Aniversarios

15/6/1994|421

El desembarco en Normandía

Con el desembarco aliado en las costas normandas, los datos de la relación de las fuerzas militares y las perspectivas de la radicalización revolucionaria se modifican considerablemente. La derrota previsible del imperialismo alemán consagra por sí misma la victoria de los imperialismos que se le oponen. La iniciativa obrera, ¿Puede manifestarse, en tales condiciones, la iniciativa obrera?


El desembarco de los “libertadores”


El desembarco aliado prácticamente no es una sorpresa. Lo precipita la evolución de la situación militar y de las relaciones políticas entre los anglosajones y los soviéticos. Por el contrario, las fuerzas puestas en juego (5 divisiones desembarcadas y 3 divisiones aerotransportadas), la elección de la Bahía del Sena, en lugar del cruce más fácil del Paso de Calais, y la dispersión táctica sobre cinco playas distintas sorprenden a los alemanes.


Operación técnica audaz, el desembarco es antes que nada la transcripción en una acción militar espectacular del extraordinario potencial industrial americano: 5.000 buques y 4.000 embarcaciones, 1.200 aviones de transporte, millares de aviones caza y de bombarderos, tanques de todo tipo, un poder de fuego inigualable, un puente artificial, un oleoducto submarino, hacen de la empresa una verdadera demostración de las capacidades tecnológica e industrial de los Estados Unidos.


El dominio del mar y del aire que plantea tal poder desemboca naturalmente, a pesar de las dificultades técnicas, en el dominio del espacio terrestre. La debilidad de las pérdidas aliadas, 2.500 muertos el primer día del desembarco, confirma que la batalla comprometida en esta guerra moderna es antes que nada la batalla del material y de las máquinas, y que el complejo militar-industrial más poderoso del mundo es el que se asienta sobre las costas normandas, el 6 de junio de 1944, al amanecer.


La ofensiva aliada


Toda la estrategia aliada está por otra parte inspirada en este poderío. Eisenhower, general en jefe de las fuerzas aliadas que preside la operación, define como principio director la idea de un avance metódico y masivo. Habrá que esperar al 31 de julio para que la penetración decisiva en Avranches permita una progresión rápida. Pero aun allí, dejando de lado la idea defendida por el general inglés Montgomery de una ofensiva concentrada en la planicie del Norte, el punto de vista americano es el de un frente continuo, rechazar con fuerza al ejército alemán, o correr el riesgo de prolongar el conflicto.


Desde el 6 de junio, la población sigue con una inmensa esperanza las victorias aliadas. La Vérité lucha contra la corriente intentando recordar, en medio de la batalla, la finalidad imperialista de la guerra. “Son todos iguales”, afirma, en momentos en que los soldados aliados son recibidos como liberadores y los soldados alemanes víctimas de la ola chauvinista (La Vérité Nº 67).


La Vérité busca un punto de articulación con la movilización popular. Tratando de salir de la lógica militar impulsada por el curso de la guerra imperialista, toma la iniciativa obrera sobre el plano de las reivindicaciones materiales. La cuestión del abastecimiento y de la organización autónoma de los trabajadores que ella necesita (contactos inter-fábricas, organización de la alimentación de la población) permiten oponer, a la espera pasiva de los aliados, la búsqueda de una movilización obrera construida sobre bases autónomas (La Vérité Nº 66).


La cuestión queda planteada, entre tanto, acerca de la necesidad, a la hora de una guerra mundial, de hablar el lenguaje de las armas. Los datos políticos, sociales y estratégicos de la lucha armada dominan la situación internacional.


Las victorias del Ejército Rojo


En junio, el Ejército Rojo retoma, en acuerdo con los anglosajones, su ofensiva continental. Sobre un frente continuo de más de 1.000 kilómetros, los millones de soldados soviéticos realizan un avance espectacular. En Bielorrusia, se ganan en promedio 20 km por día: 600 km en dos meses. El 1º de agosto se alcanza el río Vístula. Antes de fin de año, Budapest es tomada y el ejército alemán se retira de Belgrado bajo la presión combinada de los guerrilleros de Tito y los soldados soviéticos (La Vérité Nº 69). El proceso que lleva a la liberación de Europa oriental y central está en marcha. Pero, detrás de la epopeya y el heroísmo puestos en juego, se plantea el problema de la significación profunda de estas extraordinarias conquistas militares, mientras que al paso de cada victoria, los países conquistados son sometidos mediante capitulaciones y armisticios. La Unión Soviética está estableciendo los límites de su zona de influencia.


