17/08/2020

José de San Martín y los sepultureros de Mayo

José de San Martín fue un hombre de su tiempo, «un proceso histórico caracterizado por grandes transformaciones producidas por la ‘triple revolución’. Las tres revoluciones son: la emancipación de las colonias inglesas (Estados Unidos), la Revolución Francesa y la primera fase de la revolución industrial»1. Es decir, el agotamiento y el derrumbe del sistema colonial son capítulos de una etapa mundial de crisis y revoluciones. Las clases que lideraron este proceso fueron por sobre todo las clases criollas dominantes en cada región: aquí, los comerciantes y los estancieros y saladeristas, quienes tuvieron una limitación básica desde el momento que tuvieron que movilizar para las guerras de la independencia a las masas que ellos explotaban. La emergencia de corrientes que representaban a esas masas con posiciones más jacobinas fueron un constante desafío.

“Las clases dominantes criollas adaptaron las ideas liberales a sus intereses de clase, planteando la lucha contra el monopolio comercial español”2. Estos intereses coincidían con los intereses comerciales británicos de impulsar su industria, que querían abrir el mercado de la América hispana sin la intermediación española. En la Revolución de Mayo y su nuevo régimen, aun antes de terminar de fraguarse, las camarillas dirigentes buscaron acabar con la revolución y las alas más jacobinas. Estas tendencias dominaron en la Asamblea del año XIII y en el Congreso de 1816.

San Martín, como muchos dirigentes de esta época, tuvo una actitud dual. San Martín promovía la independencia, pero avaló la invasión de los portugueses a la Banda Oriental, que amputaba una parte del territorio de las Provincias Unidas, si servía para acabar con la corriente artiguista, que con su reparto de tierras, inquietaba a los propietarios porteños afectando a sus propiedades del otro lado del río.

San Martín era por sobre todo, un partidario del orden. Cuando fue a Perú puso en venta las propiedades comunales, favoreciendo la conformación de latifundios, a espaldas de las necesidades de los pueblos originarios, que era el 60% de la población de la región, en esa época. También Belgrano viró hacia posiciones conservadoras. Quien creó la bandera y fue protagonista en la batalla de Tucumán contra las órdenes del Primer Triunvirato, unos años después ordena fusilar al coronel Juan Francisco Borges, patriota y caudillo del federalismo santiagueño.

San Martín viajó a España de muy pequeño, junto a su familia para realizar una exitosa carrera militar, sirviendo durante 20 años a la corona española en la lucha contra los moros, los ingleses y los franceses. Se ligó a los liberales españoles y posteriormente a los ingleses y sudamericanos. Cuando se produjo la Revolución de Mayo, sintió la necesidad de volver y ofrecer sus servicios al gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

El regreso

San Martín llegó en 1812 a Buenos Aires. El Primer Triunvirato le reconoció su grado de Teniente Coronel y lo puso al mando de los Granaderos a Caballo, creado con su intervención. Junto a Alvear y Pueyrredón funda la Logia de Lautaro, que era una organización clandestina de características masónicas, liberal con un planteo centralista, ligada a otras logias en Chile, Venezuela e Inglaterra. En julio 1812 es derrotada una conspiración realista liderada por Álzaga  con el fusilamiento de más de treinta comerciantes, sacerdotes y militares.  La noticia de la victoria del Ejército del Norte al mando de Belgrano en la Batalla de Tucumán fue aprovechada por la logia como una señal para realizar un levantamiento cívico militar, dirigido por San Martín y Alvear. El golpe volteó al Primer Triunvirato, al que acusaron de ser poco decidido en la lucha por la independencia. Se nombra a un Segundo Triunvirato y se llama a la Asamblea (denominada la del año XIII), supuestamente para declarar la independencia y dictar una constitución. El levantamiento en el campo de la Banda Oriental había arrinconado a los realistas en Montevideo. Esto los obligó a saquear las costas del litoral para conseguir aprovisionamiento. San Martín los esperó y en San Lorenzo, con 165 granaderos, utilizando las mejores tácticas napoleónicas, derrotó a 300 soldados españoles. Luchó en primera fila utilizando su sofisticado sable corvo. Esta derrota alejó para siempre a los realistas de estas costas.

