19/08/2020

Trotsky y los surrealistas

Escenas de la vida de León Trotsky (XI); a 80 años, la actualidad de la lucha por el socialismo

En el verano de 1938, en México, se produjo el encuentro entre León Trotsky y André Breton. Uno, un líder político, heredero del racionalismo y constructor del proceso revolucionario más importante de la historia; el otro, figura fundamental del surrealismo, defensor de lo imaginario, del enfoque experimental y el subconsciente. A simple vista parecen dos representantes de mundos totalmente opuestos, pero no lo son. Ese encuentro fue, a la vez, un momento clave y un comienzo. Momento clave de un proceso, el de las vicisitudes y complejidades que se dan en la relación, siempre difícil, entre cultura y política -y más aún en las formas más desarrolladas de cada una: el arte y la revolución- en la era de la decadencia capitalista, esa particular coordenada de tiempo inacabada de guerras, revoluciones y contrarrevoluciones. También el comienzo de la organización del arte para la lucha revolucionaria por fuera de las decrépitas y burocratizadas instituciones culturales soviéticas, que habían cumplido al pie de la letra su función de traicionar a la revolución. Todo esto tomó cuerpo en un producto único: el Manifiesto por un arte revolucionario independiente (MARI), escrito por Trotsky y Bretón.

El manifiesto de México no fue una mezcla en la que cada uno de sus autores puso lo suyo: Breton, el arte y Trotsky, la revolución. Más bien fue la conjunción de un largo recorrido donde Trotsky fue desarrollando y precisando sus ideas sobre la estética, el arte y la cultura y Breton, las ideas de la política revolucionaria.

Las primeras reflexiones de Trotsky sobre el arte y la cultura están en Literatura y Revolución, una serie de ensayos críticos escritos en plena guerra civil. Allí describe la relación entre arte y sociedad, las características del arte burgués, el papel de las vanguardias artísticas y políticas y hasta se anima a prefigurar cómo será el arte en la futura sociedad socialista. Al leer a sus contemporáneos, Trotsky señala que “la literatura solo puede renacer desde el punto de vista de Octubre”, ligando su criterio estético con una comprensión del período histórico. Pero sostiene que tal desarrollo, necesario desde el punto de vista histórico –y por otro lado, muy incipiente- no puede bajo ninguna manera darse “por decreto”, por lo que defiende que en materia de política de Estado y partidaria se otorgue “una total libertad de autodeterminación en el terreno del arte”.

 

Por su parte, el surrealismo fue avanzando desde el arte a la política. Varios de sus integrantes pertenecieron al dadaísmo y fueron construyendo sus posicionamientos contra las tendencias reaccionarias y mercantiles del arte, que eran el síntoma de la bancarrota cultural burguesa y de la regimentación política del imperialismo vía la exacerbación nacionalista. En 1924 se publica el Manifiesto del Surrealismo, redactado por Breton. La defensa de la libertad y de la imaginación y su llamado a “instruir el proceso de actitud realista y de la actitud materialista” aparecen en el manifiesto como sus principios fundamentales. A partir de 1925 el movimiento comienza a radicalizarse producto de la guerra colonial de Francia en Marruecos, lo que lo acerca al comunismo y al materialismo dialéctico. Esto sumado al impacto que le produjo a Breton la lectura de la biografía de Lenin escrita por Trotsky. Es así que comienza la edad de la razón del surrealismo y se produce el ingreso de sus integrantes al Partido Comunista Francés (PCF). Esta experiencia con el burocratizado PCF generará las grandes crisis en el seno del movimiento artístico, que se expresaron en deserciones y que llevaron a la ruptura final del surrealismo con el estalinismo en 1935. Dicha ruptura será consecuencia tanto de las restricciones estéticas que las instituciones culturales comunistas imponían como del “retroceso moral y político de la URSS”, expresado en las políticas de colaboración con las burguesías imperialistas en los “frentes populares”. A partir de ahí y de las luchas contra las políticas del frente popular, los juicios de Moscú y la entrega del estalinismo en la guerra civil española, el surrealismo en general, y Breton en particular, evolucionarán en dirección al trotskismo.

Todo eso es lo que se condensa en el MARI. Un texto programático que parte de una fórmula: “en arte, todo está permitido”. Breton había propuesto “total libertad en el arte, salvo contra la revolución proletaria” retomando las ideas de Trotsky de Literatura y revolución, mostrando su radicalización política. Trotsky es que el corrige la frase para dejar “en arte todo está permitido”, mostrando, otra vez, su capacidad de pensar al arte en su morada material. Es el tiempo de la IV Internacional, de reinstalar la lucha revolucionaria contra la decadencia capitalista y contra la usurpación y deformación que supone el estalinismo. En ese proceso el arte puede jugar un rol fundamental y revolucionario; por eso lo que se busca, en definitiva, es “la independencia del arte -para la revolución: la revolución- para la liberación definitiva del arte”.

Leer todos los capítulos de esta serie en la sección del 80 aniversario del asesinato de León Trotsky.

 

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