23/05/1995 | 448

José Martí y la clase obrera internacional

Se cumplen en abril 100 años de la muerte de José Marti (1853-1895), revolucionario cubano que encabezo la liberación de su país, colonizado hasta 1898 por Espa­ña.


Hijo de un militar español ra­dicado en la isla. José Martí se vinculó a los movimientos independentistas desde muy joven, y a los 16 años es encarcelado y luego enviado a España. Allí estudia le­yes, luego viaja por Europa y re­gresa a América. En 1892 tunda, junto a algunos veteranos de la guerra de liberación de 1878, el Partido Revolucionario Cubano, trampolín para lanzar la guerra de independencia en 1895. Llegados desde Centro y Norteamérica en barcos al sur de la isla, inician una lucha en la que Martí sucumbe tempranamente.


La economía cubana estaba basada esencialmente en la pro­ducción de azúcar, y en la segunda mitad del siglo XIX se habían ido tecnificando paulatinamente los ingenios. Durante la independización de la mayor parte de América Launa, los terratenientes cubanos habían preterido la seguridad de su relación comercial con España y habían desistido de luchar por su liberación. Pero hacia mediados del siglo XIX, la mayor parte de la producción azucarera era compra­da por Estados Unidos, con lo cual la economía cubana dependía más de este país que de su metrópoli europea. A medida que la oligar­quía se muestra desinteresada de la independencia, va surgiendo un sentimiento independizador en la clase intelectual y en la pequeño burguesía urbana, que se entronca también con los conflictos entre los pequeños campesinos, aleja­dos de los puertos, y los terrate­nientes beneficiarios del comercio azucarero. También, paulatina­mente, un sector de la oligarquía cubana se va haciendo “anexio­nista”, es decir, favorable a un pasaje de la dependencia de Espa­ña a Estados Unidos.


El movimiento encabezado por Martí surge ante el crecimien­to económico y político de Esta­dos Unidos, que buscará en las Antillas y en Cuba un puente de lanzamiento para su dominio en toda América Latina. Martí asistió en calidad de reportero a la Confe­rencia Internacional Americana en Washington de 1889, primera en una serie de reuniones conti­nentales promovidas y dirigidas por Estados Unidos, con el fin de lograr una hegemonía en el conti­nente. En estas conferencias (ha­brá diez más en los siguientes veinte años) el principal objetivo de Estados Unidos es la unidad aduanera y la unidad monetaria de toda América. En ambos temas fracasará, en buena medida por la cerrada oposición de los países más vinculados a Inglaterra como Argentina y Uruguay.


Es por estas tendencias hegemonistas que Martí escribe en los últimos días de su vida, ya desata­da la guerra de liberación, que su misión es “impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados (Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tie­rras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. En esta misma carta a su amigo Manuel Mercado, Martí prefigura para Cuba un dichoso porvenir como centro del comercio en todo el mar Caribe, lugar privilegiado que le permitiría progresar como país.


Sin embargo, la guerra de in­dependencia no fue como Martí la imaginó. Estados Unidos se entrometió en la guerra mediante un ardid, inclinó la balanza favora­blemente a los cubanos y luego pactó directamente con España la independencia, jugando desde ese momento un rol de dirección casi directa en los destinos políticos de la isla. Evidentemente, la direc­ción de la guerra le había sido birlada a la pequeño burguesía democrática-nacionalista, y ha­bía pasado a la oligarquía aliada a los Estados Unidos.


José Martí, “apóstol” del PC cubano


La permanencia de Maní en Estados Unidos es de fundamental importancia Vivía como perio­dista y sus artículos se publicaban en diarios de toda América Latina. Fue testigo del crecimiento de los Estados Unidos después de la guerra civil y, acode con ello, del crecimiento de la población obrera y de sus partidos y sindícalos


La visión que el stalinismo cubano tiene de Martí es absolutamente carente de criticismo marxista. Martí es presentado como un dios, un marxista sin Marx (por su visión de los oprimidos), un Ieninista sin Lenin (por su partido “único”), un castrista sin el Che, que también vino en barco desde el continente, desembarco en el sur y quiso derrocar una dictadura.