“El llamado Segundo Triunvirato era una virtual dictadura de la burguesía comercial porteña y británica”3. La Asamblea del año XIII “surgió para forjar una ‘unión nacional’ de la oligarquía porteña con las oligarquías provinciales, bajo el protectorado de la diplomacia británica”4. La asamblea se negó a declarar la independencia, a pedido del embajador inglés en Río de Janeiro, Lord Strangford, para preservar la alianza de Inglaterra con España, contra Napoleón. Los diputados artiguistas de la Banda Oriental, electos de forma democrática en 23 pueblos, fueron rechazados, Los orientales llevaban un mandato exigiendo la declaración de la independencia y un sistema federal que no tuviera como capital a Buenos Aires. Los orientales desconfiaban del gobierno porteño. Habían sido afectados por el acuerdo del Primer Triunvirato con los españoles con el auspicio de Lord  Strangford que entregaba la Banda Oriental y Entre Ríos a los españoles y que dio lugar al éxodo de miles de orientales hacia Entre Ríos. Si bien esa situación ya había sido superada desconociéndose ese acuerdo y el sitio a  Montevideo, todavía en poder de los realistas, se había restablecido.

San Martín y Alvear comienzan a tener diferencias. San Martín era partidario de la declaración de independencia. Alvear aprovecha las derrotas de Belgrano en el Alto Perú para enviarlo a San Martín al Norte a sustituirlo en la dirección del Ejército del Norte.

El nuevo plan: Chile y Perú

La situación política a nivel mundial había dado un viraje. En Europa triunfaba la reacción y la Santa Alianza. Fernando VII en España era repuesto en su trono, emprendiendo la reconquista de sus posiciones americanas5. En Cádiz se preparaba una expedición del ejército español, que corrían rumores de que podría venir al Plata. Pero cuando zarpó, se leyeron las instrucciones secretas del Rey en alta mar, que los enviaban a Venezuela. Esto se supo en Buenos Aires tiempo después. Paralelamente los realistas se reagrupaban en el Alto Perú, cuando San Martín se reunió con Belgrano.

San Martín plantea entonces un profundo viraje de la estrategia de la guerra de la independencia. En lugar de insistir en las campañas al Alto Perú, tal como había sido hasta entonces la política gubernamental, es partidario de sostener una línea de defensa en Salta y Jujuy y volcar el grueso de las fuerzas en una campaña hacia Chile para desde allí trasladar una gran fuerza militar por vía marítima a Perú, corazón del dominio español en América del Sur.

Más allá de las versiones que adjudican a este plan un origen británico (por lo pronto este plan era inviable sin el apoyo británico, directo o indirecto, ya que era la potencia marítima dominante de la época) lo que nos interesa destacar es el costado social y político del plan.

En su historia de San Martín, Mitre va a justificar esta estrategia en que “el movimiento de opinión del Alto Perú (favorable a la independencia) era orgánicamente débil como idea y como acción”. ¿A qué se refería Mitre? A la conducta y actitud de una minoría, las clases acomodadas, la aristocracia minera y terrateniente que, aunque mayoritariamente española, contaba también con componentes criollos más numerosos aun en las capas de comerciantes y pequeños hacendados. Son los que no solo traicionaron en su momento la rebelión de Tupac Amaru en la década de 1780 sino que colaboraron con el dominio realista después de 1810. Por el contrario, si tomamos en cuenta la intervención en la lucha contra los españoles de la masa popular, especialmente el 70% constituido por indígenas, mestizos y analfabetos, veremos que protagonizó una gesta llena de heroísmo. Desde 1810 hasta 1825 la guerra de guerrillas fue incesante enfrentando a las mejores tropas españolas. Sus heroicos líderes han quedado en su mayoría en el olvido.

La profundidad de la grieta social del Alto Perú ya había quedado en evidencia en 1811 cuando, al mando del primer ejército auxiliar, Castelli proclamó desde las ruinas del Tihuanaco en las afueras de La Paz la liberación de los pueblos indígenas de todas sus cargas y tributos y su absoluta igualdad con el resto de la población. Esto no solo provocó el rechazo de las clases acomodadas del Alto Perú sino que dividió al propio ejército “liberador” entre el ala democrática liderada por Castelli y los conservadores, división que está en la base de la derrota de Huaqui y de los sucesivos fracasos de los ejércitos “liberadores”.

José María Paz que participó de ese ejército y del siguiente lo resume en sus memorias “forzoso es decir que la aristocracia del (Alto) Perú nos era desafecta, desde que Castelli, con poquísimo discernimiento, la ofendió provocando los furores de la democracia. Creo hasta ahora que esta ha sido una de las causas que ha hecho del (Alto) Perú, el último baluarte de la dominación española»6. Tengamos en cuenta que cuando dice democracia se refiere a los intereses de la aristocracia, opuestos a toda reforma social y por lo tanto a la independencia en la medida de ponía en peligro sus privilegios.

