03/07/2003 | 807

De Gregorio Flores

«La única verdad la tienen los que luchan»


Respuesta a la carta de Rafael Colombo (en el diario Río Negro)


Hace un tiempo, pensaba que con los setenta años pisándome los talones, mi capacidad de asombro estaría colmada. Sin embargo, acabo de comprobar que estaba equivocado.


Después de leer en el Correo de Lectores la carta que les envía Rafael Colombo, «El idioma de los ignorantes», experimenté además de asombro, un agudo escozor.


Según se desprende de la nota de Colombo, él está de acuerdo con los análisis y las críticas que asiduamente realizan quienes escriben y dirigen Prensa Obrera contra la clase política en general y sobre los actos de corrupción. Todo eso le parece justificable dadas «las reiteradas faltas de ética y demás barbaridades que a diario cometen quienes dicen ser nuestros representantes».


Lo que, en cambio, si le parece vituperable es que se meta en la misma bolsa junto con los inmorales a Elisa Carrió, por cuanto le parece que ella no es merecedora de esos calificativos que se refieren a actos de corrupción. Además, destaca que la diputada hizo una labor legislativa admirable, manifestando una preocupación sincera por los problemas actuales. Para rematar con la última piña del KO, Colombo dice que «Carrió no tiene ningún antecedente que la vincule a hechos ilícitos».


Aquí sí, lo confieso sin pudor, mi asombro fue a parar a las nubes.


Que la falta de memoria y el desconocimiento de nuestra propia historia puede llevarnos a cometer verdaderos desatinos, me parece una verdad de Perogrullo. Es por esta razón que quisiera preguntarle al Sr. Colombo, si entre la labor admirable de la diputada Carrió figura haber votado a mano alzada y por unanimidad en el bloque radical la reforma a la ley de jubilaciones que posibilitó al gobierno elevar de 60 a 65 años la edad para acogerse a ese beneficio. Como se sabe, con dicha ley quedó suprimido el 82% del salario que debíamos percibir quienes nos jubilamos después de la reforma. Centenares de miles de trabajadores que habíamos aportado desde los dieciocho años para jubilarnos a los sesenta, fuimos estafados por obra y gracia de nuestros «condignos representantes» como la diputada Carrió.


En la encomiable labor de la diputada, que el autor de la nota destaca, me pregunto: ¿figura el hecho de haber votado junto con sus pares de la Alianza una ley tan infame como la reforma laboral? ¿O esto no es indigno?


Quisiera recordarle al Sr. Colombo, por si hiciera falta, que después del fracaso de la Alianza, Carrió dijo, para diferenciarse del radicalismo oficial, ser «radical de Yrigoyen». Como lo sabe cualquier mortal, fue durante el gobierno de Yrigoyen cuando se consumaron las matanzas de Semana Trágica (1919) y los fusilamientos de los obreros rurales en la Patagonia en 1921.


La señora Carrió ha manifestado, sin sonrojarse siquiera, que ella «ama a Alfonsín». Más allá del amor platónico, debo recordarle que Alfonsín, con el apoyo de sus correligionarios, fue el autor del Punto Final y la Obediencia Debida que dejaron libres a los asesinos de lesa humanidad de la dictadura, de la cual, insisto, Carrió era funcionaria.


¿Esa labor parlamentaria no la tiene en cuenta el Sr. Colombo?


Todos estos hechos son rigurosamente ciertos; sin embargo, la diputada no ha mostrado ningún signo de arrepentimiento por su pasado, lo cual, por tratarse de una persona espiritualista y devota, requeriría, por lo menos, un acto de contricción. Lejos de ello, esta señora, de abultada humanidad, sin una pizca de pudor, nos sigue hablando de un «Estado mafioso» del cual ella es parte y sostén.


Pero lo más grave, si cabe, es que la diputada desconoce que el Estado capitalista es mafioso por naturaleza, por estar fundado en el régimen de propiedad privada y la explotación. El Estado burgués es necesariamente represor porque concentra el monopolio de la fuerza para doblegar la resistencia de los explotados. Por lo visto, de esto, la diputada Carrió ni noticia.


Hace más de medio siglo, escuché de boca de un anciano campesino la siguiente reflexión: «Hay gente que sabe y sabe que sabe; entonces cuando ellos hablan, hay que escucharlos y aprender. Existe otra gente que no sabe que no sabe; entonces, cuando ellos hablan lo más prudente es ignorarlos».


Yo, por mi parte, creo que cuando uno no sabe de lo que habla, lo más saludable es callarse la boca.


Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


Buenas tardes.

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