Fernández Retamar, en el libro de Buba: una resolución en marcha (una selección de artículos de diversos autores editara por Ruedo Ibérico, Paris, 1967), afirma que “menos aceptable es presentarlo (a Martí) como reformista o moderado: luchó por hacer, para su circunstancia, lo más radical que el proceso histórico le permitía. Puesto que una actuación más hacia la izquierda no era entonces históricamente factible en un país colonial”. Pero una cosa es que en Cuba no hubiera una posibilidad más radical de actuar, y otra muy distinta es que en el proceso de lucha de clases internacional Martí no pudiera ser la envergadura y la perspectiva que tomaba el movimiento socialista y obrero.


Evidentemente Martí se apar­ta en buena medida de los “próceres” fundadores del resto de paí­ses de América Latina. Martí no sólo defendió en sus escritos a las masas trabajadoras, sino que una de las características de la guerra de liberación era tratar de sublevar a los negros y a los campesinos, enfrentándolos a los terratenientes y al ejército español. En la época que Martí se forma políticamente, estaba en auge el positivismo ra­cista, que fundaba el sometimien­to en las marcas genéticas de las clases inferiores, y sin embargo Martí se apartó decididamente de esas teorías.


Por estos factores, es intere­sante ver qué postura tuvo José Martí frente al movimiento obrero de su época, fenómeno que abordó en varios de sus artículos periodís­ticos. Y esto, si bien es sólo un aspecto de las ideas de Martí, tiene una gran importancia para ubicar en su justo término al pensador y al luchador.


El «problema” obrero


Con fecha 29 de marzo de 1883 escribe una crónica de los funerales cívicos que en Nueva York le rinden a Karl Marx, muer­to en ese mes. ¿Qué dice del gran revolucionario? “Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blan­do al daño». Es decir, está bien que haya pensado en los pobres, tiene un alma generosa y cristiana, pero no “enseño remedio blando”, sino violento. Karl Marx estudio la manera de erigir una sociedad más igualitaria, “pero… (Otra vez “pero”) anduvo de prisa y un tanto en la sombra”. Es interesante que Martí, un contemporáneo, reconozca que Marx fue un revolucionario, cosa que aun hoy niegan socialdemócratas e intelectuales “marxistas”. Las acu­saciones son claras, aun en el len­guaje poético de Martí: Marx era un conspirador («en las sombras”) y propugnaba soluciones violentas para el problema social. En el mismo artículo. Martí afir­ma que el trabajador norteamericano es de naturaleza cautelosa, y lo podría demostrar “si no le vertieran en el oído sus heces de odio los más apenadas y coléri­cos de Europa. Alemanes, fran­ceses y rusos guían estas jorna­das”. La teoría del extranjero conspirador opuesta al criollo manso, que fue el caballito de ba­talla de la oligarquía represiva ar­gentina, es asumida aquí por Mar­tí. En otra crónica (27 de abril de 1886) dirá que la violencia de los trabajadores se debe a que no los atan “los frenos del patriotis­mo”.


Otro grupo de crónicas perte­nece al año 1886, cuando una ola de huelgas insurreccionales se destacan en Estados Unidos, recla­mando las ocho horas de trabajo Martí reconoce que los reclamos se originan en la miseria, pero no aprueba los métodos de lucha para conquistarlos. “De buena volun­tad no se le ha dado nada: ella (la clase obrera) ha tenido que irlo arrebatando todo: por la orga­nización, por la huelga, por el asedio—que llaman ahora “boi­cot”— siempre por un medio violento”.


Habla del peligro obrero y su remedio: “El peligro está en la absorción de los derechos públi­cos por los obreros exigentes, y rencorosos: no quieren que se emplee sino a los que a ellos les place, y son sus asociados; nie­gan a las empresas el derecho de despedir a sus empleados, pre­tenden imponer como capataces de las fábricas a obreros que son desagradables a los dueños de ellas; casi no quedaría derecho alguno a los dueños y empresa­rios en sus fábricas y compañías si se accediese a todo lo que pi­den los obreros. El remedio está en la vivacidad coa que se ha entrevisto el peligro, y en la dis­posición que muestra la gente de paz a rechazar mano a mano la invasión obrera”. Aplaude en­tonces las “asociaciones de ciu­dadanos” dispuestos a enfrentar a los obreros.