El plan de San Martín, por lo tanto, evitaba unir la lucha por la independencia a la movilización social, única capaz de llevarla a la victoria en una región de grandes contrastes sociales como el Alto Perú, tal como lo había planteado Castelli, que dicho sea de paso fue sancionado por su conducta en la campaña. Por el contrario, acomodándose a la reticencia de las clases acomodadas del Alto Perú, se propuso un plan alternativo, más complejo militarmente (finalmente esa era su fuerte) pero eludiendo toda movilización popular.

De la crisis de 1815 a la liberación de Perú y el exilio a Europa

Alvear asume como director en 1815 en un cuadro difícil. Instaura una dictadura brutal persiguiendo a los más radicalizados. Realiza intervenciones militares contra Artigas que fueron rechazadas. La relación con San Martín fue empeorando. Alvear intentó un golpe de estado en el Cuyo y el pueblo de Mendoza se levantó y lo hizo fracasar. San Martín denuncia una conspiración para asesinarlo que atribuye al director

Alvear, ante el peligro de la venida de la flota española, realiza negociaciones secretas con los ingleses, intentando lograr un Protectorado inglés, dispuesto a ser colonia de un nuevo signo. La camarilla directorial estaba aislada. En Cuyo, San Martín, en el Norte, Güemes y en el Litoral Artigas. Un levantamiento en Buenos Aires y el repudio en todo el país hacen renunciar a Alvear. Al mismo tiempo se disuelve la asamblea del año XIII. San Martín recibe con satisfacción la caída de Alvear y como gobernador se dirige al cabildo manifestando que había caído el opresor. Artigas evitó el ingreso de fuerzas federales a Buenos Aires, confiando en las promesas del nuevo gobierno, pero de esta forma le permite al Directorio levantar cabeza. Esta situación de doble poder tuvo características revolucionarias, el poder estuvo en juego y con él el destino de la región. “En febrero el Directorio se vio obligado a entregar la plaza de Montevideo a las fuerzas comandadas por Artigas y luego en un par de semanas Santa Fe y Córdoba se incorporan al bloque federal en medio de manifestaciones populares masivas de entusiasmo.”7 Las situaciones revolucionarias son oportunidades que se desvanecen rápido, al perderse se facilita el reagrupamiento de los amenazados. Los comerciantes (criollos e ingleses) y los estancieros, que sintieron que podían perder todo si entraban los artiguistas, no dejarían que se vuelva a repetir la oportunidad.

En estas condiciones se llama a la asamblea del año 1816 en Tucumán. Este congreso fue el gran escenario donde la camarilla directorial realiza una nueva conspiración para aplastar al artiguismo. Se discutió en secreto ofrecer la Banda Oriental a los portugueses de Río de Janeiro, que siempre tuvieron ambiciones sobre esos territorios e invadieron sin demoras. “Las dos vertientes de la oligarquía porteña, estancieros y comerciantes, van al Congreso de Tucumán casi en soledad y con el país al borde de la disolución, con un ejército español en el Alto Perú dispuesto a atacar y otro portugués avanzando en la Banda Oriental.»8 En este Congreso van a declarar la independencia y el fin de la revolución las mismas fuerzas políticas que se habían opuesto a ella tres años antes y, en primer lugar, los agentes de la diplomacia británica, que había dejado atrás su alianza con España y quería usufructuar sin intermediarios su dominio sobre el Río de la Plata. El Directorio se aseguró la mayoría con diputados truchos de las provincias más radicalizadas. Por el Alto Perú no vino Juana Azurduy, nombraron a un abogado de la región que estaba en Buenos Aires y respondía al Directorio. Los patriotas que denunciaron esta traición fueron reprimidos o exiliados, entre ellos Manuel Dorrego.

La obstinación de España de recuperar sus colonias produjo el alargamiento de la guerra de la independencia, cuando San Martín se hizo cargo del Cuyo, al poco tiempo los realistas recuperan Chile. La provincia del Cuyo desarrollaba un importante comercio con la región trasandina que se detuvo. Al mismo tiempo el gobierno directorial le retaceaba los fondos y las tropas, para tener más recursos para combatir a los federales del interior. Todas las atrasadas industrias del interior y los sectores más humildes estaban sufriendo las consecuencias del libre comercio con los ingleses. Esto obliga a San Martín a llevar adelante una reconversión de la economía de la región cuyana. El Ejército de los Andes estaba compuesto por 300 indios guaraníes, miles de afroamericanos y cuyanos. Con 5.000 hombres, San Martín en febrero de 1817 cruza las cuatro cadenas montañosas que lo separaban de los realistas. El ejército se divide en 6 columnas a lo largo de 1.000 kilómetros. El cruce se produce en 20 días y la toma de Santiago le dio fuerza para proseguir hasta el Perú.

