08/03/2007 | 982

¡Abajo el zar!


Enero de 1917 comenzó con duras advertencias para la monarquía rusa. Informes de la Ojrana (el servicio oficial de espionaje) advertían a los gobernantes que el costo del carbón se había quintuplicado desde el inicio de la guerra y el de los alimentos se había multiplicado por siete. Pero estos aumentos palidecen ante la inflación que azota a Rusia a comienzos de 1917; la mayoría de los trabajadores no pueden comprar huevos, carne, azúcar, leche o frutas. El pan se convierte en la comida principal y casi única. “Los niños se mueren de hambre en el sentido más literal de la palabra”, advierte un agente de la Ojrana. “Si hay una revolución, será una revuelta del hambre”, advertía.


 


A mediados de enero comenzó a faltar el pan; a mediados de febrero, Petrogrado recibía apenas la mitad de lo recibido en diciembre. “Un abismo se abre entre las masas y el gobierno”, advertía otro agente de la Ojrana. “La revolución estaba lista aunque los revolucionarios no estaban todavía preparados para la acción”, recordaría más tarde el funcionario monárquico Shulgin.


 


En enero, el frío y el hambre empujaron a los trabajadores a la huelga. El 9 de enero, aniversario del “Domingo Sangriento” de 1905 (el comienzo de la primera revolución), 150.000 trabajadores fueron a la huelga en Petrogrado; varios cientos de miles los acompañaron en toda Rusia. Uno de cada tres huelguistas levantaba reivindicaciones políticas: “¡Abajo la guerra!”, “¡Abajo la autocracia!”.


 


Una nueva serie de huelgas comenzó el 14 de febrero. Más reivindicaciones políticas: “¡Viva la segunda revolución!”. El gobierno envió a los cosacos contra los huelguistas pero un observador agente de la Ojrana informaba que “daba la impresión de que los cosacos estaban del lado de los huelguistas”. En la semana siguiente, 200.000 trabajadores fueron a la huelga. Las consignas contra la guerra y contra el zar se hicieron comunes.


 


El jueves 23 de febrero amaneció frío y soleado. La intelectualidad y la burguesía de Petrogrado no hablaba de otra cosa que del estreno de la obra teatral Mascarada, dirigida por el vanguardista Meierhold. Las masas obreras tenían otros problemas. Los rumores de que faltaría (todavía más) el pan llevaron a decenas de miles de mujeres a formar colas en las panaderías desde antes de la madrugada. El embajador de Francia, de regreso del teatro, recuerda la “expresión siniestra” con que lo miraban esas mujeres proletarias.


 


El 23 de febrero se celebraba en Rusia el Día Internacional de la Mujer (en coincidencia con el 8 de marzo en Europa; bajo el zarismo, Rusia mantenía el calendario juliano, que difería en trece días del occidental). Los revolucionarios esperaban que ese día no hubiera manifestaciones ni huelgas; pretendían reforzar su organización en las fábricas antes de lanzar una nueva oleada de huelgas.


 


Pero las mujeres obreras, que trabajaban largas jornadas por salarios mucho más miserables que los de los hombres, salieron a la huelga. Una sola consigna: “¡Pan!”. A las diez de la mañana, se habían reunido veinte mil; poco después ya eran cincuenta mil. Al llamado de las mujeres, los obreros de algunas fábricas se unieron a la manifestación. Aparecieron banderas reclaman el fin de la guerra y la caída del zar. Al anochecer, mujeres y adolescentes saquearon panaderías y almacenes de alimentos.


 


Pocos revolucionarios esperaban que la lucha continuara al día siguiente; lo mismo pensaban las autoridades. Confirmando los pronósticos, Petrogrado amaneció en calma. Pero durante toda la noche, activistas obreros se habían lanzado a organizar la huelga, aunque muchos de sus dirigentes todavía se oponían a continuar las manifestaciones. A media mañana, miles de obreros comenzaron a marchar hacia el centro; a su paso, se sumaban nuevos contingentes. Los cosacos les impedían el paso. Nuevamente las mujeres se pusieron a la cabeza, reclamando a los cosacos que no dispararan contra el pueblo hambriento. Los cosacos no atacaron. Los obreros cruzaron los puentes y entraron en la ciudad, donde enfrentaron a la policía. La noticia de los enfrentamientos hizo estallar huelgas en todos los distritos. Los manifestantes llegaron al centro de la ciudad, algo que no ocurría desde 1905. Nuevamente, los cosacos no reprimieron. Las autoridades temían ordenarles que reprimieran porque podían insubordinarse y unirse al pueblo. Al fin del día, en el que se duplicó el número de huelguistas, las autoridades planificaron la represión para el día siguiente. El ministro de Interior Protopopov no asistió al cónclave porque, según otro ministro, estuvo intentando toda la noche comunicarse con el espíritu de Rasputin para pedirle consejo…


 


Nadie creía que las manifestaciones se convertirían, al día siguiente, en una huelga general. Los trabajadores realizaban esfuerzos para evitar chocar con ellos. La policía era otra cosa. Para enfrentarla, los trabajadores se prepararon de la manera más conciente. Muchos llevaban protección debajo de sus ropas para evitar ser heridos con sables o con los pesados látigos que usaba la policía; otros llevaban piedras, barras de metal, cuchillos. Unos pocos, cargaban revólveres.


