02/03/2017

Una charla sobre la Revolución Rusa (I)

La vigencia histórica de la Revolución de Octubre. Un texto de Daniel Gaido


La historia de la Revolución Rusa debe ser estudiada por todos los trabajadores con conciencia de clase por dos motivos principales. Primero, porque el ciclo histórico abierto por la primera guerra mundial y por la Revolución Rusa –es decir, el ciclo de la decadencia irremediable de la sociedad capitalista y de su superación mediante revoluciones obreras– está más vigente que nunca, a pesar de la traición de los ideales de la revolución por el estalinismo, como lo demuestra la crisis mundial actual, que no es sino la expresión de una tendencia a la disolución del capitalismo sobre sus propias bases. En segundo lugar, porque la Revolución de Octubre fue una revolución proletaria victoriosa, lo que significa que demostró la posibilidad, por parte de la clase obrera, de derrotar los ejércitos del capital y edificar una nueva organización social sobre sus ruinas. Ni la degeneración del estado soviético, ni la restauración del capitalismo le quitan esta significación histórica – en especial cuando la crisis mundial muestra la situación sin salida que el capitalismo representa para la civilización mundial.


 


La peculiaridad del Octubre ruso es, por un lado, que la revolución socialista tiene lugar en un país atrasado y, por el otro, que inicia una época de revolución mundial. Este aspecto le da un contenido socialista a la revolución de mucha mayor entidad histórica que las medidas que adopta el gobierno soviético—necesariamente limitadas por el carácter dual, obrero-campesino de la revolución, que tuvo que comenzar por acometer toda una serie de tareas democráticas a las que la burguesía rusa había sido incapaz de enfrentarse. No se debe caer en el ‘criterio’ de juzgar a la revolución por las medidas que toma en forma aislada – ni siquiera en el caso de la rusa.


 


La universalidad de la Revolución Rusa emerge de su carácter de revolución proletaria y del establecimiento de un gobierno de consejos y de la dictadura del proletariado. En la Revolución Rusa, la clase obrera, los trabajadores asalariados aparecen no sólo como el objeto sino también como el sujeto de la historia, es decir, como una clase políticamente independiente, organizada como tal y separado programáticamente de las otras clases, que dirige el proceso político y da respuesta a las aspiraciones de liberación de todas las capas oprimidas y explotadas de la sociedad—no solo de los campesinos sino también de las nacionalidades oprimidas por el estado zarista, etc. El proletariado soviético demostró, en el curso de sus primeros años, ‘que sí, que la clase obrera puede’. Procedió a una reorganización de la sociedad en condiciones de las más difíciles. Esta realidad histórica se encuentra presente en el consciente y en el sub-consciente de la clase obrera y los explotados de todo el mundo. En eso consiste precisamente el eslabón de continuidad de la Revolución Rusa con las revoluciones sociales posteriores, que se evidencia con mayor nitidez porque no fueron revoluciones proletarias.


 


La experiencia de la Comuna de París


 


Hay una famosa frase que Marx incluyó en el Estatuto de la Primera Internacional que dice ‘la emancipación de la clase obrera debe ser obra de la propia clase obrera’. Esta frase fue escrita en 1864; siete años después, los trabajadores de París tomaban el poder y creaban la Comuna – el primer gobierno obrero de la historia, aunque circunscrito a una ciudad y con una duración de solamente 72 días (del 18 de marzo al 28 de mayo de 1871).


 


Para comprender la importancia de la Revolución Rusa, es fundamental retrotraerse al análisis que hace Marx de la Comuna de París, en su trabajo La guerra civil en Francia.


 


La Comuna de París no socializó los medios de producción, se limitó en el terreno económico a introducir algunas reformas muy parciales: la abolición del trabajo nocturno para los panaderos, la prohibición de las multas que le imponían los patrones a los obreros, la entrega a las asociaciones obreras de todos los talleres y fábricas cerrados, etc. Y sin embargo, según Marx, la Comuna fue, ‘esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo’.