En febrero de 1819, y ante la amenaza de una nueva flota que se estaba armando en Cádiz, San Martín, con el apoyo de Bernardo O´Higgins, presidente de Chile, intentó  una mediación con Artigas pero fue bloqueado por Pueyrredón a cargo del Directorio y por Belgrano. Entonces, ante el fracaso, le escribe al director Pueyrredón: «no estoy porque se declare la guerra a los fidalgos [los aristócratas]… con franqueza prefiero su vecindad a la de Artigas». Pueyrredón, a su vez, le escribió: «tiene usted razón, mi amigo querido, en creer que no puede haber un vecino más perverso que Artigas (…) Su intento principal es introducir el desorden en esta Banda Oriental (…) Esté usted cierto que el país lo salvamos si lo libramos de la anarquía; y que debemos contraer todos nuestros esfuerzos a destruirla”9.

En octubre, 1819, Rondeau, que había sustituido a Pueyrredón como nuevo director pidió al Ejército de los Andes y al Ejército del Norte que bajaran al litoral para reprimir a los federales que amenazaban al poder central. La guerra social contra los sectores artiguistas seguía a todo vapor. Al mismo tiempo les pidió a los portugueses que atacaran a las provincias de Santa Fe y Corrientes. La logia le solicitó a San Martín que trajera su ejército a Santa Fe, pero San Martín se negó y se quedó en Chile realizando los últimos preparativos para la última parte de su expedición. Esta posición le traerá consecuencias en el futuro. La Logia directorial y sus continuadores no se lo perdonarán

El primero de enero de 1820, la nueva armada que se estaba preparando para dirigirse al Río de la Plata en Cádiz se subleva dirigida por los liberales, lo que frustra su envío.

La campaña del Perú se realiza por dos frentes, por vía marítima (gracias al apoyo inglés) y haciendo avanzar a las defensas del Norte. Después de tomar Lima, todavía existían focos de resistencia realista. San Martín requirió ayuda al gobierno de Rivadavia, el cual se la negó. En Perú se encontró con una realidad que no era la misma del Río de la Plata: el 60% de la población era indígena de tradición comunera, y él no tomó el reclamo de la tierra. Disuelve la comuna para darle lugar a la venta de las tierras, dando paso al latifundio. Fue forzado a una reunión con Bolívar, por no contar con el apoyo de Buenos Aires, y le sugirió que prosiga su obra. Después de algunas diferencias con su par, elige retirarse, dejándole a Bolívar parte de su ejército y sus oficiales. Cuando vuelve a las Provincias Unidas, Rivadavia estaba llevando adelante una campaña feroz contra él. Pidió autorización para regresar a Buenos Aires por la enfermedad de su mujer y Rivadavia le manifestó que no sería seguro. Su negativa a traer al Ejército de los Andes a reprimir a los federales provocó que lo quisieran someter a juicio. Cuando llegó a la ciudad, a causa de los retrasos provocados por el gobierno de la provincia en darle la autorización para ingresar, su mujer ya había fallecido. Algunos pretendieron postularlo a un liderazgo político de tipo bonapartista, pero lo acusaron de conspirador y decidió marcharse a Europa.

En la puesta del Sol

En 1820, con la firma del pacto de Pilar, se cierra un proceso revolucionario. Pilar fue un pacto antifederal para acabar con el federalismo revolucionario que planteaba otra forma de organización nacional. Martín Rodríguez gobernador de la provincia porteña, junto a su ministro Bernardino Rivadavia, llevan adelante el proceso de la “feliz experiencia”: el fin de la guerra de la independencia y la desaparición de una autoridad central le sirven a la provincia de Buenos Aires para crecer económicamente. Luego Rivadavia emprende un intento unitario de conformación del Estado nacional, bajo la tutela de Inglaterra, que en 1825 reconoció la independencia de las Provincias Unidas y a cambio recibió un tratado comercial como nación favorecida.

Una campaña comenzada por un grupo de “33 Orientales”, muchos de ellos antiguos artiguistas, y apoyada por algunos estancieros de Buenos Aires, desata un nuevo alzamiento en la Banda Oriental que pone en riesgo el dominio brasileño, que había continuado a los portugueses. A pesar de los intentos de la camarilla de Rivadavia por acordar con el emperador brasileño la guerra es inevitable.

