18/11/2010 | 1155

La Vuelta de Obligado

20 de noviembre de 1845

El 20 de noviembre de 1845, las dos flotas de guerra más poderosas de ese tiempo, las de Inglaterra y Francia, enfrentaron a las fuerzas patriotas del Río de la Plata a la altura del paso Tonelero, en la Vuelta de Obligado, sobre el río Paraná. Para detener a las flotas enemigas, se tendieron tres cadenas a través del río, sostenidas por 24 barcazas y lanchas incendiarias, defendidas por una goleta armada por seis cañones y baterías en lo alto de los márgenes. El combate, inmensamente desigual, se prolongó por la heroicidad de las tropas argentinas -hubo, por lo menos, 250 caídos- y obligó a las extranjeras a internarse en la costa para apagar el fuego de las baterías.

Las flotas extranjeras, finalmente, se abrieron paso a la cabeza de un centenar de barcos mercantes ingleses y franceses con mercaderías para ser colocadas en los puertos del interior del Paraná y Paraguay. Pero la misión fracasó en todo el litoral: los barcos extranjeros no encontraron aliados en los puertos del interior, donde a la desconfianza popular se sumó la implantación de derechos aduaneros exorbitantes para frustrar la acción de los comerciantes extranjeros.

El convoy permaneció en aguas del Paraná durante seis meses y al regresar (mayo, 1846), con los depósitos aún colmados, perdió cuatro naves en un combate naval a la altura de San Lorenzo, lo cual convirtió al conjunto de la operación en algo muy próximo al fracaso político y militar. El jefe militar en la Vuelta de Obligado fue Lucio Mansilla y la cabeza de la Confederación Argentina, el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas. San Martín, por esta acción, legó a Rosas su sable de campaña.

Salvo para las expresiones más recalcitrantes de la historiografía liberal, la Vuelta de Obligado es considerada (y lo es) un hito de la independencia nacional. Aún Alberdi y Sarmiento, enemigos políticos acérrimos de Rosas, la reivindicaron como un acto mayor de afirmación nacional. Para Milcíades Peña, Rosas defendió el derecho de la clase de los terratenientes a continuar su explotación del país, sin tutelas. «En ese sentido… defendió efectivamente la independencia nacional. Si hubiera sido derrotado, el país no se habría emancipado de la dictadura de Buenos Aires. La habría continuado soportando, con el agravante de la dictadura del comercio extranjero y su correspondiente flota»(1).

La Vuelta de Obligado impidió esa dictadura del comercio y la flota, pero de ningún modo el dominio de la diplomacia británica. Se mantuvo (consolidó) la secesión de la Banda Oriental de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Casi exactamente cuatro años después de la batalla -24 de noviembre de 1849-, la Confederación Argentina aceptaba retirar sus tropas del Uruguay, consagrando la escisión de la Banda Oriental, en un acuerdo que comprometía a Gran Bretaña a evacuar la isla Martín García, devolver los barcos argentinos secuestrados y saludar a la bandera argentina en reconocimiento a su soberanía en el río Paraná. Gran Bretaña había batallado por la secesión oriental durante veinte años. En resumen, la oligarquía terrateniente de Buenos Aires y el Litoral obtenía la protección de su comercio interior, a cambio de una concesión histórica decisiva. «Lo mas importante para las partes mediadoras es la conservación de la independencia de Montevideo», se lee en las instrucciones a la misión de Francia e Inglaterra (1844) en el Río de la Plata, que precedió al ataque de las flotas(2).

Crisis internacional

En 1839, Gran Bretaña «abre a cañonazos» (Marx) el mercado interior chino. Invocando la misma bandera, Estados Unidos bloqueó a Japón e impuso el librecambio en 1853. Aunque el comercio internacional se multiplicó por cuatro en menos de un siglo (1789/1848), se llegó a un punto en el que la extensión de los mercados era incapaz de absorber el aluvión de manufacturas producido por la revolución industrial. La primera crisis detonó en Gran Bretaña en 1837 y se extendió por cinco años. La irrupción de las flotas extranjeras en el Río de la Plata corresponde a este período de crisis de crecimiento del capitalismo.

En el debate en la Cámara de los Lores sobre el tratado de 1849 que puso fin al estado de beligerancia con Inglaterra, Lord Aberdeen, canciller en 1845, declaró «(la independencia de Uruguay) era, en realidad el único objetivo de importancia, porque con Rosas no teníamos ninguna disputa, nada teníamos de que quejarnos, nada que pedir, excepto la independencia de la República Oriental»(3). Era una manera de velar el otro propósito: la libre navegación de los ríos de las Provincias Unidas, Uruguay y Paraná, para llevar el comercio británico a Paraguay y el oeste de Brasil.

El interior de la Argentina y Paraguay eran considerados por Gran Bretaña y Francia (el país que más creció en sus exportaciones al Río de la Plata entre 1825 y 1850) como un mercado de vasto potencial. El reclamo por el libre tránsito de los ríos cobró importancia, además, con la navegación a vapor -que dejaba atrás el lento desplazamiento fluvial.