Se deshace en elogios para los Caballeros del Trabajo. Esta era una central sindical, dirigida en estos años por Powderly, del ala más moderada y que “alamina las huelgas”. Y afirma que las huelgas no salieron de su direc­ción sino de las bases, pues los Caballeros del Trabajo debieron “prohijar a las asociaciones fa­náticas o turbulentas”. Y «sigue Martí: “En cuanto a huelgas y a asedios, ya se ve que el país reco­noce sus razones, pero no sopor­tará mucho tiempo sus excesos”.


Hay que observar aquí que Martí, si bien alaba la prudencia y la moderación de Powderly y los Caballeros del Trabajo, no se identifica con ellos, se identifica en todo momento con la opinión pública de una supuesta clase media, que reconoce que los obreros pidan por sus reivindicaciones pero que rechaza de plano la lucha de clases. Martí, varias veces en sus artículos, aboga por el arbitra­je, por la mediación.


Con la ola de huelgas de 1886 se conforma una “comisión de arbitraje” en Washington, donde participan tanto “Jay Gould, el millonario duro y desdeñoso que preside en el ferrocarril, mas no en el cariño público”, y Powderly, “el gran maestro de la orden de los Caballeros”.


La coronación de la obra represiva que se descargó sobre las huelgas de 1886 fue el encarcelamiento, juicio y condena a muerte de 7 dirigentes anarquistas, que tras su muerte son conocidos aún hoy como los “Mártires de Chicago” Símbolo de la lucha por las ocho horas de trabajo, un Congreso Socialista en 1889 decretó o desde el 1° de Mayo de 1890 todos los obreros del mundo se manifestaran al unísono por sus reivindicaciones, como jornada de combate internacional. En Estado Unidos el juicio y ejecución de los dirigentes obreros generó un gran debate, pues el mismo gobierno intentó que fuera un castigo ejemplificador. Martí (al igual que su “amigo” Powderly, líder de los Caballeros del Trabajo) apoyó sin reservas el ajusticiamiento, calificando con las palabras más grose­ras a las víctimas, pintándolas como monstruos y considerando que se le estaba cortando la cabeza a la serpiente de un solo tajo. A Powderly le valió perder, poco tiempo después, la dirección de la central obrera a manos justamente de un ala más de izquierda encabezada por Daniel De León. Martí pudo escapar al juicio de la histo­ria, encubierto por los endiosadores y glorificadores del “Apóstol» (como lo llaman en Cuba), que creen haber superado al stalinismo por criticar el “culto a la persona­lidad”, sin ver que aun ese rasgo menor del stalinismo lo repiten sin cesar un día y otro con los viejos y con los nuevos dirigentes del mo­vimiento social. ¿Qué harán todos los 1° de Mayo en Cuba? ¿Sacarán en el Granma un artículo reprodu­ciendo los insultos de José Martí a los mártires de Chicago?


Con quien hay que emparentar a José Martí no es con Marx, sino con quien fuera su más importante influencia política, el republicano italiano Giuseppe Mazzini, funda­dor de la Joven Italia, que conspiró contra la monarquía y el Papado hasta conseguir la unidad italiana (1870). Con una mezcla de cristia­nismo popular y liberalismo radi­calizado, logró una gran influen­cia entre los proletarios italianos e incluso fundó una Asociación Obrera, que llegó a participar del acto fundacional de la Primera In­ternacional. Pero esta agrupación, de la mano de Marx, pronto se convirtió en un ámbito de combate de los obreros y esto alejó definiti­vamente a Mazzini. Al igual que Martí, Mazzini era enemigo de la independencia de clase y de las huelgas obreras.


Los marxistas no idolatramos a nadie. Una revolución, como la que hubo en Cuba, no tiene porqué endiosar a un dirígente que tiene una ubicación precisa: ha sido un revolucionario, ha sido un nacio­nalista, pero los límites deben ser marcados, señalados, porque jus­tamente la revolución obrera no repite los pasos timoratos de las revoluciones burguesas. Juzgar a sus próceres como santos es lo propio de las sociedades burguesas, no de las revoluciones obreras, que se alimentan día a día con la crítica del pasado y del presente.

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