La liberación de Europa oriental


En Finlandia, el régimen de Mannerheim permanece después de la invasión, pero las condiciones de capitulación son abrumadoras. Indemnizaciones, anexiones, limitaciones de soberanía, imponen a un gobierno reaccionario las medidas draconianas de un minitratado de Versailles.


En Polonia, la insurrección popular de Varsovia es aplastada bajo los ojos del general soviético Rokossovski, que se queda durante dos meses inmóvil, a pesar de la amplitud de las fuerzas militares a su disposición.


En Rumania, la URSS negocia un armisticio que permite al rey Miguel retornar, con el apoyo del Ejército Rojo, en contra de sus antiguos aliados. El país es ocupado, la vida política y la economía controladas.


En Bulgaria, un nuevo gobierno de Frente Patriótico se instala en estrecha alianza con los rusos.


Por todos lados, la URSS persigue objetivos militares para construir una zona de influencia. Las movilizaciones populares eventuales son, la mayor parte del tiempo, deliberadamente olvidadas en beneficio de una política de fuerza, propia de un ejército y un estado victoriosos (La Vérité Nº 75).


A partir de allí, lo que se juega en el enfrentamiento mundial es un nuevo reparto territorial y el objetivo confeso de un desmantelamiento de la nación alemana, más que de un aplastamiento del régimen hitlerista.


La resistencia de Alemania


Debido en parte a la falta de perspectivas, a causa también de los  numerosos discursos sobre el tema de la responsabilidad colectiva del pueblo alemán entre los aliados, y gracias a la extraordinaria capa de plomo del régimen nazi, Alemania resiste a la formidable coalición que se le opone. Aplastada bajo las bombas incendiarias en destrucciones apocalípticas, como la de Hamburgo y la de Dresde, diezmada sobre el frente Este, donde generaciones enteras se hunden en la sangre y el dolor, el pueblo alemán es quebrado, sin otra esperanza que la de la derrota rápida de su imperialismo.


En el interior del aparato del Estado, el sueño de una paz separada y “honorable” con los occidentales, percibida como una barrera contra el retorno de una ola revolucionaria comparable a la de 1918 y contra la amenaza de un Ejército Rojo victorioso, anima los círculos aristocráticos de una Wehrmacht que no ha sido completamente nazificada. Esta oposición, aislada de las masas y desacreditada por las capitulaciones anteriores frente al nazismo, no llega a salvar al imperialismo alemán de la catástrofe (La Vérité Nº 70).


¿Cuál es el lugar, en esta atmósfera de fin de guerra mundial, de la acción obrera? Frente a un Ejército Rojo orientado enteramente hacia una expansión del sistema stalinista y un pueblo alemán totalmente resignado a su suerte, los militantes de vanguardia tratan de orientar los acontecimientos en el sentido de un enfrentamiento revolucionario.


La liberación de París


Durante el verano de 1944, los progresos de la resistencia se traducen sobre todo por el aumento de los resistentes. En Bretaña, por ejemplo, los 20.000 FFI (1) de fin de junio se transforman en 80.000 a mediados de agosto. En toda Francia se da el mismo fenómeno, marcado en contrapartida por una acentuación de la represión alemana, cuyo precio se eleva, durante el verano, a 80.000 deportados y a numerosas masacres colectivas, como en Oradour-sur-Glane o en Tulle.


La acción armada de los resistentes intenta cortar las comunicaciones del ejército alemán, multiplicando los sabotajes, y trata de paralizar las unidades de la Wehrmacht mediante emboscadas incesantes. Refugiados en las ciudades, los soldados alemanes son desmoralizados por esta guerrilla multiforme.


Las FFI sirven también de auxiliares a las tropas angloamericanas, facilitando el ingreso americano hacia el Oeste. Luego de la unión de las unidades desembarcadas en Normandía y Provenza, forman la parte esencial de los efectivos comprometidos en la lucha contra los bolsones alemanes del Atlántico, de Brest, Saint-Nazare y Lorient. Las FFI proceden sobre todo a la liberación de miles de pueblos y ciudades medianas, eliminando así muchos obstáculos potenciales al avance aliado.


El ejemplo de París confirma a su manera esta acción y revela sus contradicciones.


