14/07/2016 | 1419

El levantamiento de Valle de 1956

Cuando la Libertadora se transformó en fusiladora


En una reciente sesión, la Cámara de Diputados votó una Declaración de homenaje a las víctimas de los fusilamientos de junio de 1956, “a manos de la dictadura militar”.


 


Reivindicamos la memoria de todos aquellos mártires  que cayeron combatiendo a las dictaduras en nuestro país y en el mundo. Pero no coincidimos con los fundamentos del proyecto, ya que no se trata de un mero ‘homenaje’. Avalado por diputados de la derecha PRO (Wisky, etc.), la Coalición Cívica (Sánchez, etc.), del peronismo (Massa, etc.) y el centroizquierda (Donda, etc.), se pretende que esos sucesos son cosa del pasado en momentos que el gobierno avanza contra las libertades democráticas, como lo revela el protocolo contra los piquetes o la represión contra las luchas obreras (Tiempo Argentino, Cresta Roja).


 


Se pretende anestesiar al pueblo trabajador que lucha por derrotar el ajustazo en marcha con una pretendida ‘unión nacional’, mientras el régimen pacta con los fondos buitres y el capital financiero nacional contra la masa trabajadora.


 


Por la metodología utilizada, los fusilamientos de 1956 fueron un antecedente no solo para décadas de represión, sino para el golpe genocida de 1976.


 


 


1955: impotencia del nacionalismo burgués


 


 


En septiembre de 1955 un golpe militar derrocó al gobierno de Perón. Lo llamativo fue que era un golpe, desde el punto de vista militar, minoritario. La mayoría de los mandos de las Fuerzas Armadas permanecieron leales al gobierno constitucional. Pero Perón resolvió no enfrentar el mismo, dado que la Marina y sectores del Ejército, aunque minoritarios, no estaban dispuestos a resignar posiciones. Para vencerlo había que confrontarlo. El golpe galvanizó el país: sectores de trabajadores marcharon a Plaza de Mayo y a la CGT, reclamando armas y constitución de milicias obreras, ante la pasividad del mando militar contra los golpistas. El fantasma de la revolución boliviana de 1952 donde los mineros y la clase obrera se movilizaron contra un golpe de la Rosca, derrotándolo y abriendo el acceso por un camino revolucionario al movimiento nacionalista burgués de Bolivia (MNR) al poder, estaba presente.


 


Contrario a esta irrupción obrera y popular, Perón se autoexilió al Paraguay.


 


Antes presentó su renuncia ante una Junta Militar integrada por 17 Generales para que negociara una transición. Esta inició sus negociaciones el 21 y entregó el poder a los golpistas el 23 de junio. A pesar de tener mayoría de comandantes, el gobierno nacionalista burgués de Perón prefirió rendirse, demostrando su profundo rechazo a todo proceso de movilización independiente de los trabajadores.


 


El golpe se autoproclamó Revolución Libertadora y junto a las profundas medidas contra la clase obrera, hizo una fuerte depuración del Ejército: de 86, 63 generales y más de 1000 oficiales y centenares de suboficiales fueron pasados a retiro. La dictadura recelaba de los militares que no se habían alzado contra el gobierno peronista y consolidaba una nueva mayoría reincorporando a gorilas dados de baja en anteriores intentonas golpistas.


 


 


El alzamiento de Valle


 


 


La clase obrera se encontraba derrotada y atomizada. La burocracia de la CGT,  que apenas producido el golpe se había entrevistado con el gobierno gorila y pactado una tregua, llevó a la parálisis y desorganización al movimiento sindical, lo que fue aprovechado por los militares y los partidos que lo apoyaban para intervenir gran parte de los sindicatos. En estas circunstancias se gestó un alzamiento militar. El que se puso a la cabeza del mismo, en la clandestinidad, fue el general Juan José Valle, uno de los 17 generales que conformaron la Junta Militar que traspasó el poder a los golpistas en el 55. Pasado a retiro, este organizó un alzamiento cuartelero, alejado de contacto con las masas trabajadoras. El gobierno de Aramburu y Rojas que lo había infiltrado esperaba la oportunidad: dejó correr este alzamiento para mejor reprimirlo, producir una depuración definitiva en las Fuerzas Armadas y acentuar el giro pro imperialista en la vida nacional, desplazando a sectores nacionalistas. El objetivo autoproclamado del alzamiento de Valle era la crítica al curso económico que había adoptado la Libertadora y el compromiso de convocar a elecciones democráticas con participación del peronismo, proscripto por la dictadura.


 


El presidente Aramburu, que tuvo que viajar a Salta, dejó firmados tres decretos instaurando la ley marcial, la pena de muerte y convirtiendo a cada jefe militar en juez y verdugo, esperando el desenlace del putsch. El levantamiento fue controlado y sus principales cabecillas fueron detenidos. Valle paso a la clandestinidad y ante la ola de fusilamientos que se descargó sobre los detenidos, negoció secretamente con el marino Manrique (quien tenía grado de capitán de navío) su entrega a cambio que la dictadura respetara su vida y la de los demás detenidos vivos. Pero esta no cumplió: Valle fue fusilado un día más tarde. Con toda premeditación y alevosía, 35 militares y civiles fueron ilegalmente ajusticiados. Los partidos ‘democráticos’ (desde la UCR, hasta el PS) se solidarizaron con el gobierno militar. Fue un golpe que apuntó a intimidar a la clase obrera, que estaba librando una lucha denodada contra la prepotencia patronal avalada por la dictadura en los lugares de trabajo.


 


La prensa ocultó los hechos, recién meses más tarde fueron dados a conocer a través de una serie de notas de Rodolfo Walsh.


 


 


Perón y la clase obrera


 


 


Producido el aplastamiento el alzamiento militar, la reacción inicial de Perón fue de repudio. El historiador Page dice: «En una carta que Perón envió a John William Cooke el mismo día del levantamiento de Valle, no había la más mínima traza de compasión por los militares rebeldes. El conductor criticaba su apresuramiento y falta de prudencia y aseguraba que sólo su ira por haber debido sufrir el retiro involuntario los había motivado a actuar». Desde el exilio Perón maniobraba para no perder su influencia política, pero cuidando de no chocar frontalmente con las Fuerzas Armadas. Enterados finalmente los trabajadores de lo sucedido, rebautizaron a la Libertadora como Fusiladora, transformando a los caídos en símbolo de la lucha antidictatorial. Perón se adaptó entonces a esta situación.  


 


Una nueva vanguardia obrera y de izquierda empezaba a desarrollarse advirtiendo la impotencia política del nacionalismo burgués peronista para enfrentar al golpe y producir una revolución social que transformara a la nación atrasada. La corriente orientada por Nahuel Moreno, que estaba iniciando su camino entrista en el peronismo, analizó el levantamiento de Valle, colocándose en un terreno común con el nacionalismo: “Si Perón, con todo en la mano, fue impotente para enfrentar la insurrección, con los métodos normales, policiales y del ejército, es fácil llegar a la conclusión que con los mismos métodos comunes no es posible enfrentar al gobierno. Siempre fracasarán” (Unidad Obrera, junio 1956). Es decir, blanqueaba a Perón. No era un problema de método, sino de estrategia política: la subordinación de la clase obrera al nacionalismo burgués la conducía al fracaso, solo la independencia política de los trabajadores permitía plantearse una lucha victoriosa.

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