11/03/1993 | 384

León Trotsky, sobre los eslavos del Sur y los Balcanes

Dos aspectos necesitan ser distinguidos en lo que se conoce como la Cuestión de Oriente: primero, es una cuestión referida a las relaciones entre las naciones y estados de la península balcánica; segundo, es una cuestión referida a los intereses e intrigas conflictivos de las potencias capitalistas europeas en los Balcanes. Estas dos cuestiones no son para nada idénticas. Por el contrario: la solución real de la cuestión puramente balcánica va completamente en contra de los intereses de las dinastías europeas y las Bolsas.


La península balcánica, que es aproximadamente tan grande como Alemania pero tiene sólo un tercio aproximado de sus habitantes (22 millones), está dividida entre seis estados independientes: Grecia, Turquía, Rumania, Bulgaria, Serbia y Montenegro, junto con las provincias austro-húngaras de Dalmacia, Bosnia y Herzegovina. En los seis estados independientes, cada uno de los cuales tiene su propia dinastía, ejército, moneda y sistema comercial, viven varias nacionalidades y razas, divididas en fragmentos separados: griegos, turcos, románicos, búlgaros, serbios, albanos, judíos, armenios, gitanos… Las fronteras entre los estados minúsculos de la península balcánica no fueron trazadas de acuerdo con las condiciones o las demandas nacionales, sino como resultado de guerras, intrigas diplomáticas e intereses dinásticos.


Las grandes potencias —en primer lugar Rusia y Austria— han tenido siempre un interés directo en lanzar a los pueblos y estados balcánicos unos contra otros y, cuando los debilitaban entre sí, procedían a someterlos a su influencia política y económica.


Las dinastías títere gobernantes en estos verdaderos “pedazos rotos” de la península balcánica han servido y continúan sirviendo como palancas de las intrigas diplomáticas europeas. Y la totalidad de este mecanismo,  basado en la violencia y la perfidia, constituye una enorme carga que pesa sobre los pueblos balcánicos, frenando su desarrollo económico y cultural.


Así, los serbios están compulsi- vamente divididos entre cinco es- tados: forman un pequeño “reino” y una pequeña “principalidad”, Serbia y Montenegro, sepa-radas entre sí por el sanjak de Novibazar, el cual, a pesar de estar habitado por serbios, pertenece a Turquía; muchos serbios viven en los distritos de Macedonia bajo el control de Turquía; finalmente, una gran proporción de serbios se encuentra dentro de las fronteras de Austria-Hungría.


Un panorama similar ofrecen las demás nacionalidades balcánicas. Esta península, ricamente dotada por la naturaleza, está dividida insensatamente en pequeños pedazos; los pueblos, como sus producciones que se mueven constantemente en ella, se enfrentan contra los delgados muros de las fronteras estatales, y este corte de naciones y estados en varias franjas hace imposible la formación de un solo mercado balcánico, capaz de proveer las bases para un gran desarrollo de la industria y la cultura balcánicas.


A la cabeza de todo esto está el agotador militarismo, cuya razón de ser es mantener divididos a los Balcanes, y que ha dado lugar al peligro de guerras fatales para el progreso económico de la península —guerras entre Grecia y Turquía, Turquía y Bulgaria, Rumania y Grecia, Bulgaria y Serbia…


El único camino para salir de este caos estatal y nacional y de la sangrienta confusión de la vida en los Balcanes es una unión de todos los pueblos de la península en una sola entidad política y económica, sobre la base de la autonomía nacional de las partes constituyentes. Sólo dentro del marco de un único estado balcánico los serbios de Ma-cedonia, los sanjak, Serbia y Montenegro podrán estar unidos en una sola comunidad nacional y cultural, disfrutando al mismo tiempo las ventajas de un mercado común balcánico. Sólo los pueblos unidos de los Balcanes podrán rechazar las vergonzosas pretensiones del zarismo y el imperialismo europeo.


La unidad estatal de la península balcánica puede ser lograda de dos formas: desde arriba, por medio de la expansión de uno de los estados balcánicos, el que pruebe ser el más fuerte, a expensas de los más débiles —éste es el camino de las guerras de exterminio y de la opresión de las naciones débiles, un camino que consolida al monarquismo y al militarismo—; o desde abajo, a través de la unidad de los propios pueblos —éste es el camino de la revolución, el camino que significa derrocar a las dinastías balcánicas,y  levantan la bandera de una república federal balcánica.


La política seguida por cada uno de estos monarcas de pacotilla, con sus ministros y partidos gobernantes, persigue el ostensible propósito de unificar a la mayor parte de la península balcánica bajo un solo rey. “Gran Bulgaria”, ”Gran Serbia”, “Gran Grecia”, son los slogans de esta política. Realmente, nadie toma en serio estos slogans. Son mentiras semioficiales lanzadas para ganar popularidad entre la gente. Las dinastías balcánicas, instaladas artificialmente por la diplomacia europea, y carentes de todo tipo de raíces históricas, son demasiado insignificantes y demasiado inseguras en sus tronos para aventurarse a una política amplia como la de Bismark, cuando unificó Alemania a sangre y hierro. El primer golpe serio puede barrer a los Karageorgeviches, Coburgs y otros liliputienses coronados de los Balcanes.


La burguesía balcánica, como en todos los países que han llegado tarde al desarrollo capitalista, es políticamente estéril, cobarde, sin talento y podrida de cabo a rabo por el chauvinismo. Está completamente más allá de sus posibilidades tomar en sus manos la unificación de los Balcanes. Las masas campesinas están demasiado desparramadas y son demasiado ignorantes e indiferentes a la política como para  emprender cualquier iniciativa política propia. Por lo tanto, la tarea de crear las condiciones normales de una existencia nacional y estatal en los Balcanes recae con todo su peso histórico sobre los hombros del proletariado balcánico.


Esta clase es todavía pequeña en número, ya que el capitalismo balcánico todavía no ha salido de sus pañales. Pero cada paso adelante en el camino del desarrollo económico, cada kilómetro adicional de línea ferroviaria, cada nueva chimenea de fábrica que aparece en los Balcanes, incrementa y fortalece las filas de la clase revolucionaria. Alejada de toda superstición eclesiástica y monárquica y de todos los prejuicios democrático burgueses y nacionalistas, el joven proletariado balcánico, lleno de vigor y entusiasmo, está utilizando, en los primeros pasos de su ca-minohistórico, la rica experiencia de sus hermanos mayores de Europa.


Los partidos socialdemócratas de Bulgaria y Serbia, los representantes más maduros del movimiento obrero en los Balcanes, están luchando sin descanso en dos frentes: contra sus propias cliques dinástico-chauvinistas y contra los planes imperialistas del zarismo y de la Europa de la Bolsa. Una república federal de los Balcanes, como programa positivo de esta lucha, se ha convertido en la bandera de todo el proletariado consciente de los Balcanes sin distinción de raza, nacionalidad o fronteras estatales.

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