La insurrección parisina


Olvidada de entrada en los planes militares de los aliados, que preferían evitar el obstáculo y la carga de una ciudad populosa, la capital se lanza a una insurrección que precipita la llegada de los primeros destacamentos de la 2ª División Blindada. El 16 de agosto, la movilización general es decretada por el Comité parisino de liberación; el 25 de agosto, el general von Choltitz firma el acta de capitulación frente a Leclerc, representante de los aliados, y el coronel Rol-Tanguy, miembro del Partido Comunista francés, representante de las FFI parisinas.


Una movilización considerable recorre la población. La huelga de los ferroviarios, el 10 de agosto, la del subterráneo y de la policía, el 15 de agosto, traducen su amplitud. Sensible a este amplio movimiento, el PCF lo orienta en un sentido patriótico y chauvinista. Juega un rol importante después de las manifestaciones que el 14 de julio estallan en diversos puntos de la capital detrás de las banderas tricolores. El 22 de agosto, L’Humanité titula: “Muerte a los boches (alemanes) y a los traidores”. Entre tanto, los comunistas son los primeros en lanzar, desde el 18 de agosto, el llamado a las armas. Esta iniciativa responde a la combatividad de los resistentes comprometidos en la acción armada, a la voluntad de lucha de amplios sectores de la población y a la afirmación necesaria, desde el punto de vista de la resistencia, de un combate nacional al lado de los aliados.


Los gaullistas del estado mayor de las FFI, dirigido por el general Koenig, comparten la idea de una presencia simbólica de Francia afirmando su independencia respecto de los aliados. Pero el temor de un desborde de las masas los hace contemporizar.


Al mismo tiempo, algunos círculos de la resistencia, en alianza con fuerzas de la colaboración, buscan asegurar la continuidad del Estado y la permanencia de las instituciones para preparar el relevo gaullista. Se establecen contactos, en julio, entre Laval (2) y Washington por intermediación de Madrid. Laval trata igualmente, el 12 de agosto, de convencer a Herriot (3) de convocar la Asamblea nacional para legitimar el cambio inminente de régimen. Por otra parte, la eventualidad de un enfrentamiento con los comunistas es preparado por ciertos elementos del Ejército secreto, que no dudan en tomar contacto con lo que queda de la Milicia (4) (La Vérité Nº 68).


En este contexto, La Vérité se esfuerza por influir sobre la situación planteando las reivindicaciones obreras y llamando a la formación de milicias proletarias. A mediados de agosto, los militantes trotskistas participan activamente en la puesta en pie en Argenteuil-Colombes de un comité interfábricas al oeste de la ciudad. El 30 de agosto, catorce fábricas están representadas en esta estructura de unidad que comienza a tomar a su cargo los problemas concretos del abastecimiento y de la lucha reivindicativa. Asimismo, en los primeros días de setiembre, surge un comité de enlace de las milicias de empresas que engloba más de cuarenta fábricas, hasta que es disuelto por la CGT (La Vérité Nº 71 y número del 17 de setiembre de 1944).


Al término de la insurrección, el 26 de agosto, De Gaulle hace su entrada triunfal en París. Se instaura una nueva legitimidad, y la continuidad del Estado, encarnada por el jefe de la Francia libre, puede afirmarse a partir de ahora  sobre el territorio nacional.


El rechazo de esta nueva Unión Sagrada, simbolizada por la disolución de las milicias patrióticas, mantiene a La Vérité en la ilegalidad (La Vérité, Nº 74 a 76). Alrededor del tema de la unidad de acción obrera, enunciada al momento mismo de la liberación de París, la corriente trotskista intenta plantear una fórmula gubernamental (La Vérité Nº 73). Esta es retomada y desarrollada en el primer congreso del PCI a través de la consigna de gobierno PC, PS y CGT (La Vérité Nº 77).


A partir del desembarco, los datos militares de la guerra pesan más que nunca sobre las modalidades de lucha de las masas obreras.


Tanto en la estrategia de los aliados como en la del Ejército Rojo, la amenaza de la insurrección obrera está siempre implícitamente presente. Ella está en el centro de las preocupaciones de algunos sectores de la resistencia y configura la obsesión de los vestigios de la colaboración. Sin embargo, su expresión armada potencial, a través de los resistentes, los grupos FTP (5) y las milicias patrióticas de fábrica, está directamente marcada por la influencia stalinista que, por medio del subterfugio del patriotismo y del chauvinismo, reintroduce la reivindicación obrera en el sistema unificador de la resistencia y del Estado burgués.