17/10/2020

A 75 años: el 17 de octubre y el peronismo en perspectiva

La movilización del 17 de octubre del ’45 fue una respuesta obrera, que se fue abriendo paso frente a las vacilaciones de la burocracia de la CGT y la claudicación del propio Perón, frente al golpe que había vehiculizado un sector del ejército, que el día 9 destituyó a Perón de todos sus cargos en el gobierno de la presidencia de Farrell, y el 13 lo encarceló en la isla Martín García. La movilización se abrió paso en los grandes centros obreros del conurbano a partir de la agitación contra el encarcelamiento de Perón. En Berisso, por ejemplo, los trabajadores de los frigoríficos coparon la Ciudad de La Plata, imponiendo un paro que tuvo como precedentes grandes movilizaciones el 15 y 16, y tuvo continuidad en la jornada del 18 de octubre1. La movilización empujó a la CGT, que había convocado a un paro recién para el 18 de octubre.

El arrastre de la base obrera tenía un sentido político preciso: se trataba de defender las conquistas arrancadas entre 1944 y 1945, que eran a su vez el resultado de una larga y tenaz lucha de los trabajadores argentinos y, por otro lado, de un cuadro internacional de alcance revolucionario. Al contrario de lo que sostiene la mitología peronista, la clase obrera tenía una larga experiencia de organización antes del peronismo. Los trabajadores venían de protagonizar la enorme huelga general del ’36, catalizada por la huelga de la construcción.

A nivel internacional, al mismo tiempo, el ascenso del peronismo coincidió con el declive del fascismo. El derrumbe del fascismo europeo a manos de los aliados y el peso en ascenso de los Estados Unidos fueron inclinando la balanza en la burguesía argentina y forzando al mismo gobierno, renuente, de Farrell, a declarar la guerra al Eje (Roma–Berlín–Tokio). Pero el derrumbe militar y político del nazifascismo tuvo otro sentido: alumbró inmediatamente situaciones prerrevolucionarias, por ejemplo, en Italia, Grecia, China. La situación internacional venía de las grandes conmociones revolucionarias previas a la guerra: la guerra civil española o la revolución rusa.

Este conjunto de factores explica la política “obrera” de Perón, que se apoyó en concesiones para sostener, en su famoso discurso en la Bolsa de Comercio de 1944: “es necesario saber dar un 30 por ciento a tiempo que perder todo a posteriori”. Pero esta política se basó en concesiones ampliamente valoradas por los trabajadores: el aguinaldo, los convenios colectivos, las jubilaciones, los aumentos salariales y el reconocimiento de una sindicalización masiva y de las comisiones internas que cambió la relación de fuerzas en los lugares de trabajo en todo el país. De manera tal que la reacción obrera frente al golpe contra Perón apuntó a defender el régimen bajo el cual se habían obtenido estas conquistas obreras centrales.

El peso de las conquistas obreras del primer peronismo, condicionado como se ve por el alcance revolucionario de la situación social de la posguerra, es un factor de peso en la Argentina hasta el día de hoy: desde el segundo gobierno del propio Perón, con la crisis de 1952, el ataque a los convenios colectivos, los salarios y las jubilaciones ha sido un eje de todos los gobiernos. Este ataque fue central incluso para los gobiernos peronistas, atados a una burguesía nacional que tuvo como política ir reduciendo el alcance y desmantelando las conquistas históricas del movimiento obrero. Ejemplos sobran: desde el “pacto social” de Perón en el ’73, el rodrigazo en el ’75, los ataques a los convenios bajo el menemismo, la precarización laboral convalidada como política de Estado bajo el kirchnerismo, bastan para mostrar esa continuidad histórica que tiene hoy un nuevo episodio en el intento de aplicar una reforma laboral de hecho bajo la pandemia.

Frente a estas conquistas obreras, la izquierda estalinista y el socialismo cavaron su propia tumba: ignoraron este proceso y caracterizaron al peronismo como fascista, alineándose con la proimperialista Unión Democrática.

Nacionalismo burgués

La consigna central de la campaña electoral del peronismo fue “Braden o Perón”. La intervención abierta de Braden, el embajador norteamericano, en defensa de la Unión Democrática fue un dato saliente de la situación política. Con esta consigna y apoyándose en la movilización de los trabajadores, el peronismo se abrió paso como movimiento nacionalista, de contenido burgués.