San Martín, exiliado en Europa, cuando se entera del conflicto con Brasil decide volver para ponerse al servicio. Pero su llegada es tardía. En el ínterin Rivadavia había sido desplazado. Dorrego había asumido la gobernación de Buenos Aires. La guerra había sido favorable a las Provincias Unidas que derrotaron a los brasileños en Ituzaingó, pero los errores de liderazgo de Alvear (una vez más) y las presiones nacionales e internacionales llevaron a Dorrego a firmar la paz, declarando la independencia de la Banda Oriental.

Al llegar al Río de la Plata, San Martín se entera de la terrible noticia: Lavalle volvió de la guerra y llevó adelante un golpe de Estado. Dorrego huye a la campaña a buscar ayuda de Rosas. Lavalle le da alcance y lo fusila sin juicio previo. San Martín decide entonces no bajar del barco y se retira a Montevideo.

Nuevamente viaja a Europa y nunca volverá. Frente a los ataques anglofranceses y la resistencia  de Rosas, le envió su sable corvo a Rosas. Rosas, pretendido sucesor de Dorrego, hizo lo contrario que este: defendió los intereses de los estancieros porteños, con un gobierno centralista que nada tuvo que ver con el federalismo popular y jacobino de las primeras décadas posteriores a 1810.

Un pequeño balance

Los historiadores liberales, y también los revisionistas, nos pretenden presentar a un San Martín a la cabeza del proceso independentista y revolucionario posterior a Mayo, que habría cumplido sus tareas históricas. Pero la historia los desmiente. Lo que se vivió es un desmembramiento del viejo Virreinato. En 1811 Rivadavia establece una aduana con el Paraguay y esta provincia se separa. En la década del 20 se pierden también la Banda Oriental y el Alto Perú. Incluso Buenos Aires se separa del resto del país tras la caída de Rosas en 1853 para no perder los privilegios de la renta de la Aduana. Se suma a la unión nacional cuando tiene la fuerza para aplastar a los federales del interior, que ya no jugaban ningún rol revolucionario. La famosa construcción del Estado Nacional se da muchos años después bajo la tutela de los capitales ingleses. A San Martín lo utilizaron para contar una historia desfigurada, fundada por Bartolomé Mitre y continuada con los revisionistas; la película “Revolución” del período kirchnerista nos muestra un hombre decidido a todo, pero esto no fue real.

Eludió el mayor desafío revolucionario que representaba el Alto Perú y se acomodó a las limitaciones de las fuerzas dirigentes. En eso estuvo muy por detrás de Castelli que pretendió “conquistar la voluntad de los indios” tal como se lo indicaban “las instrucciones secretas impartidas por la Junta de Buenos Aires, a instancias de Moreno”. Lo mismo tras la liberación de Perú, donde evitó toda medida que conmoviera el dominio de la aristocracia limeña. Fue un gran líder militar pero por sobre todo un hombre del orden, contrario a las conmociones al cuadro social existente.

Si bien no se prestó a traer el Ejército de los Andes para reprimir a los federales, no se opuso a la represión y estaba convencido de la necesidad de acabar con el “anarquismo artiguista”. Para Perú, como para las provincias del Río de la Plata, planteaba una monarquía incaica como salida. Los que sepultaron la revolución serían los que lo ningunearon, le quitaron el apoyo, lo persiguieron y lo obligaron a ir al exilio y luego lo utilizaron, para llevar adelante un relato de construcción de la patria. Esta interpretación de la historia nos sirve para comprender las tareas inconclusas de Mayo, del mismo San Martín y que la clase obrera tendrá que continuar en una nueva etapa revolucionaria.

1 Christian Rath- Andrés Roldán. La Revolución Clausurada. Introducción. Pág. 23.

2 Christian Rath-. En Defensa del Marxismo N-38. «El carácter de la revolución de Mayo»

3 Rath. EDM N-38. «La verdad sobre la asamblea del año XIII y el congreso de Tucumán«.

4 Ídem

5 Andrés Roldán. EDM N- 38. «Artigas: el gran caudillo de la revolución«.

6 Citado en La Revolución Clausurada, pág. 173

7 La Revolución Clausurada, Pág. 131.

8 Roldán. EDM- 38. «Artigas: el gran caudillo de la revolución»

9 Rath. EDM N-38. «La verdad sobre la asamblea del año XIII y el congreso de Tucumán«.

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