 


El método de análisis de Marx pone en primer plano las tareas políticas llevadas a cabo por la Comuna, de las cuales se desprenderían luego naturalmente sus medidas económicas más radicales, y enumera las características distintivas de un estado obrero (un estado en vías de desaparecer como órgano de represión) por contraposición al estado burgués. En primer lugar, el armamento de los trabajadores (París ‘se había deshecho del ejército, sustituyéndolo por una Guardia Nacional, cuyo principal contingente lo formaban los obreros. Ahora se trataba de convertir este hecho en una institución duradera. Por eso, el primer decreto de la Comuna fue para suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado’). Además, el gobierno a través de delegados electos en asambleas, con mandatos y revocables en todo momento (según el plan que los comuneros no llegaron a aplicar, todo el país sería reorganizado en Comunas, la cuales ‘administrarían sus asuntos colectivos por medio de una asamblea de delegados en la capital del distrito correspondiente y estas asambleas, a su vez, enviarían diputados a la Asamblea Nacional de delegados de París, entendiéndose que todos los delegados serían revocables en todo momento y se hallarían obligados por el mandato imperativo –instrucciones- de sus electores’). Luego Marx enumera la abolición de la separación de poderes, la revocabilidad de todos los cargos públicos y la remuneración acorde al salario de un obrero, la separación de la iglesia y el estado, la gratuidad de la enseñanza a todos los niveles y su independencia de la injerencia tanto de la iglesia como del estado, y la elección y revocabilidad de los jueces. Marx concluye que ‘la Comuna era, esencialmente, un gobierno de la clase obrera, fruto de la lucha de la clase productora contra la clase apropiadora, la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo’.


 


Marx sobre la cuestión del partido


 


Igualmente importante es comprender la conclusión política que Marx saca de la experiencia de la Comuna, y que lleva a una ruptura en la Primera Internacional entre marxistas y anarquistas: la necesidad de que la clase obrera se estructure en un partido político propio. La ausencia de un partido revolucionario en el marco de ese ‘frente único’ de organizaciones obreras que fue la Comuna (a decir de Trotsky), fue la causa principal de que la Comuna no emprendiera un ataque a la contrarrevolución armada refugiada en Versailles ni tomara el Banco de Francia, medidas todas requeridas para la lucha contra esa contrarrevolución. De allí que Marx y Engels enfatizaran la importancia del partido en las conclusiones políticas que saca de la experiencia comunera, énfasis que los lleva a una ruptura con Bakunin y sus seguidores anarquistas.


 


En septiembre de 1872, en el Congreso de La Haya de la Primera Internacional, fue adoptada una resolución acerca de la inclusión en los Estatutos de un artículo suplementario, el 7-a, consagrado a la acción política de la clase obrera. Dicho artículo 7-A reza: ‘En su lucha contra el poder colectivo de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase sino constituyéndose él mismo en partido político propio y opuesto a todos los antiguos partidos formados por las clases poseedoras. Esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y el logro de su fin supremo: la abolición de las clases. La coalición de las fuerzas obreras, obtenida ya por medio de la lucha económica, debe servir también de palanca en manos de esta clase en su lucha contra el poder político de sus explotadores. Por cuanto los señores de la tierra y del capital se sirven siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y sojuzgar el trabajo, la conquista del poder político pasa a ser el gran deber del proletariado’.


 


El grupo Emancipación del Trabajo y las polémicas con los narodniks (populistas rusos)


 


Es con este bagaje teórico, producto de la experiencia histórica de lucha de la clase obrera, que surge el marxismo en Rusia en 1883, con la creación del grupo Emancipación del Trabajo por Vera Zasulich, Georgi Plejanov, Pavel Axelrod, Lev Deich (Leo Deutsch) y Vasily Ignatov en Ginebra (Suiza). Cinco personas en el exilio, que se reducen rápidamente a tres (porque Ignatov muere y Deutsch es arrestado), dan inicio al movimiento que derrocaría a la dinastía de los Romanov, la cual había gobernado Rusia, el estado más reaccionario y despótico de Europa, por cuatro siglos.