Explotó una crisis de alcance internacional entre Estados Unidos y Gran Bretaña, con choques de intereses desde la etapa final de la guerra. Perón pactó con el imperialismo inglés una nacionalización de los ferrocarriles ampliamente favorable a los ingleses, a cambio de los saldos exportables del comercio de guerra que poseía en su favor la Argentina. La política de nacionalizaciones alcanzó a otras áreas, como la ITT (telefónica). Con la intervención del comercio exterior, a través del IAPI, Perón volcó parte de la renta agraria a subsidiar a la industria nacional. Una política que luego revirtió, sosteniendo al agro frente a las malas cosechas y la caída de los términos del intercambio en la crisis de los años ’50.

Estas medidas de corte nacionalista ampliaron el margen de maniobra del Estado y de la burguesía nacional. Sin embargo, en comparación, incluso, con otros movimientos nacionalistas, el peronismo se quedó muy atrás. El ejemplo más importante del carácter timorato de las medidas del peronismo es no haber nunca encarado ni siquiera un atisbo de reforma agraria (como sí lo hicieron otros nacionalismos latinoamericanos) en un país donde el peso de la gran propiedad de la tierra es un tema absolutamente crucial. En suma la política de “redistribución” sin tocar las relaciones de propiedad y las nacionalizaciones pagas dieron paso prontamente a una crisis que llevó al propio Perón a encarar las campañas por la “productividad”, y a buscar una alianza con el imperialismo sobre el fin de su mandato, a través de los convenios con la Standard Oil y el préstamo del Exim Bank.

Los límites insalvables del nacionalismo burgués para desarrollar al país y sacarlo del atraso se pusieron prontamente de manifiesto con el peronismo.

Clericalismo

El discurso en la Bolsa de Comercio, con su postura de defensa del orden social, marcó a fuego el carácter y las perspectivas del peronismo. Lejos de cualquier movimiento “revolucionario”, la preocupación extrema de Perón por contener al movimiento obrero y defender la autoridad política del Estado fue una constante a lo largo de su vida, algo que puede resultar contradictorio con una personalidad política que fue salvada del ostracismo por una movilización obrera independiente. Este carácter conservador se puede observar en la relación de Perón con la Iglesia.

El peronismo le entregó a la iglesia enormes avances. Por un lado, convalidó en 1947 la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas del Estado, que había sido introducida por decreto en 1943 por el presidente Ramirez. Por otro, el peronismo sostuvo la intervención clerical en las universidades nacionales, granjeándose la hostilidad del estudiantado, que se alineó con la oposición gorila en todo el país. La introducción por Perón del clericalismo en las organizaciones sindicales es un dato que tendría peso posterior a lo largo de toda la historia argentina hasta la actualidad, y formó parte de un operativo político muy preciso para borrar al PC, al socialismo y al anarquismo de los sindicatos y reemplazar ideológicamente esas corrientes por la adhesión al nacionalismo y el apoyo a la iglesia. La crisis de Perón con la iglesia en 1954 no pudo borrar los avances que hizo el catolicismo en todo el período de auge del peronismo, 1943–1954.

Regimentación

La movilización obrera semiespontánea que caracterizó al 17 de octubre no volvió a reiterarse bajo el gobierno peronista. Por el contrario, lo que caracterizó al peronismo fue el avance en la regimentación extrema de los sindicatos, la tutela estatal sobre las huelgas, prohibiendo las no autorizadas, y la manipulación de la direcciones sindicales por parte del Estado. El ejemplo más fuerte de este proceso fue el apartamiento y luego la condena a prisión, con torturas incluidas, para la cúpula del inicial “Partido Laborista” que había servido como andamiaje electoral del peronismo en la elección de 1946. Así, por ejemplo, fue condenado Cipriano Reyes, dirigente del gremio de la carne quien escribió el libro Yo hice el 17 de octubre. El carácter de regimentación de las organizaciones sindicales se expresó fuertemente en la Constitución del ’49, que condicionó totalmente el derecho a huelga.

El movimiento obrero pagó muy cara su subordinación al peronismo. Perón, teniendo una parte mayoritaria del ejército a su favor, capituló frente al golpe del ’55  y eligió retirarse al Paraguay aduciendo no querer derramar “sangre de los argentinos”. Sangre que de todas formas fue derramada y en abundancia por las dictaduras posteriores. Perón eligió entregarle el poder a los golpistas antes que movilizar y eventualmente armar a los trabajadores contra el golpe, cosa que reclamaban sectores obreros del propio peronismo. Perón eligió no tomar el camino del MNR (boliviano), cuya resistencia al golpe en 1952 había abierto paso a una intervención obrera de alcance revolucionario.

1 “El 17 y 18 de octubre de 1945: el peronismo, la protesta de masas y la clase obrera argentina”, Daniel James en Revista Desarrollo económico 107.

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Artículo publicado originalmente el 30 de abril de 2014.
Entre una crisis terminal del peronismo local y su unidad para avanzar con el ajuste en Chubut.