 


Después de tres días, los trabajadores de la gran fábrica Putilov se sumaron a la lucha. Desde todos los distritos obreros, las columnas convergían en la capital. Cuando la policía las atacaba, los trabajadores respondían o, más frecuentemente, reclamaban el apoyo de soldados y cosacos. En más de una oportunidad, los soldados liberaron a los obreros de la policía; a media mañana, un grupo de soldados se pasó con sus armas del lado de los manifestantes. Así se produjo la primera deserción de la guarnición.


 


El zar Nicolás, el sanguinario, había ordenado que se disparara a los manifestantes con fusiles, ametralladoras y cañones si fuera necesario. Los jefes policiales de la ciudad prepararon la masacre, organizando destacamentos conformados por oficiales y cadetes, que dispararon con ametralladoras contra el pueblo. Los trabajadores se retiraron, dejando muertos y heridos. Algunos consideraban que la batalla estaba perdida. Pero había una mayoría resuelta: “¡Compañeros, es ahora o nunca!”.


 


Los trabajadores se retiraron pero dispuestos a continuar la lucha para la que necesitaban fusiles y armas. Destacamentos obreros comenzaron a requisarlas en los arsenales, armerías y fábricas de material bélico. Otros destacamentos fueron a los cuarteles, a hablar con los soldados. Por la tarde, la agitación revolucionaria sobre los cuarteles comenzaba a dar resultados. Casi al caer la noche, se rebeló el regimiento Pavlovsky.


 


Todos —los revolucionarios y el gobierno— sabían que al día siguiente se decidiría con quien estaban los soldados y, con ello, el destino de la insurrección.


 


En las primeras horas de la mañana del ’27, los oficiales del regimiento Volynski intentaron movilizar sus tropas contra los trabajadores. Los soldados se negaron a marchar. Frente a las amenazas de los oficiales, un sargento disparó contra un comandante; siguió un tiroteo donde fueron muertos varios oficiales. Con esos disparos, los soldados del Volynski cruzaron el Rubicón de la revolución: sólo su victoria podría salvarlos de la horca. Los siguieron otros regimientos. Los trabajadores habían conseguido armas en los arsenales, en las prisiones (donde habían sido liberados los presos) y en las estaciones de policía.


 


El levantamiento envolvía ya un cuarto de millón de habitantes de Petrogrado. Uno de cada diez, era un soldado; tres obreros de cada diez estaban armados. Al llegar la noche, la revolución tenía tropas, armas y hasta coches armados. Al día siguiente, la totalidad de la guarnición de Petrogrado se pasó a la insurrección. De allí se extendió a las guarniciones de Kronstad, Luga y Moscú. En la noche del 27 de febrero, la revolución era ya imparable. Esa misma noche, en el Palacio de Tauride, comenzó a sesionar el Soviet de Petrogrado, el consejo de delegados obreros que había dirigido la revolución de 1905.


 


Desconociendo la envergadura de las fuerzas desatadas, el zar Nicolás (que se encontraba en el Estado mayor del frente, fuera de Petrogrado), designó al general Ivanov con poderes dictatoriales y se decidió a volver a la capital. Ivanov jamás pudo ejercer su mandato ni, siquiera, reunir las tropas que se le habían asignado. En cuanto al Zar, su tren fue desviado una y otra vez por los obreros ferroviarios, que lo tuvieron vagando por dos días.


 


Mientras la revolución crecía, los miembros de la Duma (parlamento) conspiraron con el Zar para que designara un “gabinete responsable” ante la Duma. Cuando Nicolás lo aceptó, ya era tarde. Las masas reclamaban su caída. Nuevamente, los miembros de la Duma conspiraron con el Zar para salvar la monarquía, abdicando en beneficio de su hijo y, luego, de su hermano, el gran duque Miguel. Pero nuevamente los conspiradores llegaron tarde. La victoria de la insurrección en Petrogrado y Moscú y el pasaje de las guarniciones de Vyborg, Helsinforgs, Reval, Pksov, Divnsk y Riga al campo de la revolución hicieron inevitable la caída de la monarquía. Los antiguos monárquicos enquistados en la Duma repentinamente se volvieron republicanos. Uno de ellos explicaba entonces que “si no tomamos el poder, entonces lo harán otros, que ya han elegido a ciertos delincuentes en las fábricas como delegados al Soviet”.


 


El 9 de marzo, Nicolás II y su familia fueron detenidos. La Revolución de Febrero había triunfado.


 


(Resumido del capítulo “¡Abajo el Zar!”, del libro “Pasaje a través del Armagedón: los rusos en la guerra y la revolución”, de Bruce Lincoln).