 


El primer gran trabajo teórico del grupo fue el folleto de Plejanov, El socialismo y la lucha política, publicado en 1883, el cual sometió a las teorías de los populistas (narodniks), entonces en boga en Rusia, a una crítica exhaustiva. Dicho libro marcó la transición del campesinado a la clase obrera como el sujeto revolucionario para la izquierda rusa, señalando que los marxistas ‘no conciben las tareas de la revolución socialista como “la regeneración de todo el pueblo en general”. Intentan organizar a los obreros en un partido especial, a fin de separar en esta forma a los explotados de los explotadores y dar expresión política al antagonismo económico’. Plejanov insistía en que los intelectuales socialistas ‘deben ser los dirigentes de la clase obrera en el próximo movimiento emancipador, presentarle con claridad sus intereses políticos y económicos, el nexo recíproco de esos intereses, inducirla a que adopte un papel independiente en la vida social de Rusia. Tienen que esforzarse por todos los medios para que nuestra clase obrera, durante el primer período de la vida constitucional de Rusia, pueda participar como partido especial, con un programa político-social determinado’. Y afirmaba tajantemente que dicho futuro partido obrero, si quería ser consecuentemente revolucionario, debía adoptar un programa y una táctica marxista: ‘Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario, en el sentido verdadero de la palabra. Toda clase que aspira a su emancipación, todo partido político que llega al poder, son revolucionarios solamente en tanto representan las corrientes sociales más progresistas y, por consiguiente, sustentan las ideas más avanzadas de su tiempo. Una idea de contenido revolucionario es como una dinamita, que no puede ser reemplazada por ningún explosivo’.


 


El grupo Emancipación del Trabajo sumaba a este énfasis en la clase obrera como el sujeto revolucionario una polémica contra la táctica narodnik (populista) de terrorismo individual y propaganda armada, a la que contraponían las acciones de masa—una polémica virtualmente idéntica a la polémica con los foquistas en los 60 y 70. Finalmente, insistían en que la historia no es una serie de eventos aleatorios que pueden manipularse a voluntad de acuerdo a algún ideal arbitrario, por más noble que éste sea, sino un proceso regido por leyes. El individuo sólo puede esperar realizar sus ideales subjetivos alineándose con una clase social progresiva, y quienes exaltaban el rol de los ‘héroes’ individuales por encima de la ‘multitud’ se condenaban a sí mismos a la futilidad. La libertad consistía en la aceptación consciente de la necesidad histórica, que imponía al partido revolucionario una serie de tareas políticas objetivas, codificadas en el Programa del grupo Emancipación del Trabajo de 1895.


 


El POSDR, el periódico Iskra (La chispa) y el libro ¿Qué hacer? de Lenin


 


El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia celebró en 1898 un primer congreso, el cual fue diezmado por una redada policíaca. Estas condiciones de represión hicieron que el marxismo ruso se desarrollara como una serie de organizaciones y periódicos locales sin una coordinación centralizada. Al mismo tiempo, en 1898 estalla en el marco de la Socialdemocracia alemana y de la Segunda Internacional la controversia revisionista, en la cual Eduard Bernstein y sus seguidores proponían abandonar la perspectiva revolucionaria y transformar a la Socialdemocracia en un ‘partido del progreso moderado en el marco de la ley’, según la expresión satírica de Jaroslav Hasek en El buen soldado Svejk.


