18/03/2004 | 842

Autonomía obrera y IV Internacional

Ricardo José López (La Boca, Capital Federal)

Estimados compañeros del Partido Obrero:

 

A propósito del próximo Congreso que intentará constituir las bases para la refundación de la Internacional Obrera, recuerdo aquella frase del de Tréveris, según la cual la historia sólo se propone aquellas tareas que es capaz de afrontar y resolver. Considero que nunca como ahora, en lo que llevo de vida, se han visto tan claras y tan acuciantes las condiciones que, más allá de las exigencias doctrinarias o programáticas de carácter permanente que recogemos de lo mejor que han dado el pensamiento y la práctica revolucionarios, hacen inevitable, instalan y “tematizan” la impostergable tarea de pensar en la necesidad de coordinar, agrupar y llevar hacia un horizonte de convergencia el esfuerzo de todos aquellos que en distintas partes del mundo, y a pesar de sus diversas pertenencias y extracciones, advierten que las características de la inédita crisis que atraviesa el capitalismo, en su fase terminal y ferozmente “deconstructora”, imponen el reconocimiento de que el “mirador” estrechamente local o nacional ha devenido fuente de lecturas e interpretaciones erróneas, a veces proverbiales por su indigencia epistemológica, y lo que es más grave, estériles a la hora de orientar el curso de las intervenciones en la lucha de clases.

 

Quiero subrayar, especialmente, que el acerbo de experiencias que, desde las luchas pioneras de los tejedores de Lyon, pasando por la Comuna y aquellos “diez días de Octubre” que abrieron una nueva etapa en la historia, ha tenido en la memoria colectiva de los trabajadores, en sus luchas, muchas veces dispersas y otras tantas jalonadas de discontinuidades y retrocesos, ha tenido, decía, aquella saludable acumulación, su sede y principal alojamiento dinámico en aquellas masas anónimas. Digo esto sin desconocer el invalorable aporte que en el aciago pasaje de los momentos cruciales, hicieron las organizaciones políticas específicas. De esa sinergía silenciosa se nutren las mejores y más recientes páginas escritas por los trabajadores, y eso, cuando los chamanes del orden vigente habían presuntuosamente declarado la defunción del proceso histórico. Ese es el excipiente sobre o a partir del que, la aptitud para generalizar en un plano más elevado delinea en las conciencias críticas el perfil y el momento “epifánico” en que el designio civilizatorio se concreta en la perentoria hipótesis de una alternativa que pueda canalizar la desesperada determinación que tiene la clase de emanciparse.

 

Esta revalorización de la autonomía obrera, deberá tener lugar preeminente en los debates que se avecinan. La dolorosa visión de pueblos anonadados, paralizados por el estupor ante el derrumbe inevitable de lo que fuera la URSS, nos alerta sobre la necesidad de promover los esquemas que con más imaginación contemplen el desarrollo de las mejores pulsiones que hacia el autogobierno exhiben los explotados para poder repentizar, eventualmente, ante los innumerables peligros que para el proyecto socialista puede representar un análisis insuficiente de aquellas rutinas en que inercialmente vuelve el pasado y con él cierto jacobinismo, en lo que este término sugiere de elitista o autoritario.

 

Deseando que el camino emprendido alcance su objetivo, me despido con un cordial abrazo socialista

 

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