De augural perdigonera, un miércoles

gime, cual aliento proletero,

un duelo de cantores hasta miles

que a la eterna vocearán

su pan, la vida, y en un obrero canto.


Amén.


Y el sabor salar del ducto sanguíneo,

lo percibo en mi boca.

y el arrastro por el suelo, huellando sangre ígnea,

es el paso por mi herida.

y el yuto rastrillar deje estiércol por las calles,

es el plomo que mi carne abre.


Y el Solá gerentiando el crimen, como buena sucursal,

es uno de los que mi vida yerta.


Pero nadie que reniegue contra el hambre y la pobreza,

quien salive a la opresión,

fenecerá nunca.


Así mi Aníbal Verón, a quien enrolé mis manos lastimadas

con amasijo piquetero, rumbiando un florecer valioso

la revuelta proletaria 

como el eco, renegado 

como el ruido que harán sus almas

que desde el Puente hasta la Estación, iban levantando su braceo

tratando de seguir su canto agitador,

en sangre la de todos, hasta el cansancio sus últimos respiros,

que un comisario ordenaba / reprimía

enfrascado de oropeles por los medios 

que un oficiante 

como institución

gatille a mis mártires de Avellaneda.