 


En este marco, los marxistas revolucionarios rusos comenzaron a publicar en diciembre de 1900 un nuevo periódico llamado Iskra (La chispa), nombre tomado de los versos del poeta decembrista Alexander Odóyevski: ‘Nuestro sacrificio no será en vano / De la chispa brotará la llama’. La ‘Declaración del comité editorial de Iskra’ establecía claramente: ‘Antes de unirnos, y para poder unirnos, debemos comenzar por trazar una línea de demarcación con decisión y claridad’. Iskra libró una batalla contra la tendencia ‘economista’ en Rusia, la cual quería restringir la actividad de los marxistas rusos a tareas puramente sindicales y comulgaba ideológicamente con los revisionistas alemanes, así como contra la falta de centralización y la tendencia al federalismo nacidas de la disgregación organizativa que caracterizaba entonces a la socialdemocracia rusa.


 


Es en el marco de dicha lucha que Lenin publicó en marzo de 1902 su famoso libro ¿Qué hacer?, como una presentación sistemática de la perspectiva estratégica del grupo Iskra contra los economistas, la dirección del Bund (el partido de los trabajadores judíos), etc. Lenin planteaba que la raíz de la crisis que afectaba al POSDR era la falta de unidad resultante de sus ‘métodos artesanales’ (kustarnichestvo) de organización, como los llamaba, en referencia al trabajador artesanal ruso, el kustar. La tarea inmediata era construir una organización centralizada de revolucionarios profesionales, conformada por hombres que no tuvieran otra ocupación más que la actividad política clandestina, y que fueran capaces de llevar a cabo un trabajo organizativo en el más estricto secreto bajo el estado zarista autocrático. El embrión de dicha organización ya existía – era la red de activistas profesionales que producían y distribuían el periódico político para toda Rusia, Iskra, editado en el extranjero para garantizar su continuidad ante la persecución política, e introducido por contrabando a Rusia.  Los contenidos del libro no son una posición particular de Lenin sino del grupo Iskra en su conjunto; Vera Zasulich dijo exactamente lo mismo en un artículo contra el recientemente creado Partido Socialista Revolucionario (eseristas, una reedición de la narodniks con una base más ecléctica, obrero-campesina) publicado en Die neue Zeit con el título ‘La tendencia terrorista en Rusa’.


 


La escisión entre bolchevique y mencheviques en el segundo congreso del POSDR


 


El bolchevismo nace como una tendencia dentro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia luego de su segundo congreso celebrado en julio-agosto de 1903, debido al abandono de las posiciones de Iskra por parte la mayoría de su comité editorial liderada por Martov. La escisión de 1903 entre bolcheviques y mencheviques tuvo lugar en torno a lo que Lenin denominó el ‘oportunismo en cuestiones de organización’ de los mencheviques. Ambas fracciones reivindicaban el programa adoptado por el congreso y escrito originalmente por Plejanov, quien primeramente apoyó a Lenin en su lucha contra los mencheviques para luego hacer un viraje de 180 grados y pasarse al bando menchevique ante la presión de sus viejos camaradas, los cuales a su vez cedían ante la presión de las múltiples organizaciones que componían el POSDR y que reclamaban una estructura partidaria más laxa. Dicho programa contemplaba una perspectiva de revolución democrática (no socialista) para Rusia: si bien la futura Revolución Rusa no sería una mera repetición de la revolución francesa, porque la clase obrera estaría estructurada en un partido político propio, la clase destinada a tomar el poder en lo inmediato, y por todo un periodo histórico, no era la clase obrera sino la burguesía.


 


Fue sólo durante la Revolución Rusa de 1905 que la escisión entre bolcheviques y mencheviques, que inicialmente giró solamente en torno a cuestiones de organización, adquirió una base programática, cuando Lenin comenzó a plantear la perspectiva de una ‘dictadura democrática del proletariado y el campesinado’ —democrática porque Lenin aun no caracterizaba a la Revolución Rusa como socialista y se limitaba a demandar la socialización de la tierra, es decir la nacionalización de la renta agraria, que en principio es compatible con el capitalismo. Al mismo tiempo, la experiencia revolucionaria, en particular el surgimiento de los consejos (soviets) de diputados obreros electos por asamblea, condujo al surgimiento de una tercera corriente dentro del POSDR, liderada por Trotsky, que comenzó a defender la perspectiva de mayores medidas de socialización (dicha corriente, que no se limitaba a Rusia sino que era internacional, fue identificada con los mencheviques por su oposición a la escisión de 1903). Lenin adoptaría esta perspectiva, esbozada más claramente en el libro de Trotsky Resultados y perspectivas de 1906, recién en las “tesis de abril” de 1917.


