23/03/2011 | 1169

A 140 años: Los escritores frente a la Comuna de París

-Exclusivo de internet

En 1870 el escenario mundial se trastocó violentamente. Francia y Prusia entraron en guerra, como expresión de una crisis internacional en que se dirimía la lucha entre sus burguesías por la hegemonía europea; Alemania encontró en esta crisis su acta de constitución formal y las masas de París, de marzo a mayo de 1871, constituyeron lo que Marx llamó «el primer gobierno obrero» de la historia (o la primera experiencia de dictadura del proletariado).

En sólo tres meses desenvolvió una revolución que produjo transformaciones sociales y políticas no producidas en los doscientos años previos (ver PO 1167) Un gobierno formado por una federación de representantes de barrio y una Guardia Nacional constituida por ciudadanos comunes desenvolvió una experiencia de poder que el propio Marx había previsto luego de la revolución europea de 1848, llamando a desconfiar de los «demócratas pequeño burgueses» que querrían congelar la revolución en el límite de sus intereses y oponiéndole la «revolución permanente» y un «plan de guerra contra la democracia» (Circular a la Liga de los Comunistas).

Frente a esta experiencia de gobierno obrero, uno de los capítulos más ominosos correspondió a los escritores. Estos se plegaron prácticamente en masa a la contrarrevolución y prolongaron durante muchos años su oposición y condena a los «communards».

Leconte de Lisle, uno de los poetas mas eminentes de la lengua francesa, militante decidido de la revolución de 1848, caracterizó a la Comuna como «esa liga de todos los desclasados, de todos los incapaces, de todos los envidiosos, de todos los asesinos…».

George Sand, centro de la vida literaria y novelista reconocida en su época, también militante de la revolución del 48, dirá, tratando de aparecer como crítica de izquierda, que «el movimiento ha sido organizado por unos hombres inscriptos en las filas de la burguesía y que (han) dejado de tener los hábitos y necesidades del proletariado…movidos por el odio, la ambición frustrada, el patriotismo mal entendido, el fanatismo sin ideal…».

La Comuna resolvió, en una larga serie de disposiciones revolucionarias, la condonación de los alquileres debidos por los inquilinos de octubre de 18709 a abril de 1871. Gustave Flaubert – el autor de «La educación sentimental» y Madame Bovary»- reaccionó violentamente como propietario amenazado: «he aquí a la Comuna que vuelve a plena Edad Media… El gobierno modifica ahora el derecho natural: interviene en los contratos entre particulares…enorme injusticia «. Otro autor, Edmundo de Goncourt («Diario»), repudia por la misma razón a la Comuna como «una oligarquía de huelguistas y de demagogos». Alphonse Daudet llamará a los comuneros «los desclasados, los tristes, los rezagados, los incapaces».

Emile Zola repudiará las medidas revolucionarias, sea la prohibición del trabajo nocturno en las panaderías o el reconocimiento de los hijos naturales por esos «señores (que) han sembrado los bastardos…y se los confían a la patria».

Las mujeres, que juegan un papel eminente en la Comuna, son ferozmente repudiadas. Dirá Alejandro Dumas hijo «no diremos nada de sus hembras por respeto a las mujeres a quienes se asemejan…una vez muertas». Para el crítico de arte Francisque Sarcey la bravura de las mujeres «se debe a que tienen un sistema nervioso mas desarrollado y a que su cerebro es mas débil y su sensibilidad mas viva».

La animadversión sobre «los extranjeros», asimilados a agentes de la Internacional, es igualmente feroz: «París se había convertido en la cloaca colectora de la hez y de la escoria de ambos mundos» dirá Saint Víctor («La Orgía Roja»).

La ira se dirige en particular contra los escasos artistas que son parte de la Comuna. Sobre Courbet, eminente pintor fundador del realismo, dirá Leconte de Lisle: «merecería no solo ser fusilado… sino que se destruyesen las sucias pinturas…».

Frente a la represión que se llevará, entre muertos en batalla y ejecutados, 25.000 comuneros, los escritores, prácticamente de conjunto, son los primeros en reclamar una represión implacable y sin cuartel, para evitar una vuelta de la Comuna. Anatole France, declarado republicano dirá: «al fin, el gobierno del crimen y de la demencia se pudre a la hora actual en los campos de ejecución».

Luego de la Comuna, los escritores liderarán el movimiento que pedirá la reorganización de la sociedad sobre nuevas bases políticas y morales. «Y en primer lugar, los enemigos fundamentales, aquellos contra los cuales se levantaban ya los escritores antes de la Comuna, son la instrucción primaria y el sufragio universal». La nueva sociedad debía ser aristocrática, aunque el régimen se vistiera de monarquía o república. Dirá Flaubert: «el primer remedio sería acabar con el sufragio universal, vergüenza del espíritu humano». Para la inmensa mayoría de los autores, después del sufragio universal, el peligro es la instrucción primaria laica, gratuita y obligatoria que ha dictado la Comuna.

Casi excepciones a la regla son el poeta Paul Verlaine y Víctor Hugo. Este último se solidariza con la Comuna, aunque no interviene en ella, repudia y organiza una campaña pública contra la masacre. Es uno de los pocos cuya obra trasciende el público burgués y aristocrático que es la clientela del conjunto de escritores y artistas, y se ha convertido, con los límites de la época, en un artista popular.

Años mas tarde, el desarrollo, aún con sus límites, de la alfabetización y la enseñanza, de la prensa democrática y obrera, de los partidos socialistas durante el período revolucionario de la II Internacional, irá modificando la situación del escritor en la sociedad y le abrirá las puertas de un nuevo público.

Hoy

El arte, «aunque solo sea para liberar a la creación intelectual de las cadenas que la obstaculizan» y abrir para todos el acceso «a las alturas que solo genios solitarios han alcanzado en el pasado», debe aspirar a una «reconstrucción completa y radical de la sociedad». ¿De qué otro modo que construyendo una oposición artística que aliente «el derecho de la clase explotada a aspirar a un régimen mejor, todo sentimiento de grandeza y, aún, de dignidad humana» («Manifiesto por un arte revolucionario independiente», 1938).

Pronunciarse y ser parte de la campaña por el juicio y castigo de los responsables directos e intelectuales del crimen de Mariano Ferreyra e ir contra la red estatal, empresaria y de las fuerzas de seguridad que ha formado parte del crimen político, es la tarea de la hora. El llamado de LuchArte Escritores a constituir una corriente independiente que se haga cargote motorizar la lucha por el juicio y castigo (PO 1167) es inmensamente oportuno.

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