En esta política de libre navegabilidad confluían Gran Bretaña, Francia, la fuerte colonia extranjera en Montevideo y todo un sector de la burguesía comercial -políticamente representada por los unitarios. La posición de Buenos Aires, que imponía el control de la aduana al resto del país, no coincidía tampoco con los terratenientes de las provincias del litoral, que defendían sus territorios pero no la dictadura comercial y fiscal porteña. Por esta razón, los puertos de Paraná (en Entre Ríos se había puesto en pie una poderosa competencia con los hacendados de Buenos Aires, que puede medirse en el crecimiento de los saladeros, de 6 en 1844 a 17 en 1851), Santa Fe y Corrientes estaban impedidos de hacer por sí mismos el intercambio de sus productos exportables -sólo se beneficiaban con el tráfico de los buques que realizaban desde Buenos Aires el comercio de trasbordo. En el caso de Paraguay, empeñado en un proceso incipiente de capitalismo de Estado, la situación era aún peor desde el momento en que tenía bloqueada la posibilidad de importar o exportar sus productos si no era pagando el tributo al puerto de Buenos Aires. Lo que no consiguió la flota anglo-francesa, lo lograría Mitre más tarde con la sangrienta guerra de la Triple Alianza -que fue apoyada por los estancieros del Litoral.

De conjunto, la dictadura sobre la Aduana significó para la clase de los hacendados de Buenos Aires -y Rosas en particular- la llave maestra del poder. La aceptación de la derrota por parte de Gran Bretaña facilitó luego el realineamiento de fuerzas que organizó el pronunciamiento de Urquiza contra Rosas en 1851. En este sentido, la Vuelta de Obligado fue el acto preparatorio de Caseros, porque condujo a la ruptura del frente único de los estancieros.

La guerra civil en Uruguay

En 1842, el gobierno de Rosas, para contrarrestar la influencia del comercio de Montevideo, dispuso el bloqueo de la ciudad por tierra y agua. En 1844, la misión de Inglaterra y Francia presentó un ultimátum al gobierno de Buenos Aires para que evacue el territorio de Uruguay y cese el bloqueo a Montevideo. No hubo acuerdo y la misión se recluyó en Uruguay. En abril de 1845, Urquiza aplastó al ejército de Fructuoso Rivera en India Muerta y las tropas argentinas tuvieron a su alcance la posibilidad de ocupar Montevideo y alzar a todo el interior de Uruguay contra sus ocupantes. En este momento, el flamante embajador inglés en Buenos Aires planteó que «Montevideo no debía ser tomada», pactó con el enviado francés la constitución de una fuerza naval conjunta para hacerse cargo de su defensa y organizó un desembarco de infantes para evitar su colapso. En junio de 1845, el embajador inglés planteó que su gobierno no reconocería ningún gobierno instalado por la Argentina.

El comercio de Montevideo jamás podía compensar el comercio de Buenos Aires, que era lo que el imperio británico ponía en riesgo al pretender «abrir» las Provincias Unidas para el comercio británico a través de los ríos e impedir la vuelta de Uruguay al seno de las Provincias Unidas.

El «nacionalismo» oligárquico

Las posibilidades de una victoria nacional bajo la dirección de los terratenientes bonaerenses no tendrían otra oportunidad como ésta. Luego del regreso de las flotas extranjeras, la incertidumbre de las cancillerías europeas contrastaba con el clima de euforia de las masas bonaerenses y del litoral. En palabras de un investigador norteamericano «la tentativa (de la libre navegabilidad) resultó… un fracaso desde el punto de vista comercial, pues muchos de los barcos regresaron con sus cargamentos completos. La consecuencia mas importante fue exaltar el patriotismo del pueblo argentino hasta un grado sin precedentes»(4). La aparentemente monolítica joven guardia de intelectuales unitarios concentrada en Montevideo se dividió. El propio frente interno en Montevideo se partió en dos «y las fuerzas británicas y francesas de Montevideo que habían desembarcado para salvar a los (ocupantes) se veían ahora obligadas a defenderse de la misma gente que habían protegido»(5).

El «federalismo» porteño mostró entonces todos sus límites. Mantuvo inmóvil el sitio de Montevideo; en el momento de mayor tensión, Rosas permitió el avituallamiento de las tropas inglesas. En un escenario de gestos de reconciliación, el 15 de julio de 1847 la flota británica abandonó su parte en el bloqueo y retiró de Montevideo las tropas y equipos británicos. Finalmente, el 24 de noviembre de 1849 se firmó el pacto con Inglaterra que consagró la escisión definitiva de la Banda Oriental. Rosas había reconocido antes que el Paraná era un río de la Confederación y el Uruguay un curso a resolver «entre Argentina y Uruguay», abriendo el camino para las aspiraciones británicas. También en 1849 se reinició el pago de la deuda con Baring Brothers por el empréstito usurario contraído bajo el gobierno de Rivadavia, deuda por la cual el gobierno Rosas había ofrecido, sin éxito, la entrega definitiva de las Islas Malvinas en 1838. Finalmente, en septiembre de 1850 se firmó un tratado con Francia, acordando una mutua retirada de tropas argentinas y francesas. Las luchas de 1845 fueron convertidas, a partir de entonces, en una victoria de la «extranjería». Despejó el camino para el largo período histórico que convirtió a Argentina en la semicolonia de lujo de Inglaterra.

 

Notas:

1. Peña, Milcíades: El Paraíso Terrateniente, Ediciones Fichas, 1972.

2. Bustamente, José Luis: Los cinco errores capitales de la intervención anglo francesa en el Plata, Buenos Aires, 1942, citado por Liborio Justo en “Nuestra Patria Vasalla”, Editorial Grito Sagrado, tomo 2.

3. Lynch, John: Juan Manuel de Rosas, Emecé, 1984.

4. Cady, John: La intervención extranjera en el Río de la Plata, Buenos Aires, Losada, 1943.

5. Ferns, H.S: Argentina y Gran Bretaña en el Siglo XIX, Solar/Hachette, 1966.

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