Golpe de Estado en el Vaticano

El domingo 6 de octubre, la prensa de todo el continente, alguna con más fervor que otra, daba cuenta de que Juan Pablo II, casi embalsamado, canonizaba a Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei.


Los diarios cubrieron el hecho con una relativa confusión respecto de qué sección colocar la santa noticia; en "sociedad", algunos; en "cultura", otros; en "exterior", los de más allá. Pero ninguno, ni el progresismo intelectual ni el conservadurismo religioso, atinó a darse cuenta de que en el Vaticano se producía un golpe de Estado que entregaba la dirección de la Iglesia Católica al Opus Dei. O sea que debía haber ido en "política".


Para Página/12, la canonización fue "controvertida"; para Il Manifesto, de Italia, fue "ambigua"; y esto esencialmente por un problema de líneas internas de la Iglesia. El razonamiento es simple: criticamos a lo peor, buscamos aliarnos con lo más progre.


Santas casualidades, Batman


La santificación del Opus Dei tiene una importancia descomunal para América Latina. Hace pocos años, Juan Pablo II canonizó a un sacerdote argentino que en vida había sido un fusilador de obreros durante la insurrección asturiana de 1934. Esto ya era todo un mensaje: el Vaticano estuvo, está y estará por siempre, por los siglos de los siglos (los santos son eternos), con los fusiladores de obreros. Balaguer y el Opus Dei son las crías dilectas (y directas) de esa Iglesia fusiladora, que en el momento justo de la Iglesia española llamaron a empuñar las armas contra la república y contra la revolución, y que justificaron, ejecutaron y santificaron una feroz carnicería en nombre de la fe cristiana y de la españolidad. Y que luego sostuvieron, por más de cinco décadas, al régimen dictatorial de Franco. Balaguer y el Opus Dei ya hace rato que son los "embajadores" mundiales de esta Iglesia. Ahora se hicieron cargo de su dirección política.


El Opus Dei tiene una participación decisiva en la Iglesia argentina: está en Pérez Companc (el de la Carrió), estuvo con Menem, con la Alianza, con Ruckauf. La Iglesia es un pilar del régimen de Duhalde; auspició, junto con la ONU, las "mesas de diálogo" y los consejos consultivos. Sólo el Bloque Piquetero denunció acabadamente ese rol.


El desmesurado avance del Opus Dei es, en parte, fruto de la capitulación constante de la centroizquierda y la izquierda democratizante. En Argentina, por ejemplo, borraron la consigna de acabar con la injerencia del clero en la educación, y "articularon" con los Farinello. Pero no es un problema exclusivamente argentino. En los medios centroizquierdistas como Le Monde Diplomatique, cuando critican al Opus Dei intentan "dejar limpia" a la Iglesia. Se lo presenta, simplemente, como una secta conservadora. Nunca denunciaron que es el producto más genuino de la Iglesia, allí están los ideólogos del fascismo... de la misma manera que nunca denuncian que en los cuerpos represivos del Estado "democrático" está el semillero de los fascistas y los paramilitares.


En medio de la crisis, el Papa mandó otra "señal" a la Argentina: aceptó la "renuncia" del cura abusador de menores, es decir que lo encubre y evita que sea juzgado. Tres días después canonizó a Balaguer, un fascista que escribió en su libro de máximas (Camino): "sirves a la Iglesia, aunque seas un asesino". Y, en determinados momentos, a la Iglesia le sirven, por sobre todo, los asesinos. Como los de la curia que entregaron a los curas palotinos a las bandas de la dictadura videlista.


Ahora que el poder está en manos del Opus Dei, la Iglesia está preparando las bayonetas. Este es el significado profundo de la canonización de Balaguer.


La "santificación" del Opus Dei tiene una importancia política y cultural enorme. La lucha contra el oscurantismo religioso, contra la injerencia de la Iglesia en la educación, es una bandera democrática y de lucha que el centroizquierda abandonó hace mucho.