07/08/2008 | 1049

La burocracia decide mandar los tanques a Praga

Por Redacción Equipo Cuarenta Aniversario

Exclusivo de Internet

Los días siguientes al acuerdo, la burocracia «reformista» buscó cumplir su parte: «comenzaron a planificar una considerable restauración del control del partido y del Estado», preparando leyes que restringirían la actividad política…, autorizando la dispersión por parte de las fuerzas de seguridad de las manifestaciones, retomando el control de los medios de comunicación y planeando el armado de campos de detención para, en palabras del propio Dubcek, «el aislamiento político de personas».[2] Pero cuando el 10 de agosto se publica el proyecto de reforma de los Estatutos partidarios para el congreso extraordinario del PC checoeslovaco, en Moscú se encienden luces amarillas.

La propuesta de voto secreto para la elección de los cargos de dirección, que sólo podrían ser ejercidos en plazos limitados, se plantea como una amenaza para los burócratas más cercanos a la cúpula moscovita. Las luces viran a rojo cuando, tres días después, se conoce un informe reservado sobre el XIV Congreso. El informe advierte que «con excepción de una pequeña parte del núcleo dirigente, prácticamente la totalidad del Comité Central sería relevada de sus funciones» y que «es muy poco claro el futuro de los órganos centrales (de dirección del partido) y su composición». La conclusión era que la nueva situación tendría serias consecuencias y que los «extremistas» con «opiniones políticas románticas» buscarían incrementar la hostilidad contra la URSS.[3]

Al día siguiente de conocerse semejante documento, 13 de agosto, Leonid Brezhnev, el secretario general del PCUS, se comunica telefónicamente con Dubcek, el nuevo líder «reformista» del PC checoeslovaco. Ambos habían sido los artífices del acuerdo de principios de mes. La trascripción de la conversación, contenida en un documento «desclasificado» en la década de los ’90, revela a Brezhnev impugnando con indignación la falta de cumplimiento de lo que había sido pactado.[4] Se queja de que la campaña «antisoviética» en los medios no cesa. Recuerda, además, la promesa de remover a los líderes reformistas más extremistas y proteger a las fuerzas de seguridad, cuyos mandos respondían a los «duros», incondicionales del stalinismo soviético.

Dubcek «reconoce sus promesas», pero plantea que la remoción de los dirigentes partidarios debía estar a cargo del Comité Central, cuya reunión plenaria sería a principios de septiembre. El documento desclasificado de los servicios informa, además, que Brezhnev se dirigía a su «par» a los gritos y que Dubcek, intimidado, llega a plantear su renuncia al hombre de Moscú, que la rechaza e insiste en que reformule la dirección del partido.

Luego de la conversación entre los máximos líderes de la URSS y Checoslovaquia, los líderes «duros» del PC checoslovaco abandonan las reuniones de la dirección y declaran que se «apartan de las tareas de preparación del Congreso», con el propósito de poner de manifiesto frente a sus aliados en Moscú una suerte de vacío de poder. La situación se degrada y el ritmo de los acontecimientos se torna vertiginoso. El 15 de agosto visita el país el líder de Yugoslavia, Josep Tito, un burócrata «autónomo» enfrentado con los dirigentes del PCUS. La semana previa había estado en Praga el rumano Ceaucescu, que también estaba enfrentado con el centro moscovita. Ahora no hay retorno, falta apenas la orden de que la invasión se ponga en marcha.

Anatomía de una decisión

El 17 de agosto, el Politburó soviético discute la situación checoslovaca. Esta vez está en minoría el sector de la dirección soviética que vacilaba frente a los peligros de una intervención militar: suponía que no sólo desestabilizaría todavía más la situación interna, sino que también afectaría los vínculos con los partidos stalinistas en Europa y los compromisos en marcha con el imperialismo norteamericano. Sobre esto último insistían hombres cercanos al presidente Kosigyn que negociaban un tratado de desarme que se proponía «aislar» a la dirección china, en pleno conflicto con los señores del Kremlin.

El secretario del PC francés, a su turno, venía de realizar una visita relámpago para advertir sobre las consecuencias negativas de una invasión. Pero ahora, la política de presión sobre la burocracia reformista había llegado a un límite porque no estaba dando resultados. Después de la conversación telefónica del 13 de agosto, «Brezhnev se convenció de que Dubcek no cumpliría sus promesas».[5] Para los dirigentes soviéticos la prioridad es ahora evitar que se reúna el congreso extraordinario, «las consecuencias indeseadas del uso de la fuerza se tornan secundarias frente a los peligros inmediatos y la fuerte posibilidad de peligros aun más serios en el futuro».[6] Es ahora o nunca: después del congreso, «en el nuevo comité central ya no encontrarían elementos susceptibles de prestarse a un golpe de fuerza».[7]

El consenso se ve reforzado por la evidencia de que el gobierno checoslovaco no ordenaría la resistencia armada y de que Estados Unidos no intervendría. El presidente norteamericano Lyndon Johnson había asegurado en persona su respeto a la «división del mundo» pactada en la posguerra con el stalinismo. Y así fue: los yanquis «perdieron el rastro a las fuerzas soviéticas que estaban maniobrando en las fronteras checoslovacas (…) y las ‘encontraron’ cuando los tanques ya estaban en Praga».[8] Hoy se sabe que la CIA conocía al detalle los preparativos de la invasión, incluyendo los horarios y los lugares por donde ocurriría; eligió siquiera informar a las autoridades checoslovacas.[9]

En las vísperas

Para la burocracia soviética el peligro no era la supuesta «contrarrevolución burguesa». De hecho, no había opuesto ningún reparo a las reformas económicas restauracionistas planteadas por los líderes checoslovacos. Otra cosa estaba en juego: el desarrollo de una revolución política, que podría contagiar al resto de los países del bloque soviético y reforzaría a los activistas disidentes que se hacían notar al interior de la propia URSS.[10] Lo que inclinó la balanza para definir la invasión fue el fracaso del precario compromiso alcanzado en los días de agosto.

A pesar de sus vacilaciones, los burócratas del Kremlin estimaron que no había salida sin intentar un golpe de fuerza. Es lo que se concretará de un modo brutal el 20 de agosto.

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1. Ver «Diplomacia secreta quince días antes de la invasión», Prensa Obrera Nº 1.048, edición electrónica. www.po.org.ar/node/14892

2. Kieran, Williams: «New Sources on Soviet Decision Making during Czechoslovak Crisis», en Europe-Asia Studies, vol. 48, Nº 3, mayo 1996.

3. Las observaciones son de Jiri Valenta en «Soviet intervention in Czechoslovakia, 1968. Anatomy of a decision», Johns Hopkins University Press, 1979.

4. Kieran, Williams: «New Sources on Soviet Decision Making during Czechoslovak Crisis», en Europe-Asia Studies, vol. 48, Nº 3, mayo 1996.

5. Bischof, Günter y Ruggenthaler, Peter: «Prague Spring and the Warsaw Pact invason of Cechoslovakia in 1968», Humanities and Social Sciences Online, 2008, pág. 2.

6. Rodhes, James: «The Czechoslovak Crisis 1968», University of Susex, 1969, pág. 111.

7. Claudín, Fernando: «La oposición en el ‘socialismo real'», Siglo XXI Editores, 1981, pág. 253.

8. Valenta, Jiri, op. cit., pág. 2.

9. Bischof y Ruggenthaler, op. cit. Valenta, op. cit., pág. 142, Rodhes James, op. cit., pág. 77.

10. Claudín, op. cit., pág. 254.

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