridad” en Europa oriental, Stalin debía garantizar que no habría de ninguna manera un cambio de régimen social en Europa occidental o meridional. Así, y como parte de esta política, el avance del Ejército Rojo sobre los territorios alemanes fue alimentado ideológicamente con el planteo de la culpabilidad general de la población alemana y la equiparación entre el nazismo y los alemanes, habilitando la expulsión de habitantes y todo tipo de vejaciones. En el mismo sentido actuaron los aliados “democráticos” bombardeando a la población civil en ciudades como Dresde cuando la guerra ya estaba definida. Los planes aliados para Alemania[6], tanto su división como los planteos acerca de su ruralización y desindustrialización tenían el mismo contenido contrarrevolucionario de impedir que surgiera una intervención obrera independiente. La filtración pública de estos planes fue usada por el nazismo para forzar la resistencia alemana hasta las últimas consecuencias.


A pesar de la política contrarrevolucionaria del estalinismo, la victoria soviética en la guerra es un patrimonio histórico de la clase obrera. Solo la centralización de todos los recursos disponibles y la planificación económica lograron derrotar a la más terrible maquinaria criminal que conoció la humanidad. Se trató, entonces, de una victoria de las premisas del socialismo.


A 75 años de la victoria sobre el nazismo, nos encontramos en la peor crisis capitalista desde la que estalló con el crack financiero de 1929 y con una tendencia creciente a las guerras y choques comerciales y políticos, pero también militares. Como en ese momento, la clase obrera está llamada a intervenir para que la barbarie capitalista no arrastre a la humanidad a nuevos desastres.


 


[1][1] “El hecho nuevo es que en su tentativa de revisión (de la Paz de Versalles) la Alemania de Hitler se beneficia indirectamente de la existencia de la URSS, y que los gobiernos occidentales consideraran siempre seriamente las posibilidades de desviar el expansionismo alemán en dirección de la URSS, en beneficio de todos ellos, lo que explicaría una política de otro modo incomprensible… La Segunda Guerra Mundial constituye la continuidad tanto de la Primera Guerra como de la tentativa de los imperialismos coaligados de destruir a la revolución en los países europeos destruyendo militarmente la Revolución Rusa por la intervención armada a través de la guerra civil” Broue, Pierre, Curso de historia del siglo XX, Grenoble, IEP, 1977


[2] “Así, los resultados de la investigación sobre el periodo inmediatamente anterior a la guerra, aunque todavía sean fragmentarios, muestran que el capital monopolista alemán estaba siguiendo un amplio y complejo programa de objetivos de guerra para extender su dominación sobre Europa y sobre el mundo. El núcleo del programa era la destrucción de la Unión Soviética. Dos objetivos principales en el terreno de la guerra y el expansionismo, aglutinaron a la camarilla de Hitler, a todos los monopolios y grupos monopolistas importantes, desde el principio: el “desmantelamiento de Versalles” y la “incautación de un nuevo espacio vital en el este”” Eichholtz, D. Citado en Milward, S. La segunda guerra mundial 1939-1945, Barcelona, Crítica, 1986, pág. 22


[3] “Toda la vieja guardia bolchevique fue sometida al exterminio físico, fusilados los organizadores del partido, los participantes en la Revolución de Octubre, los edificadores del Estado soviético, los dirigentes de la industria, los héroes de la guerra civil, los mejores generales del Ejército Rojo, entre ellos Tujachevski, Iakir y Uborevich” Trotsky, L. La revolución traicionada ¿Qué es y adónde va la URSS? Madrid, Fundación Federico Engels, pág. 10


[4] “Sin embargo, para orientarse correctamente en las fu­turas maniobras de Moscú y en la evolución de sus relaciones con Berlín es necesario responder esta pregunta: ¿se propone el Kremlin utilizar la guerra en beneficio de la revolución mundial, y si es así, de qué manera? El 9 de noviembre Stalin consideró necesario rechazar, muy ásperamente, la suposición de que él desea “que la guerra se prolongue lo más posible, hasta que sus protagonistas queden completamente exhaustos”. Esta vez Stalin dijo la verdad. Son dos las razones por las que no desea en absoluto una guerra prolongada: primero, porque inevitablemente la URSS se vería arrastrada en la vorágine; segundo, porque inevitablemente estallaría la revolución en Europa. El Kremlin, con toda legitimidad, aborrece ambas perspectivas.” Trotsky, L. “Los astros gemelos: Hitler – Stalin” en https://www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/escritos/libro6/TXIV124.htm


[5] Cuando los aliados abrieron el frente occidental dispusieron de 91 divisiones que enfrentaban a 65 alemanas. Al mismo tiempo, en el este la Wehrmacht disponía de 235 divisiones contra 560 del Ejército Rojo.


[6] “La dureza de la penetración del Ejército Rojo en tierras alemanas fue saludada, desde occidente, como un castigo más que merecido al que, por otra parte, no se daba demasiada relevancia. Abundaban las propuestas para reeducar, de una vez por todas, la mentalidad del pueblo alemán: el más famoso de tales proyectos fue el plan Morgenthau, que culpaba a la gran industria de fomentar el nazismo y preveía la reducción de Alemania a una economía agraria” Veiga, F., U. da Cal E., Duarte A., La paz simulada. Una historia de la guerra fría, 1941 – 1991, Madrid, Alianza, 1997, pág. 75