El PO y la Esma

Compañeros del Partido Obrero:


Una vez más me siento orgullosa de tener como dirigente a Jorge Altamira. Al leer en la tapa del periódico la propuesta de convertir la Esma nuevamente en una especie de “chupadero”, donde nosotros mismos ejerzamos la tortura sobre los represores, me sentí, lo confieso, confundida. Culposa, como buena señora de educación argentina, pensé que seguramente yo era una democratista que no entendía la necesidad y competencia revolucionaria de esos métodos. Por lo visto, cometí una doble equivocación: una por reflexionar en el mero terreno de la subjetividad respecto de un asunto político, y otra, por no confiar en la alta tradición revolucionaria del Partido Obrero. La respuesta llegó nada menos que del compañero Jorge Altamira.


Al compañero Altamira le agradezco habernos advertido a los jóvenes militantes, a fines de 1975, que necesariamente seríamos una “generación perdida”. Esas palabras, no registradas –según creo– por escrito, las pronunció en un campamento en las sierras de Córdoba, al que asistimos “tabicados”. Fue muy duro escucharlo. Yo esperaba el nacimiento de mi hija y sus palabras sonaban decepcionantes, no sólo para el propio futuro sino, por cierto, para el de nuestra descendencia. ¿Qué íbamos a poder brindarles a los hijos si nosotros mismos ya estábamos “perdidos”? Altamira lo había señalado en el sentido de nuestros proyectos sociales, laborales, profesionales. Y en ese sentido, cuando el peronismo entregó sin chistar el mando de la república a la Junta Militar, dando oficialmente por cerrada la etapa del nacionalismo burgués, nos “perdieron” a muchos. Las conquistas sociales de los trabajadores y sus familias se convirtieron en un billete falso que nadie quería efectivizar pero tampoco ningún político sabía cómo deshacerse de él.


Sin embargo, algunos de aquellos mismos que contamos uno a uno nuestros muertos por las Tres A y por la dictadura militar, seguimos apegados a las consignas clasistas y socialistas, y las mantuvimos como banderas políticas hasta darles gloria durante el Argentinazo. Lamentablemente, aún no hemos podido conseguir “que se vayan todos” y madurar las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, en una Asamblea Constituyente dirigida por los trabajadores que gobierne la Argentina. Pero mucho no falta.


Le agradezco también a Altamira su ejemplo de constancia militante y de calidad intelectual. A mí, que no he sido (después de 1977) una militante en su acepción cabal, orgánica, pero que como todo ser humano honesto en este planeta busco a alguien capaz de sostener una moral y una opinión política que se oponga a la hipocresía y la crueldad del capitalismo, me ha ayudado a vivir.


Estoy completamente de acuerdo con que a los genocidas debemos tratarlos como a criminales comunes, que no son otra cosa. Pero en un país donde el Sr. Blumberg pretende convertir a los hijos de los pobres en asesinos en potencia casi desde la cuna, en un país de crímenes no resueltos por doquier, de violencia creciente en los hogares y las calles, magro es el aporte de ofrecernos como verdugos de los verdugos comportándonos como cualquier cana de la Bonaerense.


Hay cosas mucho más dignas de revolucionarios por hacer, por aprender y por enseñar. Por ejemplo, cómo hacer para que los asesinos de la dictadura caigan todos presos, junto a sus cómplices políticos burgueses y pequeño burgueses, a sus encubridores judiciales, policiales, periodísticos, financieros y religiosos. Por ejemplo, cómo hacer para reindustrializar el país, para renacionalizar nuestras riquezas, alcanzar el pleno empleo y salarios dignos. Por ejemplo, cómo hacer para desterrar la violencia y democratizar las relaciones entre los habitantes del país. Por ejemplo, cómo lograr que nuestros hijos tengan un futuro socialista y no se disuelvan en la barbarie con que los tienta el imperialismo mundial. Díganme “utopista” los burgueses (los páginadoces, los clarines, los ámbitos financieros y todos sus etcéteras) si esa ironía les gusta. Me tiene sin cuidado. Los objetivos que enuncié son aquellos en los que acuerdo con el Partido Obrero, y por muchos años tendremos que defenderlos frente a la barbarie capitalista y a todos sus socios más o menos frontales, más o menos disimulados. Será una larga paciencia. Otra cosa que aprendí con Altamira.


Con saludos fraternales,