 


La Revolución Rusa de 1905


 


La Revolución Rusa de 1905 estalló al calor de las derrotas de los ejércitos y la flota zaristas en la guerra ruso-japonesa y de la masacre de manifestantes que se dirigían a presentar una petición al zar, conocida como “Domingo sangriento”, el 9 (22) de enero de 1905. En este contexto, los obreros rusos crearon los soviets (consejos de delegados obreros elegidos en asamblea), los cuales tuvieron su origen en la conformación de comités de delegados para dirigir huelgas generales por tiempo indeterminado a nivel de ciudad. El primer soviet fue formado en un centro de la industria textil, Ivanovo-Voznesensk, ‘la Manchester rusa’, el 15 de marzo de 1905. Ya en este primer soviet los trabajadores conformaron una milicia obrera para garantizar el orden en la ciudad durante la huelga y para combatir a los rompehuelgas y a la contrarrevolución. Pero el soviet más importante fue el de la capital, San Petersburgo, creado el 13 de octubre de 1905 y dirigido por Trotsky, el cual editó un periódico, creó una milicia de 6.000 obreros y coordinó la huelga general que arrancó al zar la promesa de libertades democráticas conocida como el ‘Manifiesto de Octubre’.


 


El 31 de octubre de 1905 el Soviet de San Petersburgo introdujo de la jornada de 8 horas. La burguesía respondió declarando un lock-out patronal, al cual los obreros de la capital se enfrentaron con una huelga general que terminó fracasando a principios de noviembre de 1905. El gobierno zarista aprovechó la oportunidad que le brindaba la burguesía, separada de los obreros por un antagonismo mucho más irreconciliable que sus contradicciones con el zarismo, para arrestar al Comité Ejecutivo del soviet, incluyendo a Trotsky y más de 200 delegados obreros, el 3 de diciembre de 1905. A mediados del mismo mes, el gobierno consiguió aplastar la rebelión de Moscú, dirigida por los bolcheviques. Estos eventos marcaron el comienzo de la reacción que se prolongaría hasta 1913, signada por expediciones punitivas y pogroms antisemitas que se cobraron miles de muertos.


 


Trabajo sindical y parlamentario


 


El periodo comprendido entre las dos revoluciones, de 1906 a 1917, estuvo signado por la elección de cuatro parlamentos (Dumas), en el marco de las concesiones democráticas limitadas arrancadas al gobierno zarista por la huelga general. En dicho marco, el gobierno promulgó el 4 de marzo de 1906 un decreto legalizando los sindicatos, los cuales sin embargo eran pequeños y solo consiguieron reunir a un 10% de los obreros rusos. Los bolcheviques utilizaron cada resquicio de legalidad, sin liquidar su organización clandestina, y es así que en las elecciones a la Cuarta Duma que se celebraron en septiembre de 1913 los bolcheviques obtuvieron 6 diputados sobre un total de 442, los cuales al principio conformaron un bloque único socialdemócrata con los 7 diputados mencheviques y luego se escindieron para formar una bancada independiente. Según el testimonio de uno de dichos diputados obreros (Aleksei Badayev, un obrero metalúrgico): ‘En el verano de 1914, los bolcheviques tenían la mayoría en la dirección de 14 de los 18 sindicatos existentes en San Petersburgo; en uno de los otros había un número igual de bolcheviques y mencheviques, y sólo 3 podían ser considerados mencheviques. Todos los sindicatos más grandes, incluyendo los metalúrgicos, apoyaban a los bolcheviques’.


 

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